Las elecciones de este 28-A pueden marcar un antes y un después en la historia de la democracia en el Estado español. Venimos de un periodo muy traumático, en el cual los terribles estragos de la crisis financiera y económica se han solapado con el estallido de los grandes casos de corrupción política y el desafío del movimiento independentista catalán, creando un cóctel altamente explosivo. 

Pero, como ya pasó con la dificilísima transición de la dictadura franquista a la democracia, la sociedad española en su conjunto, y también la catalana, han demostrado una gran solidez de fondo ante esta concatenación de conflictos y de sobresaltos permanentes. Los valores de la convivencia y del amor a la libertad han vencido nítidamente a las tentaciones autoritarias del ordeno y mando o de salir a quemarlo todo, tan inherentes a la tradición mediterránea e ibérica.

También hay que resaltar que las instituciones democráticas españolas –con todas las críticas muy justificadas que se quieran hacer- han funcionado razonablemente bien. El Congreso de los Diputados ha actuado como caja de resonancia de las inquietudes y anhelos de la calle. La justicia y la policía han asumido con valentía el reto de enfrentarse a la lacra de la corrupción que había gangrenado las organizaciones políticas y las instituciones. El rey Juan Carlos I, asediado por las sombras de la corrupción, tomó la acertada decisión de abdicar anticipadamente de sus responsabilidades como jefe del Estado. 

Llegamos a este 28 de abril con una anomalía democrática palpitante: la situación de prisión preventiva que sufre la mayoría de los dirigentes independentistas catalanes que están siendo juzgados en el Tribunal Supremo. Como ya he escrito y expuesto de manera reiterada, me parece una medida punitiva totalmente excesiva que solo se justifica, con pinzas, por la fuga del territorio español de Carles Puigdemont y de cuatro ex consejeros del anterior gobierno de la Generalitat

Después de la enorme tensión que hemos vivido en los últimos años, hay una sensación de cansancio en la sociedad española, y también en la catalana. La gente está harta y exhausta después de toda la crispación provocada por unos dirigentes torpes que han antepuesto sus ambiciones y miserias personales al compromiso de servicio a la sociedad inherente a su tarea. 

España y también Cataluña necesitan distensión y tranquilidad política para poder concentrarse en los grandes retos que son inaplazables: la creación de empleo de calidad, la preservación del Estado del bienestar, la integración de la inmigración, la adaptación de las empresas y del mercado laboral a la revolución tecnológica en marcha, la transición energética y la lucha contra el cambio climático. 

El principal enemigo de esta convocatoria electoral son los populismos identitarios. La complejidad de los problemas que tenemos sobre la mesa no admite frivolidades ni falsas fórmulas mágicas a la hora de articular soluciones. Tampoco podemos apelar a supuestos tiempos idílicos pasados para abordar los retos tangibles del presente. 

Para lograr este horizonte deseado de normalidad y de progreso, la opción política más adecuada es –desde mi punto de vista, personal e intransferible- la que representa Pedro Sánchez. Ha demostrado ser un político valiente y, a la vez, prudente, socialmente comprometido y dialogante, capaz de escuchar, de negociar con todo el mundo y de mantener la palabra dada. Una victoria socialista clara y limpia este 28-A es la clave que puede destensar la situación en Cataluña y encontrar salidas sensatas al complicado laberinto español. En este contexto de pacificación, la excarcelación de los presos independentistas caerá como fruta madura, más temprano que tarde. 

Si la respuesta de las urnas es positiva, el Estado español puede estar en condiciones de comenzar, a partir de la experiencia acumulada, una segunda transición que culmine con una reforma de la Constitución del 1978, adaptada a las nuevas realidades del siglo XXI. En este sentido, las elecciones de este próximo domingo están investidas de un cierto aire de punto de partida para la renovación en profundidad de la democracia, después de los tóxicos y peligrosos años que nos ha tocado vivir. 

Demos confianza a Pedro Sánchez. La mía, hasta que no me demuestre lo contrario, la tiene.