Patólogo. Catedrático del departamento de Sanidad y Anatomía Animal. Enseña en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). Es autor de Las naciones, entes o entelequias. Miembro de Federalistes d’Esquerres.


Ciudadanía y nación ¿Algo del pasado o de rabiosa actualidad, a la vista del procés, por ejemplo?

En un Estado-nación convencional, dominante en todo el Mundo, se llamen repúblicas o monarquías, el sujeto de soberanía, en principio, es siempre la “Nación”. Sin embargo, en un Estado republicano ideal, el sujeto de soberanía debe ser la ciudadanía. Ilustra esto la Constitución española vigente. En su artículo 1.2 dice que la soberanía nacional reside en el pueblo español, del cual emanan los poderes del Estado. Esto, que parece ingenuo, en realidad establece una disociación entre los conceptos “pueblo”, en cuanto a ciudadanía (la población) que es, digamos, el sujeto de la política, de derecho, y “nación”. Pero otorga un rango preeminente, al concepto “nación”, puesto que la soberanía la atribuye y la asocia a la nación. Solo subsidiariamente la detenta la ciudadanía.

Civismo y nacionalismo ¿Aceite y agua?

Hay que distinguir entre civilidad, cívico, ciudadanía, civismo, y nacionalidad, nacional, nación o nacionalismo, que no pueden ser nunca equiparables. El civismo no es equiparable al nacionalismo. Son conceptos de diferente orden conceptual. En un Estado democrático y moderno, (en el cual el sujeto de derecho siempre sería la ciudadanía) el vínculo común de la ciudadanía nunca puede ser ni preexistente, ni trascendente a la propia ciudadanía que se constituye en Estado de derecho. Una ciudadanía constituyente no puede estar previamente constituida. Un fundamento de soberanía previo al momento constituyente no tiene sentido. Y no puede ser trascendente porque la soberanía reside en el propio individuo, en las personas. No puede haber un fundamento de soberanía que, de alguna manera, sea de índole superior al de las otras personas que constituyen la sociedad. 

Estamos hablando de soberanía, algo también muy a la mode. ¿Dónde reside o debería residir la soberanía, si es que existe?

Todo ordenamiento jurídico-político, que pretenda instaurar un contrato social entre el individuo y el Estado, no puede basarse en argumentos antecedentes a la ciudadanía del presente histórico, en fundamentos trascendentes o entelequias. Los atributos que debería tener siempre el sujeto de soberanía, desde un punto de vista conceptual, son la civilidad y la ciudadanía. La civilidad, que es la dignidad natural del ser humano, inherente a toda persona por el mero hecho de serlo; un exponente de la propia condición humana. No es otorgado, sino ínsito a las personas. Es un “prius”, porque es anterior al Estado de derecho. La ciudadanía, que de ahí se deriva, no es más que el estatus jurídico-político que garantiza la civilidad. Cosa que sí es otorgada por un Estado de derecho.

¿Son pues las naciones construcciones sociales, artefactos destinados a desaparecer, cuando vayamos superando esta etapa de la historia?

Cuando se alude a ciudadanía, se entiende que el sujeto de Derecho de ciudadanía siempre es individual. Es inherente a ciudadanía la concepción de lo individual. Sin embargo, la nación, en cuanto posible sujeto de derecho, nunca es individual. La nación siempre es colectiva, comunitaria, lo cual genera un sesgo de indefinición e incertidumbre. Que es un individuo, una persona, tiene casi una respuesta tautológica. Una persona es una persona, un ente único, intransferible, insustituible. Fácilmente objetivable, verificable, política y administrativamente. La nación es un concepto elusivo y polémico. No hay consenso entre historiadores, sociólogos, políticos, juristas…, sobre lo que es una nación. Los historiadores, que son quienes más han hablado de la nación, coinciden en que las naciones son entelequias. Epistemológicamente, no son viables. Lo son los Estados. La nación no es definible de una manera racional, sino emotiva, cultural, inter-subjetiva. La nación, como concepto, en el actual momento de mundialización irreversible, es anacrónica. Por tanto, más nacionalismo va contra la Historia. Es un concepto retrógrado.

No faltan, sino todo lo contrario, los que entienden la nación como una comunidad inmemorial, que hunde sus raíces en una larga historia de vínculos y cultura…

A pesar del esfuerzo obsesivo de los relatos nacionales en retrotraerse a períodos de esplendor, epopeyas, épicas gloriosas, todas las naciones, y el propio concepto de nación, no van más allá del siglo XIX. Fueron producto de las revoluciones liberales. Ninguna nación es secular. Son entelequias, entes imaginarios utópicos colectivos, ficciones comunitarias. Racionalmente nadie es capaz de definir una nación, ni siquiera una específica. Es el propio Estado el protagonista más importante en la creación de estos imaginarios colectivos. El Estado decimonónico liberal necesitaba prestigiarse para legitimarse. A raíz de esto, los movimientos nacionalistas ideologizados actuales, que todos conocemos, no derivan de la existencia de las naciones, sino todo lo contrario. Son los discursos nacionales, que generan los movimientos nacionalistas (que siempre son de poder), los que contribuyen a crear el concepto de nación. Son entelequias, que son reales en cuanto que hay personas que creen en ellas, pero, en realidad, son ficticias, constructos. 

¿Cómo puede ser que, en pleno siglo XXI, tengan tanta vigencia los movimientos y las vindicaciones nacionales?

Porque son definibles como discursos político-ideológicos, posmodernos, performativos. La mera evocación del concepto legitimador crea la nación, sin que necesariamente haya algo que la sustente. Así, la nación, deviene de facto, en sujeto político de Derecho, porque se ejerce acción política en su nombre. No porque tenga existencia real. Es como la divinidad. Y esto ocurre porque existe gente, un colectivo de ciudadanía, que se identifica con su ideario. Así, hay una nación sociológica, partidos que vindican un ideario nacionalista y gobiernos legítimos (por ejemplo, el catalán) que gobiernan en nombre de la nación. Por tanto, existe una nación institucional. La paradoja estriba en que tenemos un discurso que es real y, sin embargo, desde el punto de vista científico, historiográfico, racional, no lo podemos definir. 

Resulta, en fin, difícil luchar contra un fantasma que, como el conde Drácula, no es objetivable, pero existe…

Una nación siempre se basa en la premisa identitaria. Pertenece a una nación el colectivo de personas que se identifica con su simbología, su ideario, su relato histórico... Una vez creada la comunidad de ideas, intereses, vindicación…, generan un sentimiento de pertenencia. Algo subjetivo, una experiencia personal, una prerrogativa individual. No generalizable. Si el sentimiento de pertenencia es resultado de una prerrogativa individual, no es susceptible de represión a quien lo desea, pero tampoco de imposición a quien no lo desea. No puede, en consecuencia, tener carácter jurídico político algo que es electivo e individual.

¿De qué forma salir entonces de este bucle, que Jon Juaristi denominó “melancólico”?

La nación no posee historicidad. La ONU contesto a Cataluña que sus interlocutores son los Estados, no las naciones. Esto es lo racional e inteligible del hecho nacional. Pero la nación es real, en tanto que es vindicada por un discurso nacional, soportada por la ciudadanía. Si la pertenencia a una comunidad nacional es una prerrogativa individual, volitiva, subjetiva, voluntaria..., el constructo “nación” es de carácter privado. Lo mismo que la ideología, la adscripción religiosa, la sexualidad, las preferencias culturales… La Comunidad nacional está subsumida en la ciudadanía y es de rango inferior, como cualquier comunidad inter-subjetiva. Nación, en fin, no equivale en absoluto a ciudadanía, independientemente del grado de refrendo. Son ordenes conceptuales totalmente diferentes. Además, lo refrendatario es coyuntural, contingente… Varía y puede ser reversible. Un Estado moderno, abierto, mundializado… tiene que ser siempre post-nacional. El mínimo común denominador común de soberanía política en un Estado moderno solo puede ser la ciudadanía, no la nación. Para salir de aquí, hay que recuperar el espíritu ilustrado, revolucionario, del siglo XVIII. El Estado no puede tener ideología propia, adscripción religiosa, ni tampoco nacional, entre otras cosas porque los Estados son entes jurídico-políticos y administrativos, que acogen diferentes naciones. Hay que desnacionalizar el Estado.