Volviendo al profesor Juan José Solozábal (El País, 25 de septiembre de 2019): “En los partidos hay poco espacio para la discusión política o para los análisis de situación (…) en la actualidad son estructuras a las que caracteriza una debilidad organizativa e ideológica evidentes (…) lo que se lleva es el vértigo y la reflexión está desprestigiada”. Y para vértigo el de Catalunya en Comú y afines, incluidos quienes, en sus filas, tratan de aderezar su mejunje doctrinario mediante sabores, generalmente de amplio espectro, que no solo no contribuyen a conformar un frame de conocimiento compartido, sino que ni siquiera llegan a despertar el interés de sus propios destinatarios.

Así, lo que se ha llamado en denominar relato (tan de moda en la Cataluña actual) va por un lado y la cruda realidad, por otro. Generalmente, por la parafernalia de las querencias, las trifulcas tribales, el arribismo más o menos velado y la casi total ausencia de debate político y, muchísimo menos, de liza ideológica. Cosa a la que no son ajenos los partidos en general, sino todo lo contrario.

La izquierda, que había tenido a gala fardar de curiosidad intelectual, espíritu crítico y propensión a identificar la realidad, opta así por el bricolaje para construir artefactos, más o menos infumables. Si, por ejemplo, se va del palo de acicalar los discursos dominantes -véase los artículos de EL TRIANGLE "Solo un bando” (21/09/2019) y “Partidos, y solo partidos” (28/09/2019)- nada tiene de particular sacar astillas, digamos programáticas, como la de reivindicar “el diálogo bilateral para aquellas cuestiones específicas de Cataluña” o pedir el reconocimiento de las “particularidades del caso catalán”, hablar de España “como nación de naciones” y, desde luego, reclamar el título de “nación” para Cataluña. Demasiada nación, claro, acaba rimando con nacionalismo.

Como sostiene el historiador Rafael Lamuedra, la izquierda, acomplejada con la cuestión nacional, sigue dando palos de ciego a la hora de analizar las cosas y proponer alternativas. Entre el sentimiento de que eso es algo que no le atañe, cosa de la democracia, de la burguesía o del sursum corda, acaba deslizándose por el resbaladizo pavimento del nacionalismo, sino patinando por él. A estas alturas, nadie ignora que el nacionalismo catalán, sin ir más lejos, ha engordado a costa de una izquierda comprensiva, sino cómplice.

Claro está, si este bailarle el agua al nacionalismo no es solo cosa de inercia, ignorancia o despiste, sino que tiene como objetivo “crear unos documentos sobre el proyecto de estructuración nacional que hubiera servido para reconstruir el consenso anterior al procés”, tal como lo define uno de los mentores del constructo de Comunes Federalistas, pues apaga y vámonos. Para este viaje a la casa común del catalanismo, que a eso parece hacer mención la “reconstrucción de los consensos”, no hacían falta alforjas.

Porque nunca, en ninguna circunstancia, se vuelve al pasado. El pasado revisitado deja de ser lo que fue para devenir en presente. Algo siempre distinto. Este camino, nostálgico, en el que se encontrarán caminantes de todo pelaje (incluidos sus correligionarios, a los que pretenden re-adoctrinar), que también añoran el catalanismo, además de pantalla pasada para el actual independentismo, fue solo nacionalismo de baja intensidad, un espejismo para la izquierda, y un estupendo comodín para los proyectos de renacionalización de Jordi Pujol y sus huestes.

Como bien dice Lluís Rabell es un texto sobre la cosa, “el catalanismo, tal y como lo hemos conocido, no puede ser. Aquí tampoco hay marcha atrás. La respuesta debe corresponder a los retos del cambio de época. Se trata de rescatar y potenciar algunos rasgos que sí que responden. Unos rasgos que no sólo son vigentes, sino que deben ser expresados con un nuevo vigor, sin cortapisas. El más importante de todos ellos es, sin duda, el federalismo”.