Pesada carga la del “flamante” consejero de Acción Exterior. Pongo el adjetivo entre comillas porque así ha bautizado a Alfred Bosch la prensa procesista. Y como no he acabado de ver claro el calificativo poco periodístico, he buscado el significado en el Optimot y he encontrado “novísimo, acabado de estrenar”. No dice nada ni de interinaje, ni de intercambio de cromos, ni de premio de consolación por haberse tenido que tragar la humillación de ser sustituido por el dedo de Lledoners cuando las bases ya le habían votado a la búlgara para repetir como alcaldable. Porque no hay partido más estalinista que ERC y alguien lo tenía que decir. El consejero ha recibido el encargo presidencial de actuar como ministro de Exteriores compitiendo con Pepe Borrell y no sé si el reto será asumible.

Dice Bosch que ahora le corresponde “tener el mundo en la cabeza” y yo no puedo evitar preguntarme cómo lo hará porque como regidor de Barcelona ha demostrado no tenerlo muy bien amueblado. Los republicanos han vendido como principal mérito del sustituto de Tete Maragall que habla siete idiomas y yo, que hablo cinco y no soy nadie, pienso que el verdadero mérito no es hablar muchas lenguas sino que lo que digas, se entienda. Y al regidor Bosch se le ha entendido poco y mal estos tres años y pico. Gemma Sendra ocupará la vacante y Montserrat Benedí hará de portavoz municipal hasta las elecciones. No se me ocurre nadie más adecuado para el cargo que una persona que se ha pasado media vida vendiendo zapatos porque la mejor forma de conocer a alguien es saber de qué pié cojea.

El viernes pasado Bosch se despidió de Barcelona aprovechando el pleno de noviembre. El suyo fue un discurso lleno de referencias intelectuales porque, al fin y al cabo, él es un intelectual del régimen. Hasta su irrupción en el mundo de la política, ha sido escritor –yo me he leído casi todos sus libros-, ensayista, experto africanista y profesor universitario. Como todo intelectual orgánico, no ha hecho distinciones entre la militancia y el saber, y por eso mismo ha sido premiado y ahora asume la gran responsabilidad de explicar Cataluña al resto de la galaxia. Un día antes era investido por Quim Torra y tomaba posesión del cargo con la mano vendada por culpa de un mal gesto jugando al tenis de mesa. Le hará falta, pues, utilizar más la mano izquierda a partir de ahora.

Bosch pensaba que su despedida del cap i casal de Cataluña sería inolvidable y así ha sido. Nunca antes se había vivido una situación tan desconcertante a la hora de decir adiós a un regidor que se va a hacer las américas. Su gloria duró un minuto porque fue acabar su retórico discurso y salir el regidor no adscrito Juanjo Puigcorbé en tromba a cagarse en él y en su jefe de gabinete por haber orquestado una campaña de desprestigio amparando una situación de presuntos maltratos a trabajadores de la Diputación de Barcelona que el actor catalán niega. En la sala de plenos se oyeron acusaciones muy feas a Bosch, empezando por la de haberle clavado “un cuchillo en la espalda” y haber presionado a los firmantes de un manifiesto de apoyo al alter ego del Borbón emérito para que se hiciesen atrás. El regidor Puigcorbé, que recordó que dejó casa y trabajo por acompañarlo en 2015, calificó la traición como una “de las acciones más vergonzosas y sin precedentes en la historia de las dos instituciones” y le exigió una reparación moral.

El silencio después de la airada intervención de Puigcorbé se podía cortar con un cuchillo. De hecho, nadie se recuperó del todo de la inesperada sacudida y mientras un Alfred Bosch con cara de paisaje miraba a un punto del infinito haciendo ver que las críticas se la traían floja, el resto de portavoces le dispensaba discursos de despedida hasta nunca o de buenos deseos en función de su adscripción al bloque independentista o dependentista. Afirman que antes de la despedida oficial Bosch había hablado con la hAda Colau y se había ofrecido para seguir echando una mano a la ciudad, ahora desde el otro lado de Sant Jaume. Francamente, si ha de hacer lo mismo que con la conexión del tranvía por la Diagonal o con los túneles de Glorias, mejor que no haga nada.

Puedo imaginar qué debería pensar la alcaldesa de la oferta de un Judas que le ha hecho la vida imposible y la ha dejado con el culo a la aire en todas las votaciones que ha podido para vengarse del pacto de gobierno interruptus con los socialistas. Sin embargo, yo me tomaré por una vez en serio las palabras del consejero Bosch y, ya que se ha mostrado dispuesto a hacer pedagogía sobre Barcelona en el Consejo de desGobierno, le pediría que convenza a Damià Calvet para que dé luz verde de una puñetera vez a la medida del 30% que obliga a las nuevas promociones inmobiliarias y las grandes rehabilitaciones a destinar este porcentaje a vivienda social. Y me es igual la lengua que utilice para hacerlo mientras sea inteligible.