Hace unos días participé en un evento del festival Barcelona Negra. He publicado algunos textos del género, y muy pocas veces me invitan a este tipo de actos. Tres escritores de la novela negra  hicimos un pequeño show que se llama escritura en vivo, y que consiste en improvisar un texto, a partir de unas consignas que nos da el público asistente. Lo que escribimos se proyecta en una pantalla enorme. La pantalla del antiguo cine Aribau, en esta ocasión.

Acudí creyendo que se trataba de eso y de nada más. La primera sorpresa me la llevé al principio, cuando subió al escenario la presentadora. La señora lo hizo bien, nada que objetar. La persona que tenía a mi izquierda me susurró: “Esa cara me suena. ¿Quién es?”. No la conocía de nada y pregunté a mi derecha. Me respondieron: “Es la mujer del señor J. (uno de los políticos que van a ser juzgados por los hechos del 1 de octubre de 2017)”. Me sentí incómodo, pero lo soslayé. Al fin y al cabo, la señora no mencionó el asunto.

Subí al escenario y cumplí con el reto: escribir durante pocos minutos a partir de las consignas propuestas por el público. Cuando acudió el segundo escritor al escenario, en vez de atenerse a las normas del juego, escribió un texto sobre los “presos políticos”, y puso que “justicia española” es un oxímoron, que vivimos bajo la tiranía de un estado totalitario y etcétera. Algunos pocos de entre el público aplaudieron. Me quedé pasmado y, sobretodo, triste.

Me apenó el abuso de la oportunidad. El escritor escribió: “Este acto está dedicado a los presos”. Creo que lo escribió con ingenuidad, pero con la lógica del abuso, de la apropiación. Escribió que en España los violadores están libres y los demócratas, encarcelados. El silogismo es pueril e inaceptable. Pero ahí estaba, reproducido en grandes letras en la pantalla. Inaceptable. Pero fui incapaz de responder. Ahí está mi dolor: no supe responder a un hecho inaceptable.

 

Pude haber respondido en el siguiente turno, cuando de nuevo subí al escenario para escribir otra improvisación. No lo hice. Aunque sentía la necesidad de responder, prevaleció en mi el imperativo ético y algo así como la responsabilidad: ética y responsabilidad arrollaron el malestar que sentía y me lo mandaron a las entrañas para que lo digiriese luego. Toleré el abuso, soporté la apropiación del espacio, acepté la usurpación. ¿Por qué actué así?

El escritor que cometió el abuso es un amigo. No es fácil tener amigos en este gremio egocéntrico y casi autista, de veras. Haber respondido significaba asumir el riesgo de perder a uno de los pocos amigos que me quedan en este gremio, provocar una situación violenta de consecuencias imprevisibles, y todas malas. Mi única opción buena era esta: el silencio. Evitar el conflicto. Y convertir el malestar en algo íntimo, en algo que me llevo. Mi reacción explica un montón de fenómenos que están sucediendo en Cataluña de unos años a esta parte. Solo cuando uno se encuentra metido en el berenjenal comprende. Es fácil juzgar a los demás, o prescribir como deben actuar los otros ante una provocación nacionalista. Pero es muy difícil hacerlo en primera persona.

Me llevé muchas preguntas para mi casa. ¿Qué hubiese pasado si, en mi primera intervención, hubiese aprovechado la oportunidad para escribir en esa pantalla gigante algo como: “A los políticos les juzgarán por haber violentado las leyes de un estado democrático de Europa. ¿Es fascista usar la democracia para violentarla como hicieron en septiembre y octubre del 17”? ¿Mi amigo hubiese puesto en riesgo nuestra amistad con una respuesta? ¿Por qué motivo los que nos callamos somos siempre los mismos? Les cedemos el relato siempre.

Ni soy optimista ni creo que la verdad prevalezca por el hecho de ser verdad. La historia demuestra que eso no funciona así. Pero sigo pensando que la razón vence al engaño y a la falacia. Sigo creyendo (más que pensando) que el argumentario nacionalista catalán tiene los días contados, que la verdad gana, que los nacionalistas son cada día menos y que por eso pocos aplaudieron el abuso oportunista de mi amigo. Pero me llevé dolor, me llevé pena, me llevé una rabia pequeña que era rabia hacia mi, hacia mi silencio. Mis miedos me vencieron. Me da miedo eso. Antes de estallar en el hervor, el agua se queda quieta, muda.