Las manifestaciones ciudadanas de un signo u otro que estamos viendo en Catalunya o las declaraciones de los partidos de derecha y ultraderecha durante el último proceso electoral ponen de manifiesto como las grandes palabras que movieron a la ciudadanía en el siglo pasado –Libertad e Igualdad- han sido usadas, y a veces prostituidas, por los dirigentes políticos que sin argumentos quieren crecer como líderes a corto plazo. Todo el mundo dice que es defensor de la democracia y de los derechos de todos los ciudadanos, amenazados por alguien que viene de fuera. Para la ultraderecha son los independentistas, y para los independentistas es una nebulosa España, según ellos opresora.

La crisis económica ha empobrecido a las clases medianas, y nuestra juventud tiene cada vez menos expectativas de trabajo digno y de progreso personal. Por muchas razones personales y colectivas, la rabia personal y el resentimiento pueden ser manipulados por palabras que den sentido a las vidas que habían perdido ilusiones y perspectivas.

Las palabras grandilocuentes de la Ilustración y las banderas, junto con el sentimiento hacia los políticos encarcelados, están moviendo voluntades cada vez más radicales, y, por tanto, más alejadas de los intereses de la mayoría. Ni la violencia gratuita en las calles contra el mobiliario urbano, ni el cierre de fronteras, y de carreteras y calles, ni las palabras de la ultraderecha intentando imponer las leyes de forma "implacable" y amenazando a cada dos palabras con acabar con el estado autonómico, permiten empezar a construir nuevos espacios políticos de convivencia.

Ya lo hemos visto durante la campaña electoral. Se repiten eslóganes pero no se construye ningún debate constructivo, y no se puede hacer ningún debate político. No se puede pedir diálogo y centrar los debates en una sola propuesta política con el mantra de la autodeterminación. Tal como dice Han, nos hemos despedido tanto de la dialéctica como de la hermenéutica. La verdadera democracia sólo se puede construir hablando, deliberando, llegando a acuerdos y decidiendo. La verdadera democracia no es la imposición de un voto más sobre los otros. Y no se puede pedir diálogo entre gobiernos cuando no se tiene en cuenta a más de la mitad de la ciudadanía.

Hay que sentarse y hablar, sí, pero empezando por todos los catalanes y catalanas, dentro de todas las familias y compartiendo mesa con amigos y amigas. No tenemos que olvidar que nunca se ha permitido un verdadero debate sobre qué necesidades tenemos como ciudadanos y ciudadanas de Catalunya, porque los que hace años que sólo tenían una idea fija han querido imponer la palabra independencia como una solución a todo lo que no hemos debatido. Un imaginario impuesto sin debate, atizando la rabia y el resentimiento como combustible para mantener gente en las calles sin saber donde van. Como todos los nacionalismos, se buscan enemigos exteriores para conseguir una cohesión interior y por no hablar de la ambigüedad, la corrupción y la carencia de ideas políticas propias.

Las deliberaciones previas y los debates que se realizaron antes de la elaboración de la Constitución Americana, como explica el profesor Ramon Máiz en el libro El federalista, nos muestra que la constante preocupación de los constituyentes fue la de generar un sistema de convivencia que se enfrentara a todo tipo de totalitarismos y al sistema jerárquico y unitario de gobierno: "El sistema federal-republicano de gobierno es el que, mostrándose más eficaz contra los peligros externos, proporciona al mismo tiempo una mayor seguridad interna contra la formación de mayorías opresoras".

Los constituyentes trabajaron de lleno en las fórmulas que permitieron una máxima representación, deliberación y participación, analizando a fondo las diferencias entre la democracia deliberativa y la asamblearia, con una sorpresiva claridad de argumentos que quizás necesitamos en este momento en Catalunya.

La táctica de imponer posiciones unilaterales, con fuerza sólo parlamentaria, basada en ser una nación que no ha sido capaz de hacer una ley electoral proporcional, ya no se puede sostener. Catalunya no es un templo, y tendría que ser una ágora, como nos decía Antoni Puigverd. En democracia la ágora está abierta porque pensamos y decidimos conjuntamente como queremos vivir en el futuro, sin imposiciones encubiertas y con debates deliberativos. No se puede pedir diálogo con otros gobiernos si no se sabe abrir el diálogo dentro de nuestra propia casa.

¡Sentémonos y hablemos, catalanas y catalanes!. ¡Basta de totalitarismos, y basta de exclusiones!.