A la convulsa política catalana -en crisis permanente desde que, en 2012, el “príncipe heredero” Oriol Pujol fue pillado en el caso de corrupción de las ITV- ya solo le faltaba esto: la aparición de un líder populista, narcisista, que fomenta el culto a la personalidad y que le da igual blanco que negro, pero que exige sumisión ciega a su caprichosa voluntad.

Carles Puigdemont, como todos los políticos populistas, es un mentiroso compulsivo, que distorsiona y manipula sistemáticamente la realidad para hacerla encajar con sus deseos. Esto no es solo éticamente reprobable, es socialmente explosivo, puesto que ha creado una masa acrítica de fanáticos seguidores dispuestos a comulgar con ruedas de molino... y a lo que haga falta.

La noche del 26 de octubre del 2017, Carles Puigdemont dijo a sus colaboradores y a los otros líderes procesistas que convocaría elecciones anticipadas para dar una salida a la grave crisis política que vivía Cataluña. Les engañó.

Una vez aprobada la falsa DUI en el Parlamento, dio instrucciones a sus consejeros para que el lunes 30 de octubre todo el mundo fuera a sus despachos oficiales. Sin avisar a nadie, el domingo 29 se escapó, camuflado, a Bélgica.

También dijo que, si ganaba las elecciones del 21 de diciembre del 2017, volvería a Cataluña. Otra bola.

Ahora presume de su nueva condición de eurodiputado y lo vende como la confirmación del acierto de su decisión de huir al extranjero, traicionando la palabra dada a sus compañeros del gobierno. Miente. Él es eurodiputado, pero de rebote, porque el magistrado Manuel Marchena, presidente de la sala del Tribunal Supremo que juzgó el caso del 1-O, planteó una consulta prejudicial al Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) referida a Oriol Junqueras. Ni Carles Puigdemont ni sus abogados han tenido nada que ver con esta resolución del tribunal de Luxemburgo, aunque se haya beneficiado indirectamente y tenga la jeta de atribuirse esta victoria contra el “pérfido” Estado español.

No solo es un mentiroso y un traidor. Con su decisión de refugiarse en Bélgica, Carles Puigdemont ha perjudicado, objetivamente, a los nueve presos independentistas que ya hace más de dos años que están privados de libertad. La sospecha que intentaran hacer como él y marchar al extranjero para escapar del radio de acción de la justicia española ha condicionado, en todo momento, la decisión de la Fiscalía y del Tribunal Supremo de mantenerlos cerrados.

Viviendo como un reyezuelo en la mansión del barrio del golf de Waterloo –su chalé de Sant Julià de Ramis también está junto al golf de Girona-, Carles Puigdemont demuestra una crueldad inhumana con la desdicha de sus compañeros de la aventura procesista. Su ego desmesurado le impide reconocer todo el mal que ha infligido y que inflige.

Y todavía tiene la osadía de decir, en público, que su “único error” ha sido no haber proclamado la independencia de Cataluña el 10 de octubre del 2017. ¿Es consciente que esto habría provocado, muy probablemente, graves episodios de violencia en las calles? No solo por la inevitable reacción de las fuerzas de seguridad del Estado para parar esta flagrante violación de la Constitución. También por la fuerte división que había en el cuerpo de los Mossos d'Esquadra, que podrían haber hecho uso de sus armas reglamentarias en la pelea interna entre ‘indepes’ y ‘constitucionalistas’. Y no digamos ya la respuesta que se habría producido de la “mayoría silenciosa” que no está de acuerdo con la secesión unilateral de Cataluña y que, sin duda, se habría movilizado para hacerle frente con todas las consecuencias.

Si el 10 de octubre del 2017 se hubiera intentado implantar la República catalana, hoy no estaríamos hablando del delito de sedición que ha imputado el Tribunal Supremo a los líderes independentistas, con penas que ya les permiten empezar a salir a la calle, como es el caso de Jordi Cuixart y Jordi Sànchez, y con un régimen penitenciario muy suave. Habría sido una rebelión en toda regla, muy probablemente con víctimas mortales y Carles Puigdemont estaría hoy en la cárcel con una condena muy larga.

La supuesta internacionalización del conflicto catalán, que es la otra excusa que da Carles Puigdemont para justificar su estancia en Waterloo, es otra mentira como una catedral. Desde fuera, ven el intento de Cataluña de separarse de España como la reacción de una región rica contra la solidaridad fiscal con las zonas más desfavorecidas de España. No le demos más vueltas: esto es así y el concepto “España nos roba” es, para las cancillerías europeas, la matriz del actual envite independentista.

Y si rascan algo más, se topan con los graves casos de corrupción que han afectado al partido de centroderecha, hegemónico en el poder de Cataluña durante 30 años, y del cual Carles Puigdemont es militante desde hace años y un genuino exponente. La activación del movimiento independentista está directamente relacionada con una asquerosa estrategia para eludir el desgaste de la corrupción de Convergència y mantenerse en el poder al precio que sea. Aunque esto comporte la destrucción de la cohesión y la convivencia de la sociedad catalana.

Rascando todavía algo más, los observadores internacionales se encuentran con la monstruosa manipulación de los medios de comunicación catalanes, dopados desde el poder político con subvenciones y publicidad para convertirlos en correa de transmisión de sus intereses. Si se fijan en los medios públicos dependientes de la Generalitat, comprueban que han dejado de lado su obligada neutralidad y pluralismo para convertirse en instrumentos de “agit-prop” al servicio del procesismo. Esto explica que una parte de la sociedad catalana esté abducida por el nacionalismo identitario, que está en las antípodas de los principios fundacionales de la Unión Europea.

En Cataluña y en Madrid estamos inmersos en la burbuja mediática artificial que se ha creado y que nos hace prisioneros de una dinámica tóxica. Pero desde fuera lo tienen muy claro. Los Verdes del Parlamento europeo rechazan la incorporación de Carles Puigdemont y de Toni Comín a su grupo parlamentario, puesto que los dos diputados independentistas siempre se han apoyado en el N-VA flamenco, un partido identitario que flirtea con posiciones xenófobas. Hay que recordar que en el actual Parlamento europeo, el N-VA comparte grupo con Vox.

Dicen que Carles Puigdemont, amparado por la inmunidad de la cual disfruta como eurodiputado, quiere protagonizar próximamente un gran acto de masas en Perpiñán. Asistiremos al intento de consagrar un liderazgo basado en el populismo, el mesianismo y la autocracia. Y esto es nefasto para la política y la sociedad catalana.

El panorama es patético: un reyezuelo, mentiroso y traidor, que intenta dictar su voluntad sobre Cataluña desde su mansión de Waterloo y que impone que su mujer, Marcela Topor, tenga un programa de televisión en inglés pagado por la Diputación de Barcelona con 6.000 euros/mes. Ni Jordi Pujol, el mentor de Carles Puigdemont, se habría atrevido, por vergüenza, a ser tan caradura.