Presume por las redes la señora Pilar que ya ha conseguido el procesismo cargarse dos presidentes del gobierno español y que vamos para bingo. Y yo me pregunto que si tan odioso e insoportable le resulta al talibanismo independentista todo lo que huele a España, ¿por qué convergentes tuneados y republicanos insisten en presentarse a las elecciones generales? La pregunta es reiterativa porque puedo imaginar que cobrar un buen sueldo del erario público y utilizar el Congreso como altavoz para sus espectáculos son dos de las razones. Y reiterada porque la hago cada vez que el gobierno central convoca comicios y nadie me ha dado todavía una respuesta que yo entienda más allá de argumentos patrios que me la traen floja y que no hacen más que remarcar sus contradicciones discursivas.

Me recuerda el comentario fanfarrón de la señora Pilar –de lengua venenosa y escandaloso sueldo público- al califa venido a menos Julio Anguita. Como ella, el entonces coordinador general de IU optó por la táctica de cuanto peor, mejor para marcar paquete. Como resultado de esta estrategia de vuelo gallináceo para evitar ser tragados por los socialistas que cada vez tenían menos de socialista, Darth Ansar se consolidó en el gobierno gracias al apoyo de los partidos nacionalistas y nos llevó a una de les épocas más oscuras que recuerdo y que tuvo como guinda los sangrientos atentados de Madrid. Aquello sí que fue devastación, humana y material, y no unos coches de la Guardia Civil abollados ante la consejería de Economía, señor fiscal.

Entre el talibanismo independentista hay una teoría muy extendida que plantea que cuanto peor le vaya a España, mejor le irá a Cataluña. Ya lo hemos visto estos últimos años con Mariano: medio gobierno catalán en el banco de los acusados juzgados como si fueran terroristas y el otro medio exiliado, unos sobreviviendo gracias a las cajas de resistencia y otro viviendo en una mansión como un pachá y celebrando comilonas como diría Mónica Oltra con sorna valenciana. Juro que he intentado entender esta lógica de la destrucción del vecino, pero ha sido imposible. Primero, porque el caos genera caos. Y segundo, porque yo desligo la incompetencia política de los territorios y de la gente que los habita.

Mi vínculo emocional con España no me permite hacerme independentista por mucho que lo hayan intentado dando espacios televisivos a la señora Pilar para que me adoctrine. Mi corazón late por encima de las banderas y los pies que me sostienen desde hace cincuenta años pisan una tierra que no conoce fronteras y que huele a cielo azul, brisa marina y tomillo. Al final, mi lugar en el mundo son la gente que quiero y mis recuerdos de infancia: el murmullo del río donde me bañaba con mis primos, la orquesta tocando pasodobles en la plaza del pueblo, el olor ácido de la leche acabada de ordeñar, las cagarrutas negras de las ovejas delante del portal, mi abuelo cantando coplas mientras se comía una sandía gigante, el burro Pepe repartiendo coces y la gata Maribel persiguiendo ratones en el doblao. No hay forma de olvidar esta felicidad que nunca he vuelto a sentir con tanta intensidad. Y si alguna vez tengo tentaciones de hacer un reset, la cicatriz de la frente -que me hice a los dos años con la puerta de hierro de la casa de mis abuelos maternos- siempre me recuerda quién soy.

Como decía antes, devastación no es estropear dos vehículos de la Benemérita por indignación popular ni convocar una consulta para decidir si quieres carne o pescado. Devastación es que una ola gigante destruya tu mundo. Devastación es una guerra infinita como la que desangra Siria. Devastación es un terremoto que mate a tu familia. Devastación es que tus amigos se mueran de cáncer. Devastación son los miles de cadáveres que reposan en el fondo del Mediterráneo. Devastación es que un meteorito nos borre de un plumazo de este planeta tan hermoso o que nos quedemos sin agua para beber o que el sol se apague para siempre. Devastación son cuatro años de tridente franquista.

Entre los que quieren morir matando y los que pintan a los catalanes con cuernos y rabo yo elijo mi propio camino. Y el 28-A iré a votar y el 26-M volveré a hacerlo, y lo haré pensando que cuanto mejor, mejor. Porque no puedo imaginar otra cosa.