Más allá de las consideraciones jurídicas, el juicio por los acontecimientos del 1-O y la fallida declaración de independencia nos permite tener un ejemplar retrato de la poliédrica condición humana. Hay encausados y testigos que, ante el tribunal presidido por el magistrado Manuel Marchena, tienen la dignidad de mantenerse firmes en sus convicciones y afrontan la verdad y la realidad. Pero hay otros que, para salvar el culo, mienten descaradamente y, como San Pedro, niegan tres veces –y las que hagan falta- su evidente complicidad y participación en el intento de culminar la secesión de Cataluña.

Después de la “folclórica” consulta no referendaria del 9-N organizada por el ex presidente Artur Mas, la preparación y ejecución del 1-O fue una tarea asumida y desarrollada, fundamentalmente, por Esquerra Republicana (ERC), con Oriol Junqueras al frente. Las piezas principales de la trama que llevó a las leyes de desconexión y a la posterior celebración del referéndum de independencia las cubrieron militantes y colaboradores de ERC, que son los que se la jugaron realmente.

En esta tentativa, el ex presidente Carles Puigdemont y el mundo convergente/pujolista fueron a remolque de la iniciativa liderada por ERC. Cínicamente, les dieron “cuerda” para que se ahorcaran, como ha acabado pasando. En la guerra de nervios, perfidias y traiciones de finales de octubre del 2017, que tuvo por escenario el palacio de la Generalitat, fue ERC quién colocó a Carles Puigdemont entre la espada y la pared. Y, como ya hizo en 1992 –cuando el juez Baltasar Garzón emprendió la operación contra Terra Lliure-, el de Amer optó por huir al extranjero, lejos del alcance de la justicia española, por si las moscas.

La situación es doblemente cruel para Oriol Junqueras. Él fue el ideólogo y el organizador principal del 1-O y lo paga con la prisión preventiva y un juicio que le puede comportar una dura condena, separado de su familia. En cambio, quien está ordeñando los réditos políticos es Carles Puigdemont desde Waterloo, que, además, intenta montar un ridículo hiperliderazgo alrededor de su persona. En paralelo, hay una campaña permanente, desde el mundo convergente/pujolista contra ERC, para destruirla electoralmente, haciendo pasar a sus dirigentes y candidatos por unos “traidores” y unos “vendidos” ante la desorientada y emotiva masa independentista.

En política, como en todos los aspectos de la vida, es importante mantener la coherencia e ir con la cara bien alta. La acción pública nace de unas profundas convicciones personales que hay que saber defender, a las duras y a las maduras. La declaración de principios que hizo Oriol Junqueras en su intervención ante el Tribunal Supremo es un gesto que lo honora y lo dignifica. Yo considero que su visión y análisis de la realidad catalana son erróneas, pero no por eso dejo de valorar su valentía. Jordi Cuixart, el presidente de Òmnium Cultural, también supo estar a la altura de este momento histórico.

En cambio, hay otros actores importantes de la operación que desembocó en el 1-O y el 27-O que no dan la talla humana que cabía esperar de personas políticamente comprometidas. La lista, desgraciadamente, es muy larga, y la encabezan los supuestos exiliados que son, hablando en plata, unos egoístas que priman su seguridad personal por encima del compromiso con los compañeros que están en la prisión y que están siendo juzgados. La excusa de la internacionalización del conflicto independentista es solo para consumo interno y tiene un recorrido muy corto, como ha quedado demostrado de manera reiterada, a pesar de los esfuerzos de los propagandistas del “sometent mediático” para magnificarlo.

En el decurso del juicio se puede constatar que hay matagigantes que, a la hora de declarar o prestar testimonio, son, directamente, unos cobardes que intentan salvarse al precio que sea, incluido el de mentir. Si estamos de acuerdo en que este es un “juicio político”, decir la verdad es una demostración de compromiso con los ideales y las convicciones que se tienen. Pero, por lo que vemos, el “amor indestructible a la patria” se acaba allá donde empieza a tambalearse la zona de confort de cada cual (la familia, el salario y el patrimonio).

En este sentido, los independentistas vascos de ETA eran mucho más consecuentes: empezaban por rechazar la legitimidad del tribunal que los juzgaba y no buscaban argucias para rehuir sus responsabilidades, por monstruosas e inhumanas que fueran objetivamente.
La falta de firmeza en sus creencias políticas y en los actos que las acompañan que demuestran la mayoría de encausados y testigos –con honrosas excepciones- en el proceso secesionista catalán es la principal prueba de la inconsistencia conceptual de fondo del proyecto en el cual se han embarcado. Saben íntimamente que romper la sociedad catalana, como han intentado hacer, es una enorme irresponsabilidad y miran de salir penalmente indemnes de esta desgraciada aventura.

Se supone que la “revolución de las sonrisas” es una revolución. Pero en esta revolución no hay revolucionarios y, en consecuencia, es
mposible que pueda avanzar. El juicio es una demostración para conocer quién es quién. Oriol Junqueras y Jordi Cuixart son los líderes que emergen más nítidamente, mientras que Carles Puigdemont encabeza la tropa de los oportunistas que, cuando caen chuzos de punta, se arrugan o se escapan.