Suscribo punto por punto las últimas reflexiones del ex consejero de Economía del Ejecutivo de Artur Mas, Andreu Mas-Colell, que criticaba sin pelos en la pluma en un artículo en el Ara el veto de los partidos independentistas a los presupuestos generales del Estado. Un gesto que, lejos de considerarse una nimiedad, ha hecho saltar por los aires el gobierno de Pedro Sánchez, 'el resistente'. En el escrito, el veterano y distinguido economista describe: "Nos ponemos objetivos y plazos poco realistas, nos cargamos de emociones, nos enredamos en la rivalidad y la desconfianza entre las formaciones independentistas, y acabamos tomando decisiones poco sabias y, de vez en tanto, suicidas". "Ya hace tiempo que resuena en mi cabeza aquella canción de Raimon que nos dice que "en mi país la lluvia no sabe llover" pero ahora en la forma "en mi país la política no sabe hacer política" (le tomo prestada la analogía a Najat El Hachmi)", asevera. Y remata: "Cuando dentro de diez años se mire atrás, la decisión de tumbar, acompañando al PP y a Ciudadanos, un gobierno del Estado que, sorprendentemente, había estado dispuesto a hacer política con los grupos parlamentarios independentistas y se había pronunciado por la vía de la negociación, parecerá muy extraña".

No creo que tengamos que esperar diez años para extrañarnos de la decisión; sin ir más lejos, quizás el mismo 28 de abril, una vez hechos los escrutinios pertinentes, ya lamentaremos la decisión poco sabia y suicida que tomamos en su día, y al día siguiente la empezaremos a llorar. Como ya hemos escrito y reescrito en este espacio, ha quedado suficientemente claro que en este país, Cataluña, cuanto peor es siempre peor, y nunca es mejor. Si lo que ha pasado hasta ahora ya es bastante desproporcionado, imaginemos por un momento el mismo escenario, pero ahora gestionado por un tripartito de derechas, con Ciudadanos, el Partido Popular y Vox capitaneando la deriva.

Si bien es cierto que el gobierno de Sánchez no ha reconocido en los ocho meses de mandar el derecho de Cataluña a celebrar un referéndum de autodeterminación, meta principal del independentismo, y sin olvidar la vez que avaló en su día el 155, creo igualmente y no obstante que Pedro Sánchez merecía más tiempo, y los presupuestos se convertían en un balón de oxígeno; para Sánchez, que así cogía fuerza ante sus barones enfadados por el diálogo con los 'indepes', y para el Gobierno de Quim Torra, con unas cuentas que le favorecían para hacer gestión, aspecto que tanto nos conviene y del que tan poco hablamos.

Dicho de otro modo, reclamamos ad nauseam el diálogo como única manera de resolver el conflicto, y cuando alguien nos la ofrece, aunque sea de manera muy tibia y francamente insuficiente, le cerramos la puerta en las narices. Así, si la decisión no es suicida, avendrán a tacharla, como hacía Mas-Colell, de poco sabia. Y como coge prestado en su escrito, tal vez sí que en Cataluña la política no sabe hacer política, como aquella lluvia de Raimon, que no sabe llover.