Hay cosas que no pueden ser y, además, son imposibles. Una de ellas es el anunciado retorno de Artur Mas a la primera línea política, una vez acabe, en febrero del año próximo, su condena de inhabilitación por la organización de la consulta no referendaria del 9 de noviembre del 2014.

Artur Mas está quemado y achicharrado. Y no porque lo diga la CUP, que en 2016 decidió impedir su reelección como presidente de la Generalitat y tirarlo a “la papelera de la historia”. Su trayectoria vital, profesional y política está estrechamente vinculada al núcleo duro de la mafia pujolista. Recordemos que, antes de hacer el salto a la cúpula de la Generalitat, fue fichado por la familia Prenafeta para que dirigiera la expansión de su grupo empresarial Tipel, que acabó en la más absoluta ruina.

La agenda judicial relacionada con Cataluña no se acaba con la sentencia del Tribunal Supremo sobre los hechos del otoño del 2017. En el horizonte hay dos juicios más que tendrán un impacto tremebundo sobre la opinión pública catalana: el de la familia Pujol, acusada de corrupción y de evasión fiscal; y el del 3%, de financiación ilegal de Convergència a través del cobro de comisiones a las empresas adjudicatarias de la Generalitat.

Aunque no tengan fecha de apertura de juicio oral –actualmente, se está finalizando su fase de instrucción- estos dos sumarios son demoledores para el espacio procesista y, en especial, para el mundo convergente (se llame como se llame). Ver a toda la familia Pujol –con la excepción de Oriol, que ya ha sido condenado por el caso de las ITV- sentada en el banquillo de los acusados de la Audiencia Nacional será un golpe durísimo para el movimiento nacionalista que ellos, mejor que nadie, han encarnado en las últimas décadas.

Algo parecido pasará con el juicio del 3%. En este caso, dos estrechísimos colaboradores de Artur Mas en Convergència, los ex tesoreros del partido, Andreu Viloca y Daniel Osàcar –condenado por el caso del Palau de la Música-, serán juzgados en compañía de destacados empresarios de la trama pujolista, con los Sumarroca al frente.

La justicia es lenta, pero implacable. Y todo llega. No podemos analizar el futuro de Cataluña sin tener muy presente que en el calendario habrá, tarde o temprano, la celebración de estos dos importantes juicios, que afectan directamente a Artur Mas. Aunque él no figure como imputado de manera formal, es obvio que le tocan y lo cuestionan de lleno.

No en vano, Artur Mas siempre fue considerado como el “octavo hijo” del matrimonio Pujol y ha sido y es, desde el 2003, la correa de transmisión entre los designios del patriarca de la familia y el partido (o lo que resta de él). Aunque el escándalo del 3% se remonta a hace más de 30 años, los hechos que ahora investiga la Audiencia Nacional afectan la etapa en que Artur Mas fue el secretario general y presidente del partido.

En este horizonte, el pretendido retorno de Artur Mas a la arena política es una insensatez y un error colosal por su parte y de quienes lo promueven entre bambalinas. Hay una Cataluña antes y después del 25 de julio del año 2014, cuando Jordi Pujol emitió un comunicado donde confesaba la historia del dinero escondido en el extranjero por su padre Florenci. Este es el break que lo ha roto todo, más que el 1-O.

Pronto hará cinco años de aquel día D. En este periodo, Cataluña ha implosionado y ha quedado reducida a cenizas. La Generalitat es un decorado de cartón piedra y el presidente Quim Torra, un espantapájaros. Los líderes procesistas están en prisión (a mi parecer, injustamente), Carles Puigdemont reside provisionalmente en Waterloo (hasta que la sentencia del Tribunal Supremo avale una euroorden para pedir su extradición) y el independentismo está en vía muerta, fragmentado y dividido.

Pretender que, en este escenario dantesco y apocalíptico, Artur Mas puede aportar una solución para salir del embrollo es una broma de muy mal gusto. Él está en la raíz del problema: creyó que jugando la carta independentista, el Estado se arrugaría y archivaría la imputación de Oriol Pujol, el príncipe heredero de la dinastía, por el caso de las ITV y que, de este modo, podría acabar reinando en la Generalitat. Se intentó repetir la estrategia que había funcionado, treinta años atrás, con la imputación de Jordi Pujol por la quiebra de Banca Catalana. Pero Mariano Rajoy no hizo como Felipe González.

Los dos juicios que hay en agenda –el de la familia Pujol y el del 3%- son de una gran trascendencia política y emocional. En mi opinión, más que no el del 1-O en el Tribunal Supremo que acabamos de ver y vivir en directo. La situación es, objetivamente, desesperada. Además, el rey Juan Carlos I, el eslabón débil del entramado de poder del Estado, ya abdicó, a regañadientes, hace cinco años y no sirve de nada hacer presión sobre la Zarzuela.

Poner a Artur Mas para afrontar los momentos críticos que volveremos a pasar es una idea de bombero. De bombero pirómano. Cataluña tiene que renacer y, para eso, necesita pasar página y cambiar de chip. ¿Quién será el mesías de la nueva Cataluña?