El lunes no es día de gastar bromas. Vuelves al trabajo después del suspiro del fin de semana y una no está para gaitas. Sin embargo, si este lunes ha sido especialmente funesto en algún lugar, este ha sido el consistorio barcelonés después de los amargos resultados del domingo. Un silencio sepulcral inunda los pasillos de Sant Jaume lado mar, puertas cerradas y reuniones interminables de cargos de confianza que perderán el trabajo en breve, ojos hinchados de haber llorado por una derrota anunciada y caras de estupefacción que reflejan los estragos de una agotadora campaña y el cabreo por la traición de Nou Barris, un distrito muy mimado por los Comunes. Entiendo el disgusto, porque no puedes exigir a gente que cree en los milagros que reconozca que si hace cuatro años ganaron de forma inesperada fue por el voto prestado.

Es lo que tiene el día después de unas elecciones que has perdido. Toca lamerse las heridas. También toca hacer autocrítica porque no toda la culpa la tienen el efecto Sánchez y la desmemoria del electorado desagradecido. Que la hAda Colau haya perdido apoyos en los barrios populares y que el PSC haya recuperado el feudo de Nou Barris no es una casualidad. Su desconcertante equidistancia respecto al soberanismo y su posicionamiento en contra del encarcelamiento de los responsables intelectuales del 1-O bien podrían haber sido dos de las razones que explican el cambio de voto. También hay otras causas posibles como la decepción que han generado los Comunes en algunos colectivos, la falta de experiencia y la poca cintura política para llegar a pactos con la oposición.

A pesar de todo, seguiré defendiendo que de todos los alcaldables barceloneses que se han presentado a las elecciones de este 26-M, la hAda Colau era la mejor candidata. Sin embargo, el tsunami del 15-M ya hace tiempo que pasó y tras de sí ha dejado un rastro de descomposición y luchas cainitas en el universo podemita a nivel del Estado que la han acabado salpicando, quizás injustamente. Y si en Barcelona ha ganado ERCnest Maragall por la mínima no ha sido ni porque sea un buen cabeza de cartel, ni porque tenga un buen programa para la ciudad, ni porque tenga claro quién será su pareja de baile. Ha ganado porque la coyuntura política es la que manda y le importa un rábano que el alcalde sea incapaz de ir en bicicleta o haya hecho una campaña electoral penosa.

Si sirve de consuelo, es importante destacar que los republicanos tienen 10 concejales y que con este número difícilmente se puede gobernar una ciudad, así que les deseo mucha suerte en la empresa de encontrar un socio dispuesto a comprar maragalladas. Recordar también que no todo han sido alegrías en el universo independentista: los convergentes tuneados se han quedado con un palmo de narices a pesar del holograma de Joaquim Forn y los cuperos y el marciano Graupera, con dos. La estrategia de ERC de presentarse por separado en los comicios para recoger más voto ha fracasado y, ya que vivimos tiempos surrealistas, incluso podría pasar lo que avanzó Maragall hace unos días en una entrevista refiriéndose a Colau: que el candidato más votado no sea el alcalde.

Vienen días de hacer la mudanza, de despedirse de regidores que no repetirán y de despedir a asesores. También vienen días intensos de llamadas discretas y de reuniones secretas y de negociaciones a contrarreloj para convencer a alguien de las capacidades mentales y físicas del futuro alcalde. Porque si hacer dos campañas seguidas ha sido agotador, las semanas posteriores pueden ser mortales. Yo, que soy una frívola, prefiero fijarme en el nuevo ayuntamiento que se constituirá el 15 de junio. Echaré de menos a algunos personajes irrepetibles, pero estoy segura que el nuevo consistorio no me decepcionará. Será una olla de grillos con un ex primer ministro francés, un ex alcalde de l’Hospitalet, tres ex consejeros, un preso en forma de holograma y una ex alcaldesa de Barcelona.

Para acabar, ignoro si ser concejal es compatible con ser vicepresidente de Focus. Si es así, propongo que Pedro Sánchez nombre ministro a Jaume Collboni, Laia Bonet y Ada Colau gobiernen en amorosa armonía y Xavier Marcé sea concejal de Cultura.