Cuando Ibarretxe estaba de moda, el humorista Peridis le retrató magistralmente: siempre, dijera lo que dijese, su expresión se traducía, como el canto de un pájaro carpintero, en un “raca, raca, raca, y dale con la matraca”. No hace lo mismo con Joaquim Torra, cuyo sermón, redundante hasta el paroxismo, pierde significado y se asemeja cada vez más, por ejemplo, al del canario flauta que, como todo el mundo sabe, además de lucir un llamativo color amarillo, canta de la mañana a la noche, hasta el punto de hacer oídos sordos a sus trinos.

No puedo dejar de citar a Bernardo Atxaga que, sabio, solía decir que lo grave no es tener pájaros en la cabeza (expresión que sirve para referirse a alguien inmaduro o soñador, que devanea de flor en flor), sino tener un solo pájaro en la cabeza. Es decir, obsesionarse con algo hasta el punto de descartar cualquier otra cuestión que le pueda hacer sombra. Cosa que, según Ricard Cayuela, podría calificarse de lo que en psicología se conoce como Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC), un síndrome de ansiedad, caracterizado por pensamientos intrusivos, recurrentes y persistentes, que producen inquietud, aprensión, temor o preocupación y conductas repetitivas denominadas compulsiones, dirigidas a reducir la ansiedad asociada.

Pase lo que pase, el canario de Torra canta y canta sin cesar, quizás con variables armónicas para sus fans o los expertos en música canaril pero que, para el común de los mortales, resulta no solo aburrido, sino hasta ininteligible y exasperante. Da igual que se queme la Ribera del Ebro, que haya que votar en las Cortes, que caigan chuzos de punta con la DANA Gloria o que nos ataque apocalípticamente la COVID-19. El canario de Torra repite y repite, incansable, la misma cantinela que, traducida, ya lo sabemos, viene a decir que Cataluña no es España, que allí todo es lloro y crujir de dientes, mientras aquí se gozan de todas las ventajas de ser el pueblo escogido por Dios. 

Curiosamente, este trino pajaril coincide absolutamente con el que emite el grajo, o lo que le queramos llamar, de la derecha española. No solamente en sede parlamentaria, sino a los cuatro vientos. Sin ir más lejos, ante el Estado de Alarma decretado por el gobierno, Torra se apresuró a decir que era un 155 encubierto, cosa a la que, por cierto, también aludió otro nacionalista, Iñigo Urkullu, aunque, a renglón seguido, añadió que no iba a hacer de ello casus belli. Pablo Casado, que no tenía más remedio, apoyó la medida, pero acusó al ejecutivo de Pedro Sánchez de negligente y de no reaccionar frente a la pandemia.

Entre los trinos identitarios del canario, resalta de manera llamativa el “nosotros” (catalanes) frente al “ellos” (españoles). Se repite una y otra vez, por activa o por pasiva, referido a esto o aquello. Da igual, lo importante no es lo que se dice sino quién lo dice y en nombre de qué. “No existe una cartografía definida del ‘nosotros’. Mañana cualquiera puede ser españolista”, sostiene Martín Alonso, en una entrevista para EL TRIANGLE, quien apunta que en el identitario siempre anida el miedo insidioso a no ser “bastante de los nuestros”.

Y, desde luego, no hace falta ser experto en aves canoras para detectar en el canario de Torra una alusión reiterativa, cargante y dañina al supremacismo, sustantivo que alude a la creencia en la preeminencia o la superioridad de aquello a lo que se aplica. En este caso, a lo catalán. “Todos los nacionalismos se consideran superiores, explotan el narcisismo de las pequeñas diferencias. Por ahí van las expectoraciones soberanistas de Urkullu y Torra, tras las medidas contra la COVID-19”, recalca Martín Alonso.

Nada de extraño, pues, que Torra tenga la osadía de enviar cartas al Parlamento de Bruselas y a la Comisión Europea, expresando su convencimiento de que Cataluña debía confinarse de forma separada de España. Formidable tontería insultante, propia de un separatista, en un momento en que si se echa algo de menos es justamente lo contrario: las carencias, a escala planetaria, para hacer frente con sentido común a la pandemia. 

Esperemos, en fin, que como se apagó el “raca, raca, raca” de Ibarretxe descrito por Peridis, pase también a las hemerotecas el trino del canario de Torra. De lo contrario, a los padecimientos propios del encierro, su canto añadido puede resultarnos a muchos fatal. Aunque siempre nos queda la esperanza de que el pájaro del coronavirus acabe desalojando definitivamente al canario que, libre, retorne a su estado salvaje.