La postura de las VTCs Uber y Cabify es la del continuo engaño. Lobos con piel de oveja, planteando que ellos ofrecen una alternativa nueva de transporte distinta de la del taxi y que, por tanto, la convivencia es posible, cuando su verdadero y oculto plan es el de apropiarse de todos los servicios que hoy opera el taxi. Por tanto, su primer objetivo es eliminar la competencia que, para ellas, representa el taxi, para luego constituir un monopolio y explotar a los clientes actuales aplicando las rígidas normas del neoliberalismo.

Estas empresas no tienen escrúpulos y, por ello, mienten, engañan y siembran confusión. En un anuncio publicado en algunos diarios de España, el pasado domingo 29 de julio, apuntan al taxi y lo acusan de «chantajear al Estado español» y de ser el autor de una «oleada de violencia que ha llegado a límites inconcebibles». Sin embargo, ¿hay algo más violento que el ladrón que, vestido con piel de oveja, roba tu plato de comida y que, al hacerlo, actúa fría, sádica e impunemente, tal si fuera uno de los protagonistas de La naranja mecánica?

Pero la diferencia está en que la situación que hoy vive el taxi no es una película de Kubrick, que los hechos que se desencadenan ante nuestros ojos no son una proyección de celuloide, sino que los lobos con piel de oveja son reales.

¿Hay algo más violento y sádico que destruir el bienestar de un cuarto de millón de personas (los taxistas y sus familias), borrando de un plumazo su futuro, sometiéndolo a la supervivencia y dejándolo ante el precipicio de la pobreza? ¿Y todo lo anterior, bajo el pálido y argucioso argumento de que el transporte debe cambiar, a sabiendas de que este tipo de transporte no cambia, sino que lo que sí cambia es el beneficio que pasa de las manos de los taxistas a las manos de unos pocos especuladores?

Dicho de otro modo, ¿no es egoísta, codicioso, artero y cruel que se quiera traspasar a cuatro manos la facturación que hoy está en 130.000 manos? ¿No es engañar el que las VTCs, de cara al público, acusen al taxi de monopolio? ¿Cómo va a ser monopolio una actividad con 130.000 manos propietarias? Monopolio es el que quieren imponer los lobos con piel de oveja al querer traspasar la propiedad de estas 130.000 manos a la codicia de cuatro manos (la de los CEOs de Uber y de Cabify) para que sean ellas quienes decidan el precio de los servicios que hoy opera el taxi.

Lo que para el taxi es servicio público, para Uber y Cabify es un negocio que se rige por la rentabilidad. Una rentabilidad que ha de satisfacer la codicia de los accionistas, quienes, impía y constantemente, requieren mayores beneficios, por lo que no es difícil comprender que, bajo el pretexto de mejor operatividad, estos servicios se encarecerán. Se trata de precios fluctuantes que, a mayor demanda, subirán como la espuma, a diferencia de las tarifas que cobra el taxi (previamente conocidas por los clientes) porque están establecidas por la autoridad. En este sentido, para Uber y Cabify es la rentabilidad (y no el servicio) lo que define el carácter de su actividad.

Por todo lo anterior, es que el gobierno español debe aclarar cuáles son sus intenciones y definir si el transporte que hoy opera el taxi se mantendrá como servicio público o si su intención es introducir el neoliberalismo en este sector que, hasta la aparición de Uber y de Cabify, funcionaba con eficiencia. Y, si se decide por las empresas neoliberales, definir la cuantía de las indemnizaciones porque con las circunstancias actuales, el precio de las licencias del taxi caerá estrepitosamente y cada taxista tendrá que asumir esta pérdida de decenas de miles de euros, lo que equivale a decir que, con su pobreza, con su humillación, con su pérdida está financiando la introducción al mercado del transporte de empresas como Uber o de Cabify, que estaría favoreciendo el gobierno español.

Lo reitero: se está desmontando un servicio que funciona con el único objetivo de dar cabida a empresas dirigidas por una sola e implacable mente cuyo único interés es satisfacer su codicia exprimiendo hasta el abuso a esos usuarios que hoy usan un servicio de taxi cuyo precio está establecido y garantizado por la autoridad que es la que, en definitiva, fija sus tarifas.

Por esto, el gobierno español debe dar una respuesta clara. ¿Cómo se explica que, en Turquía, Erdogan afirme que «nadie puede pisotear los derechos de nuestros taxistas» y en España a estas empresas depredadoras y esclavizadoras de la fuerza laboral, se les ponga alfombra? ¿Quiénes han acomodado la legislación española para favorecer la entrada de Uber y de Cabify, argumentando que se busca fortalecer la competencia, han tomado estas decisiones con los bolsillos vacíos o tienen intereses económicos que desconocemos?

Y para quienes creen que ésta es sólo una lucha entre el taxi y las VTCs se equivocan. La prevalencia o desaparición del taxi es una situación que involucra a toda la sociedad. ¿Quién no ha usado el servicio de taxi, alguna vez, en su vida? Cada uno de nosotros tiene un taxi en su vida porque el taxi es connatural a la sociedad que, sin él, no podría vivir y, a la inversa, el taxi no podría vivir sin la sociedad porque el taxi ha nacido de ella para satisfacer una necesidad que la sociedad no puede soslayar. Dejar esta necesidad al arbitrio de la voracidad de Uber y de Cabify es autocondenarse. Las cartas están sobre la mesa. El gobierno español debe responder y la sociedad ha de comprender que su bienestar también está en juego.