Entre 45.000 y 300.000 chacales, según las fuentes, se han manifestado por la unidad de España y ningún rayo de los dioses los ha fulminado. Dicen que el aquelarre de los salvadores de la patria no ha sido para tanto y supongo que es por eso que el ciudadano Valls no ha querido salir en la foto de familia. Por el poder todo vale, desde visitar a los gitanos de la Mina a dejarse caer por Ciudad Meridiana. Sin embargo, una cosa es hacer ver que no te importa mezclarte con los plebeyos un rato porque después ya te desinfectarás y otra es fotografiarte al lado del falangista de Vox antes del 26-M. El ciudadano Valls es muy listo. Sabe que en los barrios pobres de Barcelona también hay electores de Ciudadanos, porque la desigualdad genera monstruos y siempre encuentra culpables entre los más débiles, pero no hace falta tentar tanto a la suerte.

Decía el cínico Valls que manifestarse este domingo pasado en Madrid contra el traidor Sánchez era sinónimo de modernidad, y lo decía obviando las banderas franquistas de la jauría que ladraba proclamas fascistas en la plaza Colón. Aprovechaba el exprimer ministro socialista para atacar a la hAda Colau y restregarle por la cara que el verdadero progresista es él, porque nadie le gana como ejemplo de ciudadano del mundo. Es Manuel Valls catalán, español, francés y europeo a la vez, una extraña mezcla que puede acabar provocando esquizofrenia si uno no se toma la medicación adecuada. Si hace falta puedo recomendarle a mi psiquiatra. No le solucionará los trastornos de personalidad pero le ayudará a ordenar sus ideas.

Valls sí que se ha fotografiado con su viejo amigo Mario Vargas Llosa, con quien comparte amores ridículos a la bandera y a la patria, y con el vendedor de dentaduras postizas Albert Rivera. Mirando las fotos, no sé qué me resulta más inquietante: si la mirada psicópata de Abascal o la sonrisa de chacal estreñido del alcaldable naranja. Lo único claro es que la fiesta del orgullo español ha dado visibilidad a un partido que hace cuatro días era residual y que esta carrera electoral será indecente, llena de mentiras y manipulaciones que habrá que combatir con datos y mala leche. Dice Valls que cuando sea alcalde no pactará ni con la extrema derecha ni con los populistas pero nadie se lo cree. Yo lo quiero en la papelera de la historia aunque las encuestas de ERC me dejen helada.

Y mientras Valls busca una mujer de Nou Barris de número dos para disimular que es el candidato del upper Diagonal, los comunes ya han puesto el turbo. La candidatura de Colau es una lista de continuidad donde destacan más las ausencias de antiguos ecosocialistas que los fichajes novedosos. Puestos a pedir, la alcaldesa quiere repetir mandato, ampliar el número de regidores y gobernar con los republicanos como mal menor si no hay más remedio. Por eso se ha rodeado de su núcleo de incondicionales, algunos de ellos ya muy quemados, mientras que la segunda parte de la candidatura común está llena de jóvenes consejeros de distrito y activistas cándidos. Veremos cómo acaba el festival, porque puede ser que Tete Maragall sea el alcalde y pacte con el holograma de Forn.

Este también será un escenario lleno de incógnitas para el alcaldable del PSC. Collboni, que estos días hacía precampaña en Nou Barris confundiendo en las redes la asociación de vecinos de Porta con la de Prosperitat, quiere hacerse un hueco entre el morro de Valls y el flower-power de Colau. Sin embargo, utiliza un mensaje que vive de las viejas glorias olímpicas y un discurso equidistante difícil de creer por su apoyo al 155 y por una legislatura llena de votaciones coincidentes con populares y ciudadanos. No sabemos nada de su lista más que el indisciplinado Daniel Mòdol no repetirá como tampoco lo tiene claro Carmen Andrés. Tampoco sabemos si pactará con Valls como quisiera Mòdol, porque no ha dicho que no lo hará.

Que el aullido de los chacales no nos haga perder el oremus.