En “La Inmortalidad”, Milan Kundera hablaba de la figura del “homo sentimentalis”, definiéndola como aquella persona que eleva sus sentimientos a nivel de valores y que pone un interés especial en exhibirlos constantemente. En una época en que la política parece haberse puesto a la altura de las redes sociales y donde la fórmula más o menos ingeniosa ha sustituido al debate político, se están consolidando fuerzas políticas que hasta hace bien poco no tenían la más mínima posibilidad de obtener representación parlamentaria. Y lo han hecho apelando a los instintos básicos de una población frustrada, más que ofreciendo un programa político y económico coherente.

Lo hemos visto en el este de Europa, en Italia, con la aberrante coalición que ha llevado a Salvini al poder, en la votación del Brexit, en la Francia de Marine Le Pen y de los “chalecos amarillos”, y ahora en España, que hasta hace poco se vanagloriaba de no tener partidos abiertamente ultraderechistas en sus instituciones. La elección (y probable reelección) de Donald Trump, pese a su adscripción a un partido político tradicional, se inserta perfectamente en esta lógica populista: polarización extrema (el “conmigo o contra mí”), uso incontrolado de las redes sociales con la transmisión de mensajes que buscan más el asentimiento tribal que el diálogo, rechazo del consenso, poca o nula preocupación por la veracidad de los mensajes transmitidos, etc.

El éxito de estas fórmulas se basa tanto en la incapacidad de los partidos tradicionales para destacar que los grandes avances conseguidos en las sociedades occidentales (seguridad social, educación gratuita y obligatoria, orden social, garantías jurídicas, etc.)  no están adquiridos para siempre, como en la desidia, el aburrimiento o la tendencia que pueden sentir algunos a asignar un chivo expiatorio a problemas de todo tipo. Siempre es más cómodo mostrar del dedo a un culpable (los inmigrantes, Bruselas, Madrid, etc) como causante de los problemas más diversos que asumir nuestra responsabilidad respecto a la situación que vivimos. Incluso el fantasma del “complot judío” resurge en países como Francia o Polonia, que ya son ganas. La crisis económica, la inestabilidad en el empleo y la precariedad han allanado el terreno para que una franja significativa de la población caiga en brazos de propuestas supuestamente rompedoras que a buen seguro nos van a dar o devolver lo que a todas luces nos merecemos.

Mientras el votante de fuerzas tradicionales hace poco más que elegir a quien cree que administrará mejor el dinero de sus impuestos, el que opta por fuerzas “radicales” lleva a cabo al mismo tiempo un proceso de adquisición de unas cualidades determinadas. Así, el votante de Vox se concederá, al depositar su voto, unos atributos (nacionales, religiosos, incluso raciales) que en muchas ocasiones serán las únicas cualidades a las que pueda aspirar, y el de la CUP se convertirá mediante el mismo gesto en un revolucionario ávido de grandes proclamas, heredero de insignes revolucionarios, aunque rara vez se convertirán en políticas sociales concretas y efectivas.

En la misma obra, Kundera afirma que “lo que incita a la gente a levantar el puño, coger un fusil, defender causas justas o injustas no es la razón sino el alma hipertrofiada”. Muchos votantes estadounidenses se ponen del lado de los vencedores, de los que hacen lo que quieren, al votar a Trump, de la misma manera que muchos seguidores de extrema izquierda reclaman su pertenencia a la línea de luchadores sindicales históricos sin otro esfuerzo que el de difundir desde la silla de su ordenador las más disparatadas proclamas.

Nunca son los programas políticos los que motivan este voto sino un orgullo mal entendido, una rabia mal contenida. Conectar con los sentimientos más primarios es mucho más fácil y eficaz. Explícale detalladamente a un inglés frustrado todas las consecuencias de la salida de su país de la UE y se aburrirá. Hazle creer que pertenece al más noble de los linajes, que Ricardo Corazón de León o Churchill son de su estirpe, que puede mirar por encima del hombro a su vecino polaco, y que para volver a sentirse orgullo de su país tiene que salir de la UE y tendrás la mitad del camino recorrido. 

Es todavía pronto para medir las consecuencias a largo plazo de la irrupción de Vox en la política española pero las secuelas de estos votos sentimentales ya se están haciendo notar en demasiadas partes del mundo como para no prestarles la atención debida.