Uno de los éxitos televisivos más importantes de los últimos años ha sido, sin duda, la serie House. Su protagonista, Gregory House, es un médico que rompe con el estereotipo altruista asociado a su profesión: de rasgos psicopáticos, no experimenta el más mínimo grado de empatía hacia los enfermos. Cínico y chulesco, House se dedica, capítulo a capítulo, a atormentar tanto a sus pacientes como a sus propios ayudantes. Hasta que un día humilla a un enfermo que resulta ser un policía. Desde ese momento, el ofendido utilizará su poder como agente de la Ley para hundirle la vida. “Lo malo de los abusones” -le llega a decir- “es que no conciben que pueda existir alguien tan (o más) abusón que ellos, la horma de su zapato”.

Algo similar le ocurrió el pasado 27 de mayo a Pablo Iglesias. Ese día, se produjo en el Congreso de los Diputados el choque político (y personal) más fascinante, en mi opinión, de los últimos tiempos. Dos egos inconmensurables se enfrentaban en el hemiciclo: por un lado, Cayetana Álvarez de Toledo (poli malo y portavoz parlamentaria del PP); y por otro, el vicepresidente segundo del Gobierno y líder de Podemos, Pablo Iglesias.

Confieso que he visto el video de la sesión una y otra vez, cautivado por la inteligencia y la habilidad dialéctica de Cayetana, puesta al servicio del despellejamiento inmisericorde de un adversario. En su discurso todo, absolutamente todo, estaba pensado para hacer el mayor daño posible: el texto -cuidadosamente redactado-, las citas -demoledoras- y la inflexión de la voz, que suavizaba o enfatizaba allí donde era necesario, para que el golpe asestado fuera más fuerte.

Pablo Iglesias, que no es precisamente un dechado de modestia y humildad, se había estado refiriendo a ella con el tratamiento despectivo de marquesa y la aludida replicó de forma devastadora: “Usted es el hijo de un terrorista”, le escupió a la cara, en referencia a la militancia de su padre en el FRAP. “A esa aristocracia pertenece usted: a la del crimen político”. Poco importaba que un año antes, en 2019, un juzgado de Zamora hubiese fallado a favor de Francisco Javier Iglesias Peláez y en contra de Hermann Tersch, periodista y hoy eurodiputado de Vox, quien también había tratado de vincular a aquél con el asesinato de un policía. Pero tanto daba: el caso era infligir daño. En la réplica, el vicepresidente segundo subió a la tribuna visiblemente tocado. “Acaba de cometer un delito aquí, en esta tribuna”, acertó a decir. Pablo Iglesias, como el doctor House, había encontrado la horma de su zapato.

No fue el único rapapolvo que recibió aquel día. Cayetana también acertó de pleno a la hora de diagnosticar las amistades peligrosas que Pablo Iglesias ha mantenido siempre con los nacionalismos identitarios vasco y catalán. “La hemeroteca es su cruz”, bramó desde la tribuna. Y se empleó a fondo en ello. Sólo un ejemplo, aunque suficientemente ilustrativo: “Si me preguntaran en el Parlamento Europeo por ETA, diría que ha causado mucho dolor, pero que tiene una explicación política” (la cursiva es mía).

Esta y otras citas -demoledoras- dibujan el lado más sórdido de la formación morada: su extraña simpatía, indulgencia o apoyo moral (pongan ustedes aquí el sustantivo que prefieran) a formaciones que igual se niegan a condenar explícitamente la violencia terrorista que organizan un referéndum -bajo el pretexto de la “democracia”- para imponer el diktat de la mitad nacionalista de Cataluña sobre la mitad que no comulga con sus ideas. Que un partido de la izquierda haya degenerado en apologeta de un movimiento victimista promovido -paradójicamente- por sectores sociales no precarios precisamente y surgido en territorios económicamente prósperos; y que además suele exhalar un cierto aroma a supremacismo, no sólo es una de las grandes paradojas de nuestro tiempo; es la prueba palmaria de la profunda miseria moral e indigencia política a que ha llegado Podemos. Una enfermedad algunos de cuyos síntomas ya pueden verse en buena parte de la izquierda española: El “blanqueo” de Bildu -un partido que tal vez sea legal pero que en todo caso es profundamente inmoral- mediante el simulacro de pacto para abolir la Reforma Laboral de 2012, es un buen ejemplo.

Que tenga que ser la mayor harpía de la derecha la que lo diga en voz alta y no la propia izquierda, en un ejercicio imprescindible de autocrítica, no es otra cosa que la humillación final.