Después de dos campañas electorales consecutivas es normal imaginar un escenario apocalíptico de extinción. Sin embargo, a pesar de todo el mal infligido estos meses a nuestra inteligencia, todavía hay esperanza para la humanidad. Como decían en Jurassic Park, la vida siempre se abre camino. Y donde primero se ha confirmado la mutación de la especie para adaptarse al nuevo entorno hostil ha sido, precisamente, en la política. Vacía de principios e instalada en el espectáculo mediático y la barbaridad discursiva, ha dado pie a una nueva generación de políticos sin escrúpulos que pisa con fuerza. Son los chaqueteros, que en español mexicano tiene una connotación sexual que no explicaré porque no viene al caso.

En el caso de Barcelona, dos ejemplos de chaqueteros son Elisenda Alamany y Celestino Corbacho. Sus polémicos fichajes responden más al desvergonzado afán egoísta de garantizarse cuatro años más de sueldo a costa del erario público que a la defensa de un verdadero proyecto para la ciudad. Oportunistas políticos los hay a porrillo, pero si cito a estos dos es porque se da el caso que ninguno de ellos podrá votar las candidaturas donde figuran como número dos, cosa que me parece una estafa a su electorado. Por eso, cuando abordemos la regeneración democrática de este país en serio, no olvidemos establecer como requisitos de obligado cumplimiento para los políticos tanto las pruebas psicotécnicas como el empadronamiento.

Todavía disfrutando de la imaginaria conversación mantenida entre el ex ministro hospitalense y el azote francés de gitanos e inmigrantes pobres que dio pie al estrambótico fichaje del converso, me entero de que los republicanos barceloneses dejan la sede de mi barrio a la búsqueda de uno más tranquilo y con más pedigrí. Me sabe mal, a pesar de que entiendo la mudanza porque es difícil soportar las pintadas insidiosas de los cuperos bañados en cerveza del chaflán acusándolos de traidores y cobardes. Sé por experiencia que el acoso pasa factura física y mental, así que no seré yo quien critique el errático comportamiento republicano. Y eso incluye la propuesta del colomense Rufián de hacer un referéndum sobre la monarquía del país vecino.

Ser un chaquetero va acompañado de una censura moral por el componente de traición que implica, pero también hay casos en que esta traición es una bendición. Y si no que se lo pregunten al oráculo de Lledoners, que ya no sabía qué hacer con Toni Comín. Suerte que el gurú de la secta le ha sacado del atolladero, porque las fotos que colgaba el ex consejero de Salud en las redes sociales mostrando que la vida del exiliado no tiene porqué ser un calvario eran como puñetazos en el estómago republicano, poco habituado a los insípidos ágapes de la prisión. Es cierto que la decisión de Comín de irse con la melena de Puigdemont ha cabreado a sus antiguos compañeros de partido, muy activos a la hora de fichar adversarios, pero poco acostumbrados a encajar las opas hostiles de sus ex socios.

Al margen de los reproches, yo me quedo con dos revelaciones de Comín que explican el porqué de las cosas. La primera, más terrenal, es que él no es ningún hooligan y vive los partidos como “instrumentos”, y tiene razón cuando recuerda que siempre han sido los otros los que le han ido a buscar. Primero lo hizo Pasqual Maragall, después Oriol Junqueras y ahora míster Waterloo. ¿Qué culpa tiene el mozo de ser tan atractivo? La segunda es la explicación del vodevil procesista: van en listas separadas para frenar a socialistas y comunes. Está claro que siempre será más fácil negociar la independencia de Cataluña con el tridente Casado-Rivera-Abascal.