El Procés dura ya ocho años. Ocho años que parecen una eternidad. De hecho, ya no recuerdo cómo empezó todo ni cómo era la vida antes de él. Y contra los agoreros que predican su muerte, contemplo cómo, pese a la Pandemia y a sus divisiones cainitas, consolida (e incluso mejora) su buena salud electoral, año tras año. ¿Que todo acabó en desastre? Da igual. ¿Que engañaron, que la independencia no estaba “a tocar”? No pasa nada. ¿Que dividieron un país, provocando prácticamente una “guerra civil fría”? Me importa un bledo. ¿Que ocultaron con la maniobra procesista sus recortes, su mala gestión, su corrupción rampante? ¿Y a mí qué?

El Procés, en un ejercicio de Ave Fénix, estira indefinidamente su vida útil, como un chicle, generando siempre nuevos eslóganes, nuevos agravios, nuevas metástasis. Sospecho que, aunque llegue a morir, el “Procés” será eterno: los padres contarán a sus hijos, que lo contarán a los nietos, que un día desafiaron al Estado yendo a votar. Y que por ello fueron apaleados por forasteros armados con porras. El 1 de octubre de 2017 es ya una fecha que el independentismo ha incorporado a su santoral al mismo nivel y dignidad que el 11 de septiembre de 1714. Por un lado, el 11 de septiembre y Felipe V; por otro, el 1 de octubre y Felipe VI. Y de fondo, el mismo enemigo exterior y la misma víctima propiciatoria: el pueblo catalán. La tentación de la continuidad, de la simetría, es demasiado fuerte.

Pero en todo este relato canónico hay algo que no cuadra: quien conmemora el 1 de octubre es solamente la mitad de Catalunya. La mitad que ha sido sujeto histórico durante estos últimos ocho años. La que se ha arrogado la voz, el derecho, la hegemonía. Cataluña país-sinécdoque, donde una parte representa al todo. ¿Y la otra mitad, por qué calla?

Hay muchos factores, supongo, pero yo aventuro uno al que podríamos llamar complejo de pobre: el apocamiento del inmigrante procedente del resto de España al que se le ha inoculado, siquiera inconscientemente, el sentimiento de que su presencia en Cataluña -al fin y al cabo un pedazo de su propio país, de su propia tierra- es a modo de invitado. Una mentalidad que también se puede heredar, haciéndose presente en las segundas generaciones. A menos, claro está, que el sujeto se rinda al relato que imponen aquellos que, como Ernest Maragall proclamó en la sesión de apertura del actual Parlament, consideran que “este país (Catalunya) será siempre nuestro”. En tal caso, se le permite convertirse en miembro pleno de la comunidad. Sea como fuere, el extraño silencio de esta mitad de Catalunya  me recuerda a aquellas palabras de Albert Camus en su obra “El Hombre Rebelde”: “callar es dejar creer que no se juzga nada, y, en ciertos casos, no desear efectivamente nada. La desesperación, lo mismo que el absurdo, lo juzga y lo desea todo, en general, y nada, en particular. El silencio la traduce bien”.

Sin embargo, todo tiene un límite. Y hasta esa mitad muda, sometida al formidable chantaje del relato nacionalista (“si no eres como yo, no eres catalán; si no eres como yo, eres un fascista”), puede llegar al hartazgo. Y así, el 8 de octubre de 2017,  cinco días después de la enésima manifestación de la Catalunya visible -esta vez contra la actuación policial del día 1-, sale masivamente a las calles para denunciar un referéndum que siente como ajeno, tramposo e ilegítimo, aparte de ilegal. Y como era de esperar, los popes del independentismo se lanzan a morder la presa: Gabriel Rufián, en Twitter, niega la catalanidad de los asistentes (“hoy hemos aprendido que la famosa mayoría silenciosa ni es mayoría, ni es silenciosa ni es catalana”). Y en la misma red social, Lluís Llach va aún más lejos y, prefigurando a Torra, les relega (nos relega) a la condición animal: “mañana dejemos las calles de Barcelona vacías. Que los buitres no encuentren comida”.

Esa mitad ausente, medrosa o desentendida de Cataluña salió del armario identitario aquel 8 de octubre de 2017. Lo hizo in extremis, después de soportar  tantas afrentas en silencio, y cuando la situación había llegado a tal límite, que no hacer nada hubiera comprometido su propio ser. Pero lo hizo: habló. Y, siguiendo a Camus, “a partir del momento en que habla, aun diciendo no, desea y juzga. El hombre en rebeldía, en el sentido etimológico, se vuelve. Caminaba bajo el azote del amo. Ahora planta cara”.

8 de octubre: conmemorémoslo nosotros también.