Suspendido una vez por razones de fuerza mayor –a nadie le gusta morirse-, el primer debate televisivo de la campaña electoral barcelonesa me ha dejado en la boca un regusto de decepción que me confirma que no nos merecemos estos políticos. El Tete Maragall, la gran esperanza blanca del oráculo de Lledoners que proclaman injustamente vencedor por la mínima las encuestas de intención de voto, perdió los papeles y el hilo de la discusión un montón de veces. Cumplir años te hace tomar las cosas con más filosofía, pero la imagen pública que transmitió es que no sabe demasiado de qué va la Barcelona postmaragalliana. Deben de ser los efectos colaterales que tiene la tradición republicana de colocar a dedo alcaldables a pocos meses de las elecciones.

En un artículo anterior hablaba de riña de gatos, pero el domingo pasado lo que vi desde la sala de prensa fue una pelea de gallos viejos. El debate de Betevé y la FAVB –es de justicia nombrar la entidad vecinal por el intenso trabajo de asesoramiento y movilización que ha hecho en tiempo récord- se convirtió en un auténtico gallinero con tres plumíferos destacados. Un rencoroso Collboni que no hacía más que culpar a la hAda Colau de su matrimonio fracasado y repartía estopa a diestro y siniestro sin hacer ninguna propuesta nueva, un esperpéntico Bou diciendo sandeces y cambiando del catalán al castellano para despistar a la audiencia, y un estirado Valls –con este bonito acento que me recordaba las crónicas de Pere Codonyan en teleteresinas- que las metía dobladas.

En el debate se pusieron de manifiesto muchas barreras que dificultarán la gobernabilidad de la capital catalana. La primera: la línea que separa a partidarios y detractores del 155. La segunda: la que diferencia a la derecha de la izquierda, mucho más difusa porque socialistas y republicanos juegan a la puta y la ramoneta con su modelo económico neoliberal. La tercera: la de género, porque a excepción de una insolente y deslenguada Artadi, las alcaldables Colau y Saliente dieron una imagen de calma ante los gritos testosterónicos del vecino –con poca autocrítica la primera y timidez de principiante la segunda, es cierto- pero también con propuestas. Y la última, pero no por eso la menos importante, la que separa a los candidatos bronceados de los demás.

Como no quiero aburrir a los lectores me dedicaré a cotillear. Me sorprendió comprobar que la lucha de clases está más viva que nunca aunque los postmodernos lo nieguen. El público, convocado mucho antes y sometido a un riguroso registro de entrada, accedía al plató por una puerta secundaria mientras que los invitados y sus equipos lo hacían por la principal. Hasta aquí no digo nada porque yo soy de las que siempre entra por la puerta de servicio. Lo que me pareció inadmisible es que se ofreciera al personal un bocadillo aceitoso en la calle antes de entrar y se le diera de beber agua del Mercadona mientras que en la sala reservada a periodistas y equipos de campaña teníamos canapés y agua de Veri.

Y hablando de los asesores de los candidatos, qué paz se respiraba en la sala mientras en el escenario se insultaban. El equipo republicano compartía el espacio con el socialista mientras que los comunes lo hacían con los convergentes tuneados. Vuelvo a las fronteras para nombrar la línea invisible que separaba la sala justo por el medio: a la derecha de la pantalla, populares y naranjas; a la izquierda, el resto. Los cuperos se sentaban aislados de todos y a su bola como siempre. Ningún improperio, solo alguna risa discreta y algún susurro. Me llamaron la atención los desconcertantes zapatos de la socialista Laia Bonet y la funda de móvil con la rojigualda del ciudadano Paco Sierra. También me sorprendió que en la entrada confundieran a Xavier Roig con un vecino de Can Peguera.

No se habló de todo lo que se tenía que haber hablado
, pero sí que me quedó claro que, si le hiciera falta para gobernar, Collboni no tendría ningún dilema ético para hacerlo con el azote de inmigrantes pobres igual que Maragall lo hará con el holograma de Forn si los sondeos no se equivocan el 26-M. Espero que el outsider Graupera, que seguía el debate sentado en el sofá en pijama y zapatillas, no revele hasta el día siguiente a las elecciones que en realidad es un infiltrado de los podemitas. Y a los que critican a la alcaldesa en funciones porque habló poco y dejó que los otros hicieran el ridículo, les recuerdo que los virus estomacales que te pasan los hijos y las campañas electorales son malos compañeros de viaje.