Mientras el introspectivo Turull deja atrás el milagro de la levitación y se sumerge en la clarividencia que provocan once días de huelga de hambre, la patria sigue girando como si no hubiese Dios. En una semana trepidante se ha muerto el azote urbanístico de Barcelona, Mascarell se ha presentado como alcaldable a la búsqueda de candidatura –creo que los populares barceloneses todavía no tienen cabeza de lista- y el Ciudadano Valls ha ido al Raval a echar mierda sobre la inseguridad y ha acabado huyendo de las putas anarquistas. También ha pasado que los estómagos agradecidos del pujolismo han presentado un libro para blanquear la imagen del nada honorable ex presidente exaltando su obra política y pasando de puntillas sobre las prácticas corruptas de la familia.

Todavía impactada por la irrupción de la ultraderecha en el Parlamento andaluz y por la tremenda responsabilidad que los descerebrados catalanes tenemos en este hecho tan lamentable, busco consuelo y no lo encuentro en ningún lado. Me pasa como a Jordi Manent, que todavía no entiende cómo es que “personas inteligentes han renegado de la obra de gobierno de Pujol” y se lamenta de los momentos irracionales que vivimos. Mi estado de desconcierto se agrava después de leer la carta que Isabel Turull ha escrito –y que se ha publicado en el diario Ara- recriminando a los obispos catalanes su silencio ante tanta injusticia. “¿No fue Jesús, que curaba los sábados, y que al preguntarle sobre eso, respondió: ¿Qué es primero, la ley o las personas?”, recuerda a la silente Iglesia catalana. Y yo solo puedo decir amén.

Estoy pensando que a todas nos iría bien un ayuno en Montserrat para recuperar el norte como ha hecho Torra cuando aparece Sánchez y dice que los republicanos son unos egoístas porque no quieren presentarse en Barcelona con los convergentes tuneados. Compruebo con admiración que el régimen estricto a base de agua mineral le está afinando la figura y la lengua. Y entonces recuerdo que hace unos días vi a Tete Maragall camino de la sede que ERC tiene debajo de mi casa. Me llamó la atención porque iba torcido y encorvado, y caminaba con dificultad. No pude evitar pensar en Abraracúrcix, el jefe galo que se hace trasladar por dos guerreros sobre el escudo, y me pareció que sería la solución ideal para evitarle un traspié durante la campaña.

Me planteaba aprovechar el puente para comenzar a reducir la dosis de medicación que tomo para combatir un agotador insomnio, pero con estos políticos no hay manera. De hecho, después de ver las llamadas a la guerra santa que han hecho los republicanos desde Bruselas, he optado por incrementar la dosis diaria. Si he de ser sincera, del desmelenado Puigdemont me espero cualquier cosa. La ingesta continuada de mejillones contaminados pasa factura. Tampoco me sorprende el teatrero Torra reivindicando la vía eslovena y animando a los catalanes a inmolarse por la causa. El desconcierto me lo ha provocado el belicismo verbal de Comín al avisarnos que el tramo final hasta la independencia será dramático y que “ha llegado la hora de pagar el precio alto, injusto pero inevitable de nuestra libertad”. Pues cuando te mueras, ya te enterraremos.

No entiendo esta fijación enfermiza con Eslovenia. Estuve este verano de vacaciones y a excepción de la naturaleza –que es esplendorosa- y de las autopistas que atraviesan el país de norte a sur para facilitar la llegada de los turistas alemanes y austríacos al Mediterráneo, no tengo nada más que destacar. Su independencia unilateral de una Yugoslavia en descomposición dejó muertos, heridos, destrozos y miles de ciudadanos de origen serbio y croata sin derechos y condenados a un exilio forzoso. Aquella vía también ha dejado una frontera absurda donde te puedes pasar horas haciendo cola y un exacerbado sentimiento nacionalista xenófobo que hace enrojecer de vergüenza, igual que nuestro delirante desGobierno.