España está sufriendo fenómenos naturales habituales, aumentados en frecuencia y virulencia. Entre las imágenes impactantes que hemos visto hay las olas de trece metros de altura, sobrepasando los edificios de primera línea de mar, espuma marina inundando las calles de Tossa de Mar, el agua de algunos ríos invadiendo las primeras plantas de muchas viviendas, las playas convertidas en vertederos y el delta del Ebro retrocediendo tres kilómetros... El mar nos devuelve con furia inusitada lo que durante años hemos vertido en él.

España tiene buena capacidad de reacción ante las catástrofes. Solidaridad no falta y todo el mundo se afana a achicar agua de los sótanos o a limpiar las calles y las playas, y hay algún alcalde que promete que cuando vengan los turistas, nuestras playas volverán a estar limpias y a tener arena. Está bien, pero ... ¿Por qué hay edificios tan cerca de la mar? ¿Por qué se ha construido de forma tan prolífica en zonas inundables? ¿Por qué no se ha invertido a desviar algunos cauces? ¿Es sostenible que varias borrascas inunden varias veces al año las mismas casas?

Hay quien todavía niega el cambio climático. Pero muchos de los problemas que tiene el mundo ya no se pueden combatir ni explicar por si sólos.
Luchar para combatir la pobreza y las desigualdades también incluye luchar contra el cambio climático, porque este factor ya empieza a ser uno de los desencadenantes principales de problemas de supervivencia para amplios sectores poblacionales.

¿Qué pasa con una familia a quien cada dos meses se le inunda el comercio o la vivienda y pierde todas sus mercancías o muebles cada vez? ¿Qué pasa cuando todas las cosechas, una tras otra, se pierden por la sequía, el viento, el agua o la nieve? ¿Durante cuánto de tiempo una familia normal puede levantar la cabeza ante la repetición constante de circunstancias tan adversas?

El cambio climático nos traerá más pobreza y más desigualdades, más migración y más violencia si no invertimos en prevenirlo en una multiplicidad de frentes. El modelo especulativo de la construcción urbanística salvaje, la ley de costas, o una economía basada en el turismo de costa son tendones de Aquiles que nos hacen más frágiles ante el futuro.

Ejemplo de políticas pensadas para el corto plazo, que han traído más problemas que beneficios, fue la política liberalizadora del uso del suelo en época de Aznar con el ministro de Economía Rodrigo Rato, combinada con la flexibilización del mercado laboral y una ley de costas que no deja suficiente espacio entre el mar y la primera línea de edificios. Hoy en día sabemos que estas políticas aparentemente exitoses trajeron un boom inmobiliario sin precedentes, la pérdida de ahorros de toda la vida por parte de muchas familias y la pérdida de viviendas que con mucho sacrificio estaban comprando. En plena crisis, veíamos multiplicar los casos de corrupción urbanística y aumentar el consumo de productos de lujo, al mismo tiempo que aumentaba el riesgo de pobreza extrema. Las consecuencias negativas de estas políticas irresponsables tendrán más recorrido. Con las borrascas, visualizamos las consecuencias de construir en suelo anteriormente no urbanizable.

El gobierno actual tiene ante sí la responsabilidad de hacer política con mayúsculas, porque este país necesita repensarse en muchos frentes: gestión de residuos, modelo energético, gestión del urbanismo, reconversión industrial, arquitectura sostenible, prevención para la resistencia ante las catástrofes... Y más: en un país que vive del turismo y se industrializa en torno a las grandes ciudades, la mayoría de la población se ha desplazado al centro de la península y a nuestras costas. Esta emigración genera, a su vez, disminución drástica de los servicios y acelera la diáspora de los que apostaron inicialmente por quedarse.

Por eso, cuando oigo a la ministra portavoz Montero decir que hay que pensar en los trabajos que tendrán los españoles dentro de veinte años, al ministro de Fomento Ábalos hablar de inversión para la prevención, o a la vicepresidenta de Cambio climático, Ribera, hablar de reconversión energética, pienso que, a pesar del griterío, vamos por buen camino. Quizás porque cuando cabalgan, a los miembros del gobierno, les ladran al pasar..