Resulta sorprendente comprobar cómo de todas las previsiones meteorológicas que anuncian para esta semana la primera gota fría de la temporada la única que garantiza un sol radiante el 11-S es tevetrés. Es cierto que predecir el tiempo que hará el miércoles es una ciencia incierta y que no es la primera vez que al hombre del tiempo le muele a palos el sector hotelero por haberla cagado. Pero una cosa es disculparse públicamente porque ha hecho sol a pesar de que los mapas decían que llovería y otra es asegurar que las imprevisibles tormentas harán una pausa este miércoles lo bastante larga para que podamos desfilar en nuestro particular carnaval al ritmo de las maracas de la ANC.

No quiero herir la sensibilidad de la galaxia procesista cuando comparo la Diada con una rúa de carnaval, pero es que es lo primero que me viene a la cabeza cuando veo la cantidad de andróminas –comenzando por la camiseta y acabando por el casco- que tendremos que llevar si no queremos ser identificados por el grupo como unos impostores. Al margen del negocio que unos espabilados hacen cada 11-S con la venta de gadgets de todo tipo -¿para cuándo el vibrador?-, lo que más me cuesta digerir es ver cómo disfruta el rebaño vistiendo de uniforme, coreando lemas que nadie se cree y sudando la gota gorda. No dejo de preguntarme dónde ha quedado el sentido del ridículo que un día nos hizo imprescindibles para modernizar la piel de toro.

Hace unas ediciones, cuando la Diada todavía tenía una pátina institucional que hacía posible acoger a todas las sensibilidades democráticas, el único uniforme reglamentario era el fular que popularizó Lluís Llach. La fecha era señalada porque simbolizaba el retorno a la normalidad después de la pausa de las vacaciones. También servía para demostrar que por encima de la patria que nos unía a todos seguía existiendo la lucha de clases porque los catalanes de verdad lucían moreno ampurdanés mientras que los de barriada destacábamos por nuestra blancura fluorescente. Por la tarde, cuando empezaba la manifestación, parecía que el milagro del pan y los peces era posible pero el espejismo se disolvía rápido cuando alguien hablaba en castellano.

Sobre el lema escogido este año –objetivo independencia- no tengo nada que añadir. Solo que a estas alturas del culebrón en que se ha convertido el proceso soberanista parece mentira que todavía haya gente que se crea las trolas que nos vende el desgobierno catalán. Uno de ellos es mi amigo X. Estos días anda muy disgustado porque no entiende que la hAda Colau –de los socialistas ya se lo esperaba- se haya desmarcado de las celebraciones patrias aduciendo que el lema escogido es excluyente y no representa a todos los catalanes. Y tiene razón mi amigo al enfadarse con la alcaldesa virtual porque no se me ocurre nada más inclusivo que la independencia impuesta por decreto.

Los lemas de la Diada siempre me han parecido de parroquia. Con los amigos me he dedicado a recordar algunos: hagamos la república catalana, la Diada del sí, a punto, vía libre a la república catalana, ahora es la hora… Visto en perspectiva, no sé si reír o llorar. Me aguanto las ganas y me viene a la memoria el lema –necesito comunicarme- de aquellos inolvidables encuentros de Montserrat, los últimos si no recuerdo mal, donde los jóvenes nos dedicamos todo el fin de semana a comunicarnos con el sexo. Todavía recuerdo a los curas registrando las literas y persiguiendo a fornicadores al grito de Cataluña será cristiana o no será. No os creáis todo lo que nos cuentan y coged el paraguas por si acaso.