Con el paso del tiempo, la pretendida impecabilidad de la transición española se ha demostrado fantasiosa, si no falsa; nos vendieron cuentos chinos. La transición de la dictadura de Franco a la democracia de Juan Carlos I no fue idílica, sin máculas, como se nos ha hecho creer. A la dictadura se le hizo un lifting, para hacerla pasar por democracia, y la mierda se escondió bajo las alfombras. En resumen. Resuena todavía y de manera intermitente el mensaje de fin de año del 69 en que el dictador decía que todo quedaba "atado y bien atado". Se refería a que la continuidad de la dictadura se garantizaba con la designación del Rey. Y a ciencia cierta.

El miércoles, la portavoz del PP en el Congreso, Cayetana Álvarez de Toledo, confirmaba la defectuosidad de aquella transición aún para cerrar. Respondiendo al vicepresidente Pablo Iglesias, que antes se había referido con cierta sorna al marquesado de la pepera, le espetaba: "Usted es el hijo de un terrorista, a esta aristocracia pertenece, a la del crimen político". Se refería a que el padre de la criatura, Javier Iglesias, fue un luchador antifranquista que militó en el FRAP (Frente Revolucionario Antifascista y Patriótico). El subconsciente de la marquesa, como el de tantos otros, hacía una relación un tanto perversa: luchar contra el franquismo equivale a terrorismo. En la réplica, el líder de Podemos le respondía: "Usted acaba de cometer un delito aquí. Sólo alguien con títulos nobiliarios es capaz de creerse con la impunidad de poder decir terrorista a alguien y que le salga gratis", añadiendo que pedirá al su padre que ejerza las "acciones oportunas". No es la primera vez que el progenitor del político morado acude a los tribunales para defenderse. Antes lo hizo contra el presunto periodista y hoy eurodiputado de Vox, Herman Tertsch, que tuvo que pagar 15.000 euros por vulnerar el derecho al honor del padre de Iglesias. A Álvarez de Toledo y a Tertch les sorprenderá saber que las izquierdas también tienen honor y que debe respetarse.

Al parecer, la desgracia que azota el país, con más de 27 mil muertos diseminados por el territorio, no es motivo suficiente para decretar una tregua política o, simplemente, aplicar la máxima del sentido común. Al contrario, la derecha ha decidido usar los muertos como arma arrojadiza. Desentierran las más bajas pasiones para recuperar un poder que en manos de las izquierdas entienden ilegítimo. Mientras las oposiciones de medio mundo llevan en tiempos de pandemia el freno de mano puesto, el estadista Pablo Casado, mentor de la susodicha marquesa, interpelaba hace escasos días al presidente Pedro Sánchez con finura política: "Traidor", "ilegítimo"," mentiroso compulsivo", "ridículo", "deslegitimado", "adalid de la ruptura en España", "irresponsable", "incapaz", "desleal", "ególatra", "catástrofe", "chovinista del poder", "rehén", "escarnio para España", "incompetente", "mediocre", "okupa"... Y eso sin citar a los impresentables de Vox.

Todo ello no quiere decir que el gobierno de Sánchez lo esté haciendo bien, que no lo creo, y tiempo habrá para pasar factura. Pero una cosa es eso y otra actuar sin escrúpulos, con una falta de ética indescriptible, para arañar un puñado de votos usando si es necesario la desgracia de muchos. La transición terminará cuando conductas como las descritas no tengan cabida en una sociedad que aspira a ser democrática.