La historia de Cataluña tiene un antes y un después del retorno de Josep Tarradellas del exilio y el restablecimiento de la Generalitat, en 1977. En aquel momento, se nos abrió una oportunidad de oro para construir una administración y un país ejemplares, a la altura de los anhelos democráticos de los catalanes. Parafraseando al poeta Miquel Martí i Pol, entonces todo estaba por hacer y todo era posible. 

Uno de los retos titánicos que teníamos por delante era la recuperación y la plena normalización de la lengua catalana, agresivamente asediada -pero no liquidada- durante la larga dictadura franquista. En esta noble causa contábamos, de entrada, con amplias simpatías y complicidades. Una gran mayoría de la población migrante castellanohablante estaba dispuesta a convivir con y en catalán y asumió con naturalidad la enseñanza de nuestra lengua a sus hijos. 

En los otros territorios de la antigua Corona de Aragón -en especial, en la Comunidad Valenciana, en las Baleares, en la Franja y en la Cataluña Norte- se organizó y estructuró la enseñanza de la lengua propia, si bien con la exigencia de respecto a su identidad singular. En el Estado español, el catalán gozaba de estimación y de prestigio en los círculos progresistas y de izquierdas, como lo demuestra la gran acogida que tenían por todas partes nuestros cantautores, artistas, actores, escritores e intelectuales. En este contexto, el plurilingüismo tenía la batalla ganada y el idioma catalán estaba salvado

Como ya he explicado documentadamente, el proceso independentista se promueve en 2012 para intentar parar y ocultar el impacto de los graves casos de corrupción que afectaban al núcleo de poder pujolista y que amenazaban la pervivencia de su hegemonía política y económica. Esta huída hacia adelante y a la desesperada ha tenido unos efectos traumáticos y demoledores para el conjunto de la sociedad catalana. 

Y, desgraciadamente, también para la lengua y la cultura catalanas. Más allá de núcleos absolutamente minoritarios y testimoniales, el proyecto de secesión de Cataluña no despierta ningún tipo de simpatía ni complicidad entre la mayoría de la población migrante castellanohablante ni en los otros territorios de la antigua Corona de Aragón. 

La lengua catalana, para ensanchar la base y ganar el futuro, necesita un hábitat sereno, confiado y amable. En cambio, el independentismo, en la medida que vive de la confrontación, ha creado un ambiente crispado, sectario y tóxico. El catalán podría llegar a ser la lengua de 14 millones de europeos, pero los independentistas lo han jibarizado y han capado su capacidad de expansión, condenándolo a la marginalidad.