En este inicio de la campaña para las elecciones europeas del 26-M, una amenaza se cierne sobre muchos países del Viejo Continente: la pujanza de los partidos populistas identitarios, que propugnan la paralización y reversión del proceso de construcción de la Unión Europea y el endurecimiento de los controles migratorios. El anunciado incremento electoral de la extrema derecha preocupa a los gobiernos comunitarios y puede desestabilizar la futura Eurocámara. 

La mancha de aceite del populismo avanza y asistimos, en general, a una oleada de derechización del espacio europeo, influida, sin duda, por la presidencia de Donald Trump en los Estados Unidos. Pero esta ofensiva populista –que se puede traducir, por ejemplo, en la victoria de Marine Le Pen en Francia, este próximo 26-M- ha quedado frenada en seco en los Pirineos. 

La península Ibérica se ha convertido, actualmente, en el reducto y el referente más sólido de la socialdemocracia europea. A la nítida victoria de Pedro Sánchez en las pasadas elecciones generales se le suma la excelente tarea de gobierno que está haciendo el socialista António Costa en Portugal, que tendrá que revalidar este otoño en las urnas. 

Hay una alternativa a la Europa cabreada, antipática e insolidaria que representan los movimientos y partidos populistas. La gente necesita horizontes de esperanza y la respuesta pasa por la defensa de la democracia, de los pilares del Estado del bienestar y la intensificación de la vertebración de la Unión Europea para convertirla, con los valores humanistas inherentes a nuestra cultura, en un potente actor geopolítico y geoeconómico global. 

Ante los miedos y la confusión reinantes en vísperas de este 26-M, la socialdemocracia –que ha sido la gran artífice de todas las transformaciones positivas que ha vivido Europa, a pesar de las dos sanguinarias guerras mundiales que hemos sufrido durante el siglo XX- es el muro de contención más sólido que tenemos para hacer frente a la involución que implica el populismo de derechas. España y Portugal, que suman casi 60 millones de habitantes, son el bastión de este proyecto, que tiene como destino final la constitución de los Estados Unidos de Europa

Tendríamos que aprovechar que españoles y portugueses estamos en el “lado correcto” de la historia para trabajar más coordinadamente y crear un bloque de progreso en la Unión Europea que sea el contrapunto a las tentaciones xenófobas y autoritarias que se están expandiendo por el Viejo Continente. Además, los habitantes de la península Ibérica deberíamos tomar conciencia que estamos ubicados en el ombligo del planeta y que somos un hub geográfico estratégico que conecta cuatro continentes. 

Pero las divisiones políticas y administrativas, heredadas de viejas y periclitadas disputas medievales, nos impiden identificar y desplegar el enorme potencial económico que atesora la península. Parecía que, con la entrada de España y Portugal en la Unión Europea, ahora hace 33 años, podíamos comenzar una etapa de prolífica cooperación hispano-portuguesa. La realidad es que la frontera -especialmente, la política y la social- todavía establece un muro entre los dos países... y ¡hay catalanes obcecados que quieren levantar otro! 

La península Ibérica -punto de encuentro del Atlántico y del Mediterráneo, de Europa y África- es una tierra de esperanza para un mundo mejor. La consolidación de la hegemonía socialista en este territorio es una buena noticia que abre expectativas para el resto de los países europeos, que andan en las tinieblas y pueden caer en el abismo de la intolerancia y el cainismo. 

España & Portugal se pueden convertir en el faro que ilumine la desorientación en la cual ha sucumbido el sueño prometedor de los viejos padres fundadores de la unidad europea. Tampoco podemos olvidar, desde esta perspectiva, que el actual secretario general de la ONU es el portugués António Guterres, de larga trayectoria y militancia socialista. Pedro Sánchez & António Costa, iberistas convencidos, deben impulsar la dimensión peninsular como futuro y esperanza de Europa.