Este 2018 tenía que irse con un regusto agridulce, pero al final he cambiado de año con una sonrisa. Me conformo con poco, pero es que la alegría dura poco en casa del pobre y hay que aprovechar. La multa de 25,7 millones de euros del Tribunal de Cuentas a la banda capitaneada por la relaxingcupofcaféconleche por haber malvendido a un fondo buitre 1.860 pisos protegidos me ha alegrado esta Navidad sin nieve y con presos políticos presos. Ya sé que esto es pecata minuta comparado con la fortuna que el tándem de patriotas Ansar-Botella acumula en paraísos fiscales presuntamente, pero me da igual. También podría haber pasado que el tribunal hubiera dicho que todo estaba bien, como hizo la Audiencia de Madrid en su día.

La sentencia, avanzada por la Cadena Ser, dice que la alcaldesa incurrió en una negligencia grave “por perjuicio en el patrimonio público” porque vendió 5.315 inmuebles municipales a Blackstone por debajo del precio de mercado. De estos, 18 bloques de pisos destinados a familias vulnerables pasaron de manos públicas a privadas en un pin-pan con el consecuente perjuicio para los inquilinos, muchos de los cuales no pudieron pagar el incremento del 40% del alquiler. Con la venta, el consistorio madrileño perdió 23 millones de euros y para hacerlo posible se saltó todos los procedimientos de control comenzando por la inexistencia de una tasación y acabando porque el fondo inversor se benefició de información privilegiada.

Creo que la sentencia se queda corta si se compara con todo el daño infligido a las familias afectadas y solo se limita a valorar el perjuicio económico de la operación inmobiliaria ilegal. No es atribución del Tribunal de Cuentas juzgar su falta de ética y su afán de lucro a expensas de la cosa pública, pero nos entretienen con la zanahoria para pasar de largo sobre la cuestión de fondo: que este sistema de castas huele a podredumbre que espanta. En el caso de la familia de católicos fervientes de peineta y mantilla, que con una mano dan caridad y con la otra especulan con la vivienda protegida, solo puedo desearles un martirio lento y doloroso en el infierno.

Son conocidas las conexiones de los Ansar-Botella con el mayor fondo de inversión de capital riesgo del mundo de origen norteamericano. Su hijo mayor trabajaba como consejero en una empresa directamente relacionada con Blackstone. Lo denunciaron dos años después de producirse la polémica venta dos asociaciones ciudadanas en una extensa investigación que hicieron llegar a la Unidad de Drogas y Crimen Organizado de la Policía Nacional. El dosier no solo ataba cabos, sino que también denunciaba que miembros de las sociedades instrumentales de Blackstone crearon un entramado de empresas que se benefició durante años de las adjudicaciones de promociones de vivienda joven de la Comunidad de Madrid mientras Esperanza Aguirre era la presidenta.

La sombra de Blackstone es alargada y poderosa también en Cataluña. A través de una tupida red de sociedades pantalla que fisgonean en el mercado inmobiliario, lo rapiña todo. El 2015 fue un buen año para los negocios. A pesar de que no conocemos ni la mitad, sí que se sabe que compró tirado de precio un paquete de 4.500 pisos de alquiler del Banc Sabadell y 40.000 hipotecas problemáticas de Catalunya Bank. Todo con descuentos de entre el 40 y el 70% y con el visto bueno del gobierno popular. En estas operaciones todos ganaban: la banca, rescatada con dinero público, se sacaba de encima la cartera tóxica y el fondo buitre subía los precios de las viviendas.

Poco después de escribir sobre sus opacas operaciones inmobiliarias en Cataluña empecé a recibir llamadas al móvil de origen desconocido. Una de las veces respondí y resultó ser la responsable del gabinete de comunicación de una de las filiales del fondo. Se quejó de la información porque relacionaba Blackstone con el alud de desahucios que se estaba produciendo en Barcelona y que continúa de forma implacable cuatro años después. Fue una conversación educada y tensa que me demostró que el ciudadano es el único cornudo y apaleado. Feliz 2019 de resistencia.