Si el proceso independentista ha dividido a la sociedad -esta es la consecuencia inevitable de todo referéndum, y máxime si toca la sensible tecla identitaria-, las elecciones municipales de este 26 de mayo abren una gran oportunidad para coser las heridas y recuperar el tiempo precioso que hemos perdido en Cataluña desde hace siete años. Todo empezó en 2012 con la imputación judicial por corrupción de Oriol Pujol, el heredero de la dinastía que estaba predestinado a ocupar la presidencia de la Generalitat... y que hoy está cumpliendo condena en la prisión de Can Brians. Punto y aparte.

Las urnas han vuelto a hablar alto y claro y han desvanecido todas las dudas que todavía pudiera haber: Cataluña es una sociedad plural y progresista, llena de matices y de disonancias, todas ellas respetables siempre que rehúyan el enfrentamiento étnico o la estigmatización de las minorías. Si nos obcecamos en leer las elecciones de este domingo en clave nacionalista, toparemos con la misma pared de siempre: la correlación entre independentistas y no independentistas se mantiene, impermeable, alrededor del 50% y los únicos cambios que se producen son fruto de los trasvases internos en los dos bloques.

Grosso modo, el nuevo poder municipal en Cataluña queda vertebrado en dos polos: Esquerra, que se hace con el liderazgo del campo nacionalista -con la remarcable victoria de Ernest Maragall en Barcelona- y el PSC, que se erige nítidamente en la primera fuerza constitucionalista y ha consolidado, este 26-M, el área metropolitana y su radio de influencia (Sabadell, Mollet, Granollers...) como un fortín todavía más sólido e inexpugnable. Las contundentes victorias del PSC en L’Hospitalet, Santa Coloma de Gramenet, Cornellà, Sant Boi, Esplugues... no permiten ningún tipo de discusión.

Si las elecciones del 21-D del 2017 dejaron un Parlament polarizado entre Junts x Catalunya y Ciutadans, las de este 26-M han significado un cambio de pareja en el liderazgo de los bloques, que han pasado a pilotar ERC y PSC, como ya apuntaron las elecciones generales del pasado 28-A. Sería bueno, por el bien de la sociedad catalana, que se acabara esta loca y estéril dinámica guerracivilista que hemos sufrido en los últimos siete años y que, desde la lealtad y el respeto a los compromisos, ERC y PSC sellaran un pacto global de gobernabilidad en todos los municipios donde sea objetivamente posible, empezando por Barcelona, para enterrar el hacha de guerra entre los dos bloques y fumar la pipa de la paz.

Ya sé que la experiencia de los tripartitos (2003-10) dejó un mal sabor de boca en el PSC, que se consideró reiteradamente traicionado por ERC, pero los tiempos han cambiado. Cataluña necesita iniciar una nueva página de la historia, lejos de la influencia del “astronauta” de Waterloo y de la “corte de los milagros” de Quim Torra.

Aunque muy menores, este 26-M también deja dos “perlas” que certifican el fin del independentismo mágico: ni Jordi Graupera ha sido elegido concejal en Barcelona ni Mireia Boya ha obtenido el escaño en el Conselh Generau de Aran.