Cataluña es, desde un punto de vista demográfico y territorial, un país pequeño. Más pequeño que Suiza, Austria, Dinamarca u Holanda, países a los cuales nos gustaría asemejar. Por consiguiente, debería ser, relativamente, sencillo de gestionar bien. Eso sí, siempre que tuviéramos un gobierno inteligente, ambicioso y efectivo, condición que, desgraciadamente, no se da con el actual presidente Quim Torra

En las postrimerías del franquismo se puso en marcha el Congreso de Cultura Catalana (CCC), un enorme think tank en el que miles de personas trabajaron gratuitamente para proyectar el nuevo país que teníamos que construir después de la ignominiosa dictadura. Modestamente, yo también me involucré e hice el seguimiento como periodista de las reuniones y asambleas que se celebraban en todo el territorio para imaginar y debatir la nueva Cataluña. 

El restablecimiento de la Generalitat y el retorno del presidente Josep Tarradellas, en 1977, marcaron un punto y aparte: empezaba una etapa de reconstrucción, en libertad y con democracia. Sí, todo estaba por hacer y todo era posible, como profetizaba el poeta Miquel Martí i Pol

El Estatuto de Autonomía del 1979 nos dotó de los instrumentos necesarios para hacer realidad muchos de los anhelos colectivos expresados por la gente que participamos en el CCC. El nivel de autogobierno que logró y asumió la Generalitat restaurada era muy superior al de cualquier otra región europea -con la excepción de Euskadi- y permitía desplegar toda una serie de políticas propias en ámbitos capitales como la sanidad, la educación, el ordenamiento del territorio, las infraestructuras, la vivienda, el medio ambiente o la agricultura. 

De esto hace 40 años, 33 de los cuales Cataluña ha estado gobernada por el nacionalismo conservador del partido fundado por Jordi Pujol. Yo no he dudado nunca que Jordi Pujol y sus seguidores sean unos grandes patriotas. Durante estos 33 años que han conducido las riendas del país se tiene que reconocer que han hecho cosas bien, pero otras muchas,en cambio, rematadamente mal. Y no hablo solo de la lacra de la corrupción, que ha podrido la administración y ha herido nuestra autoestima. 

En síntesis: el incendio que ha azotado estos días los bosques y los cultivos de la Ribera d’Ebre es la consecuencia del mal gobierno que hemos sufrido en Cataluña durante estas cuatro décadas pasadas. El desequilibrio territorial, el abandono de los bosques, la marginación del mundo rural, el envejecimiento y el éxodo de los pueblos son la consecuencia de gravísimos errores de planificación y de acción política. Después, llegan los llantos y las lágrimas. 

Jordi Pujol tenía muchas virtudes, pero también muchos defectos. Uno de ellos, como ha quedado sobradamente demostrado: no sabe gestionar los recursos económicos, ni los familiares, ni los privados (Banca Catalana), ni los públicos (Generalitat).

Siempre nos podremos quejar de que la administración catalana no tiene suficientes recursos y que sufrimos un déficit fiscal crónico. Pero Cataluña es una región rica y como todas las regiones ricas europeas (la Isla de Francia, Baviera, la Lombardía…) aporta a las arcas del Estado más de lo que recibe. De esto se llama solidaridad interterritorial y es un principio que rige en todos los países. También entre los Estados que formamos parte de la Unión Europea y, en general, en todos los Estados federales del mundo. 

Lo cierto es que en estos casi 40 años de autogobierno, la Generalitat ha gestionado, vía presupuestos y de manera autónoma, una ingente cantidad de dinero. ¿Se ha invertido de manera adecuada? En todo caso, todos los presidentes que hemos tenido –Jordi Pujol, Pasqual Maragall, José Montilla, Artur Mas, Carles Puigdemont i Quim Torra- han gastado alegremente, han derrochado el dinero irresponsablemente y han creado, entre todos, una indigerible bola de endeudamiento de la Generalitat. 

Gobernar quiere decir priorizar unas determinadas políticas por delante de otras. Con el referente del CCC en perspectiva, cabe decir que la Cataluña que tenemos hoy es muy diferente de aquella que habíamos soñado y proyectado. Grosso modo, la Generalitat nacionalista nos ha dejado el territorio partido en tres franjas: el Pirineo y las zonas de alta montaña, envejecidas y despobladas; la Cataluña central, saqueada y contaminada por la ganadería intensiva, la minería y los cultivos transgénicos; y la zona litoral, superpoblada y destrozada por la especulación inmobiliaria. 

Este profundo e injusto desequilibrio territorial no es casualidad. Es fruto de unas determinadas políticas presupuestarias que se han aplicado desde el año 1980 y que hay que cambiar si queremos que no vuelvan a pasar catástrofes como las de la Ribera d’Ebre (y que antes ya han sufrido el Bages, el Berguedà, el Solsonès, el Anoia, el Alt Empordà, el Baix Empordà, el Garraf...). “¡Viva la tierra, muera el mal gobierno!”, clamaban los segadores del 1640. La apelación sigue vigente hoy.