Para salir de la espiral en la que nos han metido hay que entender en qué momento se nos escapó el relato a los que sabíamos que el proyecto nacionalista sólo podía conducir a donde estamos ahora. La respuesta es resbaladiza, pero se titula sin duda Derecho a Decidir.

Varias generaciones de catalanes hemos crecido bajo la presunción del derecho de autodeterminación. Cuestionarlo era tabú y, por tanto, ni se discutió ni tuvimos más explicación que un supuesto derecho natural colectivo, un tipo de legalidad mágica paralela. Pero los derechos son leyes escritas, garantizadas por la legislación del lugar donde has tenido la suerte (o no) de nacer. Por ejemplo: no naces con derecho a circular por la izquierda ni a independizarte de tu comunidad de vecinos porque la ley (española) no te lo garantiza. Sí que puedes formar un partido que defienda, por ejemplo, que quemar 1035 contenedores es un uso legítimo del derecho de protesta, pero sin olvidar que los ayuntamientos tampoco son soberanos y rinden cuentas al poder judicial y al ejecutivo. En resumen, no somos personas independientes porque disfrutamos de un sólido contrato social, lo cual distingue Suiza de Haití.

Pueden parecer banalidades, pero es que nuestro problema es una profunda carencia de cultura democrática que no veo ni en otras partes de España ni a gran parte de Europa. Los que hemos crecido en la izquierda no hemos sabido transmitir que si tenemos derecho a divorciarnos o a casarnos con alguien de nuestro mismo sexo no es porque lo sentimos muy fuerte como pueblo, sino porque cambiamos las leyes (españolas) legalmente. El derecho de autodeterminación (mito revelado del nacionalismo que la misma ONU ha tenido que desmentir) nunca ha sido legislado, en ningún país. Ni lo hará, porque justamente contradice el principio de soberanía base de cualquier sistema legal. Por eso tampoco la Constitución de la República Imaginaria de Catalunya ni la Ley de Transitoriedad establecían ningún mecanismo para que Barcelona o Tarragona se autodeterminasen.

Pero si le explicas a un independentista estándar que para reformar la Constitución necesitas dos tercios del Congreso, te contestará que esto no lo puede conseguir y que es injusto porque su pueblo (pero este pueblo incluye sólo los fieles, en contraste con ciudadanía) es soberano. Y cree que es soberano porque efectivamente en esta limitada definición de pueblo ungido si que son dos tercios. ¡E incluso ocho novenos! De aquí aquello de "las calles serán siempre nuestras". En definitiva, se trata de un derecho no se sabe si histórico, natural o divino del que disfruta un subconjunto pobremente definido de los catalanes.

Este es el bucle del que la izquierda no ha sabido escapar: confundir la soberanía popular con el derecho a decidir de cualquiera que se autoerija como pueblo. Esto es una cosa propia de la anarquía o de la adolescencia, pero ajena a la Internacional que sabía bien que ley y justicia, empezando por el respecto al demos establecido, son el arma del débil.

Por eso pienso que un eslabón fatal muy subestimado en la cadena que nos ha llevado hasta aquí fue el día en que el nacionalismo arrinconó para siempre jamás a ICV con una declaración de soberanía que engañó a este ambiguo pueblo catalán. Fue el 23 de enero de 2013. Tampoco el PSC ha explicado bien por qué la soberanía sólo puede ser del titular de la Constitución. Ni la derecha española que, a pesar de que sí que evitó la trampa, sufre una palmaria falta de proyecto y de fe en la política. Es irónico que callen por miedo a ser tildados de fascistas por quienes justifican la violencia o derogan las leyes fundamentales (aprobadas por un 86%) para imponer las suyas (47%).

El futuro se construirá a partir de la legalidad de un país, España, del que Catalunya fue cofundador. En los siglos XV o XIX, Catalunya, fuese lo que fuese, formó parte de este contrato social tan fructífero que la sacó de la Edad Media y nos ha hecho una de las regiones más prósperas de Europa. Lo que no se puede hacer es romper unilateralmente un contrato cuando eres quien más se ha enriquecido con él. Nos aboca al caos por su ilegalidad y por su inmoralidad.

Sólo cuando se explique bien el demos se entenderá automáticamente por qué el no-referéndum del 1-O fue un profundo ataque a la democracia y por qué el 27-O fue un simulacro de golpe.