Torra no era la primera opción de Puigdemont, ni siquiera la segunda, pero fue la última. El expresidente buscaba un vicario que, lealmente, le sustituyera mientras mantiene el exilio, no alguien que se fortificara en el cargo, y lo encontró. Por prudencia o poca ambición, los primeros elegidos  declinaron la oferta; él, en cambio, sea por ignorancia o inmoderación, asintió y veloz aceptó un vestido que, a todas luces, después se ha visto que le está grande.

Cataluña no puede prolongar más el lapso vicarial, las urgencias se amontonan -salud, enseñanza, seguridad...-, y necesitamos un presidente que sepa hacer al menos dos cosas a la vez. Por un lado, un presidente que sepa encauzar una solución que nos saque del atolladero político en que nos hemos metido ('procés'); y por otro, un presidente que gestione el día a día, lo que también preocupa y ocupa a los catalanes. El objetivo no es que deje de defender sus ideas, por absurdas que algunas de ellas puedan llegar a ser o parecer, el objetivo es que haciendo esto no obstaculice la gestión del día a día y lo cotidiano funcione.

En esencia, no me preocupan las barbaridades que el presidente Torra escribió cuando aún no era vicario y soñaba en voz alta. Lo que realmente me inquieta es que persista hoy, que tiene responsabilidades, en alguna de aquellas necedades. Cuando Torra se saca de la chistera la vía eslovena sabe perfectamente, o debería saberlo, qué caja de truenos acaba de abrir, y debería saber calibrar en qué jardín está situando el proceso y cuáles pueden ser las consecuencias. Entonces, no hay demasiado margen de maniobra, o es un inconsciente o no descuelga de más arriba, y puestos a elegir...

Tampoco quiero un presidente que hoy anime a los CDR a movilizarse con más fuerza y mañana los mande desalojar o zurrar; o un presidente que hoy exige purgas entre los Mossos por la desproporción de unas cargas a unos manifestantes y al día siguiente está encantado de la vida con el funcionamiento del cuerpo policial catalán. Y así un largo listado de movimientos bipolares.

Sin cuestionar la legitimidad, también cuesta digerir el ayuno exprés del presidente en apoyo a los presos políticos en huelga de hambre. Una huelga de hambre es algo serio, que no debería merecer distracciones folclóricas y que, incluso haciendo una reflexión estratégica, debería centrar toda la atención del proceso. Así, rellenándola de ayunos colaterales, no parece que ayude.

Sea como sea, el ayuno que más preocupa y es censurable es el que lleva haciendo Torra desde que fue elegido presidente de la Generalitat. Un ayuno político del día a día, de las listas de espera en los hospitales, por citar el ejemplo que clama más al cielo. Estaría bien que, si algún día Cataluña acaba siendo independiente, quedara alguien para disfrutarlo…