Desde que he vuelto al trabajo paso por delante todas las mañanas para seguir la progresión de las obras. Desde fuera impresiona ver unos contenedores de mercancías apilados con unos agujeros convertidos en ventanales. Por mucho que lo intento no consigo verlos como viviendas porque los únicos contenedores convertidos en casas que conozco son los que he visto en los campos de refugiados. Los primeros módulos de la calle Nou de Sant Francesc se han colocado en una zona del barrio que antes ocupaba una plazoleta con una fuente. El lugar tenía su encanto a pesar de estar hecho como todos los espacios improvisados del Gótico robados a la especulación. Las paredes estaban llenas de grafitis y los árboles plantados por el vecindario humanizaban el solar donde las madres tomaban el sol esperando a que los niños salieran de la escuela que hay justo enfrente.

El proyecto de Alojamientos de Proximidad Provisional (APROP) que se sacó de la chistera hAda Colau la legislatura anterior tenía el noble objetivo de rescatar de la desesperación a familias en situación de emergencia vital. Sin embargo, la idea inspirada en iniciativas similares de otras ciudades europeas, ha empezado con mal pie. Se preveían tres proyectos, pero solo una empresa es presentó a la licitación y después se retractó. Esto ha dejado al consistorio con el culo al aire hasta el punto de paralizar los otros dos hasta que no se aprueben los nuevos presupuestos. El proyecto, como todo lo nuevo que se plantea en esta ciudad, no ha estado exento de críticas desde el primer momento, bien porque se considera una animalada meter a familias en contenedores, bien porque el número de alojamientos previstos es totalmente insuficiente.

Entre las entidades que trabajan con colectivos golpeados por las desigualdades está muy claro que es preferible vivir en un contenedor que bajo un puente. Sin embargo, puestos a escoger todas coinciden que siempre es mejor vivir en un piso con paredes que no sean de hojalata y, si puede ser, por una larga temporada porque resurgir de las cenizas y reconstruirse como persona lleva su tiempo. Pero el caso es que los APROP han venido para suplir temporalmente una carencia brutal de vivienda pública y esto no ayuda mucho ni a enraizarse ni a superar una situación dramática de provisionalidad infinita. Los cinco años previstos pasarán volando para las 12 familias afortunadas y no creo que en ese tiempo se construya en la ciudad un parque de vivienda suficiente para dar respuesta a tantas urgencias sociales.

Llevaba yo unos días pensando que la mía era una crítica propia de la ignorancia –como me lo hizo notar un tuitero sabelotodo e insolente- hasta que he visto que no soy la única que cuestiona la iniciativa. Una de ellas es la comisionada para la infancia del Reino Unido. Anne Longfield ha advertido en un informe que los contenedores reconvertidos en viviendas “son extremadamente fríos en invierno y calurosos en verano”, y no es conveniente alojar en ellos a familias y menos si tienen criaturas. Más recientemente, la arquitecta María Sisternas matizaba las bondades de la iniciativa barcelonesa en el diario Ara y aseguraba que le hacen falta dos “requisitos imprescindibles” para cumplir su objetivo. El primero es corregir –ampliar- las medidas habitacionales. El segundo es simplificar los procesos de tramitación y construcción de vivienda social.

No hace falta ser muy espabilado para saber que todo proyecto arquitectónico –por innovador que sea desde el punto de vista constructivo- también ha de reconfortar emocionalmente y reforzar la integración social de las familias, porque no tratamos con animales, sino con personas golpeadas por el infortunio. Tan importante como el propio espacio vital es disfrutar de un entorno que nos de fuerzas para seguir respirando cada día. La pregunta es sencilla: ¿vivirías tú con tus hijos en un contenedor de mercancías?