Se acercan tiempos difíciles, tiempos en los que necesitaremos la voz de escritores que sepan ver más allá de nuestra sociedad azotada por el miedo y sus tecnologías obsesivas e incluso imaginar un auténtico motivo para la esperanza. Necesitaremos escritores que recuerden la libertad, poetas, visionarios... Vivimos en el capitalismo, su poder parece ineludible, pero también lo parecía el derecho divino de los reyes”. Así de contundente resonó la voz de la escritora californiana Ursula Kloeber Le Guin cuando recogió en 2014 el premio a toda una vida dedicada a la literatura otorgado por el National Book Awards. Cinco años después ella ya no está pero sus palabras sirven de guía. El fascismo sobrevuela de nuevo el mundo y un escalofrío nos recorre la espina dorsal dejándonos sin respiración.

El aterrizaje del pequeño gran hombre en Andalucía de la mano de la ultraderecha y la reaparición de Ansar como salvapatrias nos tendría que servir de aviso de lo que se avecina, pero parece que no escarmentamos. Con el gallinero podemita clavándose puñaladas por la espalda y el socialismo descafeinado en un atolladero porque es incapaz de resolver el problema del encaje de Cataluña, no hay muchos motivos para animar al elector progresista a votar. Personalmente, tampoco me inspira demasiado que la hAda Colau presuma de ser la primera alcaldesa bisexual de la galaxia porque la opción sexual de cada uno no tiene nada que ver con gobernar la ciudad con más o menos acierto, pero sus asesores sabrán lo que se hacen.

Sin embargo, a pesar de los vientos de involución que soplan yo he decidido no rendirme. Un dicho popular dice que los dioses nos regalaron la esperanza para hacernos la vida más soportable. Y es cierto. Tener esperanza nos da fuerzas para soportar una vida de mierda y nos vuelve tan insensatos que somos capaces de proyectar en el futuro un mundo mejor cuando sabemos que el futuro no existe y que el mundo siempre va a peor. No tengo ningún amigo que se plantee dejar de jugar a la lotería de Navidad a pesar de saber que es más fácil que le caiga un meteorito en la cabeza. Tampoco tengo ninguna amiga que haya desistido de buscar marido a pesar de acumular una colección de aparejamientos fracasados. Soñamos con ser millonarios y encontrar nuestro príncipe azul. Somos insensatos y eso nos salva de la nada.

Hay ejemplos de insensatez que me reconcilian con la humanidad, como la huelga general convocada por los sindicatos hindús el 9 y 10 de enero pasado y que movilizó entre 100 y 200 millones de personas según las fuentes. La protesta tenía como objetivo reclamar mejores sueldos y acabar con las violaciones de todos los derechos laborales, pero en Occidente la noticia ha pasado prácticamente desapercibida porque cuando nos compramos ropa nos interesa más saber si nos disimula el culo gordo que saber en qué condiciones laborales se ha confeccionado. Más cerca también hay pequeños actos osados que nos envían señales para no flaquear. Hablo de la lucha de años de la Asociación La Rotonda para proteger el emblemático edificio de las garras de Núñez y Navarro. Recientemente, el TSJC se ha pronunciado contra la ampliación del edificio y ha obligado a la constructora que más estragos ha hecho en Barcelona a derruir una parte por vulnerar el plan especial de patrimonio arquitectónico, histórico y artístico de la ciudad.

Y todavía más cerca –lo digo porque es mi barrio- está el caso de las alegaciones que la Asociación de Vecinos Sagrada Familia ha presentado contra la modificación del Plan General Metropolitano para dar cobertura legal a la ocupación del espacio público –calle Provenza- por parte del todopoderoso icono turístico. El texto no solo reclama la nulidad del expediente porque es un vestido hecho a medida de la junta constructora ya que trocea las modificaciones urbanísticas irregulares realizadas por el templo para legalizarlas y deja la puerta abierta a la destrucción de dos islas de casas. La entidad también denuncia el “pacto secreto” firmado con el Ayuntamiento de Barcelona para llevar a cabo todas las transformaciones al margen de los representantes vecinales.

Realmente se ha de ser muy insensato para enfrentarse al capital –sea el patrón, Núñez y Navarro o la Sagrada Familia- y confiar en ganar la batalla, pero no nos rendimos porque tenemos esperanza. Y, como dijo el filósofo Viktor Frankl, cuando la esperanza se acaba siempre tenemos la opción de escoger cómo queremos morir.