Estos días ha tocado quemar contenedores para hacer terapia. Son dos años soportando a un gobierno de insensatos aquí y a un gobierno de insensatos allí, así que nadie se extrañe si acabamos todos chiflados. Solo hace falta poner un poco de atención para escuchar todo tipo de barbaridades. Gente que siempre has tenido por juiciosa está defendiendo la violencia indiscriminada de los cachorros independentistas. Algunos incluso presumen públicamente del activismo de su descendencia. Sufrimos, pero estamos orgullosos, afirman. Porque las hogueras, los destrozos de mobiliario urbano y el perjuicio a comercio y a vecinos son peccata minuta al lado de la violencia estructural del Estado español, recuerdan. Y aplauden los estragos mientras no los hagan en su portal y se escandalizan por la contundencia con la que la policía –catalana y española, porque todas son iguales- da tortas a diestro y siniestro.

De lo que se trata es de aprovechar la realidad local de violencia para trasladar la protesta a España, explican. Porque esto va de derechos humanos, añaden por si no estoy al día de la vergonzosa e irresponsable sentencia del Tribunal Supremo. Y cuando replico que también va de legitimidad y que la violencia indiscriminada desacredita cualquier reivindicación y alimenta la bestia centralista hasta el punto de aplaudir la represión policial y el recorte de derechos democráticos a los catalanes, me responden que parezco convergente. Y entonces veo claramente que la gente ha perdido definitivamente el oremus porque las acusaciones provienen de republicanos que ven muy normal gobernar con los herederos del pujolismo. Y cuando compruebo que están dispuestos a sacrificar a los hijos del vecino por una patria inexistente mientras Torra y Aragonès se esconden debajo de la cama, pienso que la estulticia humana es infinita.

Reconozco que este ambiente de confrontación alimentado por el silencio cómplice de políticos irresponsables me está pasando factura, y que tantos días de ruido de helicópteros y olor de plástico quemado han acabado con mi paciencia. Por eso, cuando el idiota de turno dice que tiene ganas de salir a la calle a quemar cosas de la rabia que siente, le respondo que queme lo que quiera en su barrio y, si puede ser, delante de su portal. Porque el miércoles pasado no pude llegar a casa hasta medianoche y el rastro de destrucción que vi me ha vacunado para siempre contra el fanatismo. No eran infiltrados los que quemaban los contenedores de la calle Valencia y los coches de Roger de Flor. Eran niñatos de buenos barrios que venían al mío a pasárselo bien. Porque eso de plantar cara a la policía mola hasta que un psicópata con uniforme te da un golpe de porra en la cabeza y te arrastra hasta el furgón. Y entonces te cagas encima, lloras y llamas a tu mamá que está viendo tu detención en directo por la televisión.

Me reconfortó ver a algún vecino valiente enfrentarse a los chavales bebidos y recriminarles que estaban destrozando la ciudad y el país, pero me duró poco el consuelo. Ver tu barrio lleno de barricadas humeantes, calles destrozadas y coches  calcinados impresiona. Días después todavía tenemos que dejar la basura en el suelo porque no hay ni contenedores ni papeleras. Tampoco hay semáforos ni señales de tráfico y las calles están llenas de agujeros porque se quemó el asfalto. El vecindario todavía está en estado de shock, pero siempre encuentras a algún cínico que relativiza la pelea y dice que tampoco hay para tanto porque la ciudad siempre da asco de lo sucia que está. Y entonces piensas que es una pena que los dioses nos hayan abandonado y ya no impartan justicia con sus rayos. Que llevemos dos millones de euros en destrozos y que los tengamos que sacar de otras partidas como la de servicios sociales es lo que menos importa a los patriotas de pacotilla porque lo único que quieren es que la violencia acabe con la política.