Pueden independentistas y centralistas, es decir los nacionalistas de ambas vertientes, tergiversarlo, ignorarlo, silenciarlo… oponerse a él con uñas y dientes, pero el federalismo, como el viejo topo, se abre paso. Desde Shakespeare y Marx, es la metáfora, decía Daniel Bensaid, de lo que avanza: cavando con paciencia sus galerías en el espesor oscuro de la historia y que surge en ocasiones a plena luz, en el destello solar de un acontecimiento.

En Cataluña, según la encuesta del Centro de Estudios de Opinión (CEO), realizada tras las elecciones generales, los federalistas han subido ocho puntos porcentuales respecto a la anterior (de 21,5% al 29,4%). En el País Vasco acaba de crearse con notable éxito Federalistak, que preside Alberto López-Basaguren, catedrático de Derecho Constitucional. Antes, se había hecho en Aragón, Andalucía, Valencia, Cantabria… Y en Madrid se ha constituido la Asociación por una España Federal, que preside Nicolás Sartorius.

En ese movimiento, reclama especial mención Federalistes d’Esquerres, la asociación federalista de Cataluña, no solo por su carácter pionero, su tamaño y su prestigio, sino especialmente, por la elegancia con que ha venido actuando, en una atmósfera especialmente áspera, hostil, marcada por el nacionalismo excluyente.

Sin pretensiones, seriamente, ahí está el federalismo, que como dice Joan Botella, acabará instalándose por la propia lógica de las cosas, por sentido común. Sus referencias visibles son solo la punta del iceberg de una aspiración compartida por muchísimas personas, que a veces ni saben que son federalistas, siéndolo. De todos aquéllos que aspiran a mejorar el marco autonómico de la Constitución del 1978 y de la Unión Europea. De quienes, en fin, entienden la relación entre la gente como un sistema en el que los individuos se asocian libremente con otros para llevar en común las tareas que crean necesarias de una manera mejor, según Proudhon.

En tal sentido, el federalismo proactivo es más levadura que harina, como así lo ponen de manifiesto los datos. Sin ir más lejos, el sondeo del CEO dice que entre los encuestados que votan a En Comú-Podem, nada menos que un 57,8% se declaran federalistas, y entre los que votan al PSC, el 36,8%. Más difícil todavía, entre los votantes de ERC existe un 26,3% que apostaría por una Cataluña dentro de una España federal. Es decir, en Cataluña una amplia corriente subterránea, que va más allá de los partidos, intuye que es por el federalismo por dónde van los tiros. Y España, seguro, no le va a la zaga.

Todo esto, no solo fuera de los focos, sino a contraluz. En un marco en el que solo parecen existir nacionalismos de distintos colores. A veces artificiosamente construidos, en contra de la más evidente realidad, como es el caso de los Comunes. A la pregunta mil veces formulada “¿y tú de quién eres?”, responden estos, monocorde y oficialmente, que de unos y otros, de nacionalistas y no nacionalistas. Respuesta que ya lleva implícito un trato de favor de los primeros respecto a los segundos, porque el saco de los “no nacionalistas” conlleva heterogeneidad. Algo que cuestiona la propia existencia de una corriente federalista comunera (Comunes Federalistes), activa y significativa, a la que se le niega el pan y la sal del partido, de modo contumaz.

En fin, el federalismo amenaza, afortunadamente, la dicotomía binaria tan de actualidad. Porque la vida, el mundo y las cosas no están en blanco y negro, sino todo lo contrario. Cuando en 1787, Hamilton, Madison y Jay publicaron en tres periódicos de Nueva York, “El federalista”, proyecto de Constitución americana, nadie se podría imaginar que tal cosa acabaría expandiéndose a más de media humanidad. Y no sería nada del otro mundo que formáramos parte de ello, del federalismo (que, de hecho, ya lo somos bastante), pero, sin embargo, muy importante para todos nosotros.