A lo largo de mi vida como docente, recalé un curso en un colegio de Sant Cugat del Vallès. Fue un curso raro. El resto de mi vida laboral ha transcurrido en colegios de barrios pobres y marginales, y de eso me enorgullezco. En el colegio de Sant Cugat de aquel curso extraño conocí a Daniel (cuyo nombre he cambiado), de nueve años, hijo de una familia pobre. En sant Cugat no solo hay ricos: los ricos necesitan de la presencia activa de algunos pobres, que son quienes desbrozan sus jardines, limpian sus piscinas y barren las calles. La mayoría de los sirvientes no residen en Sant Cugat, si no que se desplazan hasta la bella población del Monasterio románico para desempeñar allí sus labores. Sin embargo, algunos tienen la osadía de vivir en la misma población. Ese era el caso de la familia de Daniel.

Daniel desentonaba en un aula de niños bien, cuyas actividades extraescolares eran el tenis, la hípica, el piano y la vela. Daniel se iba para su casa al salir del cole, a cuidar de su hermana pequeña. Daniel tiene serias dificultades para aprender y debe afrontar la vida con unos padres que pasan penurias. Su vida no es nada fácil. Cuando se hablaba de él y de su rendimiento académico bajo, a más de uno se le escapaba la lamentable admonición “¡Y que quieres! Con la familia que tiene no se puede esperar nada de él”. Es la famosa profecía autocumplida, el efecto Pigmalión. Entre los docentes es común hablar de este peligro, y la inmensa mayoría afirman que ellos no caerían jamás en el error. Pero el error estaba ahí. A Daniel se le exigía poco o nada, con que estuviese calladito y sin molestar, bastaba. Le vamos promocionando y listos. En aquella escuela, en donde los principios de la escuela inclusiva se tratan de forma sui generis, a Daniel le esperaba un futuro de bajas expectativas. Al fin y al cabo es pobre y su destino ya se sabe cuál es.

En esta misma población, hace unos días, la señora Susanna Pellicer, concejal del PDeCAT, expuso sus ideas sobre ricos y pobres. Cuando la escuché, me acordé de Daniel. Dijo lo siguiente: que quizás los pobres de Sant Cugat deberían pensar en irse a vivir a otras poblaciones más acordes con su nivel de renta en vez de pedir tantas ayudas al ayuntamiento. Pellicer es concejala de Servicios Sociales y, huelga decirlo, ferviente defensora de la independencia catalana y de la república de Puigdemont. Infiero que la concejal de Servicios Sociales ocupa ese cargo y no el de medio ambiente, por ejemplo, porqué el alcalde sabe que ella es quien muestra una mayor sensibilidad  hacia la cosa social. Dijo que los pobres quizás estarían mejor en Rubí o en Cerdanyola. Podía haber añadido Badia del Vallès a la lista de sugerencias, que también está justo al lado y, además, es la población con la menor renta per cápita de su país.

A uno le entran los sudores fríos cuando se pone pesimista y teme que logren implementar su república, porqué esas son las ideas sociales de los dirigentes políticos independentistas. Me pregunto a qué cosa deben referirse cuando hablan de democracia, o de ensanchar la base social republicana. La mayoría independentista, pensamos los ingenuos, se puede lograr convenciendo a más gente de la bondad de su propuesta secesionista. Pero la señora Pellicer está aquí para recordarnos que hay otro método, más eficaz, más simple y sobretodo mucho más barato: expulsar a los españolistas, que suelen ser pobres y con bajo nivel cultural. Y, además, irredentos castellanohablantes. Todo son molestias.

Lo de Pellicer es una metedura de pata. Una metedura de pata sin importancia, me dirán, no hay que echarle más leña al fuego y patatín y patatán, ya estás tú con tus manías de siempre, con tus prejuicios. Las declaraciones las hizo en la tv local y le salieron del alma, pensando, seguro, que solo la veían los suyos. Cuando digo que el procesismo es clasista me riñen, lo niegan, me acusan de practicar una demagogia facilona, de hacer trampas. En fin. Para cuando proclamen su independencia, si algún día lo hacen, estamos advertidos: los Monegros o el Matarraña sería buenas destinaciones. Deberéis iros a zonas más acordes con vuestra pobreza, nos dirán. Pero no os vayáis muy lejos, porqué cada día deberéis acudir al trabajo, a desbrozar nuestros jardines.