Periodista. Profesor en la Universidad Autónoma de Barcelona. Fue redactor fundador de El Periódico de Cataluña y ha dirigido varias revistas. También promovió una televisión de barrios. Su último libro es La ética y los periodistas que hacen publicidad.


¿Qué es esto de los periodistas que hacen publicidad?

Los que vemos televisión, conocemos a un tipo que se nos ha hecho familiar, que se llama Matías Prats. Al mediodía presenta el informativo y media hora antes y media hora después hace publicidad de la empresa de seguros Línea Directa. Con él están Pedro Piqueras, Olga Viza…, un montón de gente, que aparece en el libro. Están haciendo publicidad periodistas de élite, periodistas que dirigen medios, programas, y que son referencia para el público. Son los periodistas más conocidos y, sin embargo, están trasgrediendo el código ético y la gente no lo sabe. Hay 400 códigos éticos en el mundo, pero todos tienen una base común: la defensa de los derechos humanos y, sobre todo, que el periodista no puede estar involucrado en intereses económicos. Un periodista no puede hacer información y, al mismo tiempo, publicidad.

¿Esto que aparece ahora de manera descarnada, a la vista de todos, no viene de antiguo?

Periodistas vendidos ha habido y habrá siempre, porque, como decía Graham Green, eso es inherente al factor humano. Es evidente que por ejemplo los bancos, tienen una gran capacidad para seducir a ciertos periodistas. Se invitaba a los periodistas de economía a un congreso en las Seychelles, que duraba dos días, con 13 días complementarios de asueto. También era frecuente que en las presentaciones de memorias se incluía para los periodistas un sobre con 10.000 pesetas. Quienes lo rechazaban podían recibir como regalo una moneda de oro, que valía 50.000. Ahora está prohibido recibir obsequios más allá de lo que puede ser un detalle de cortesía.

¿Qué decir de respecto a la publicidad que hacen algunos periodistas de bienes y servicios públicos?

Pues que se hacen propagandistas. Es lo que pasa con Elena García Melero, que sale también en mi libro. Es lo mismo que los que hacen publicidad. Cuando García Melero dice que la Generalitat te atiende a través de tal teléfono y que la Sanidad responde es mentira. Y ella lo sabe. Hace de portavoz de una publicidad institucional y le pagan. Se puede hacer propaganda de Cruz Roja o de Amnistía Internacional, de forma altruista. Yo la tengo en mi blog.

¿Y cuándo se ha hace propaganda de proyectos políticos?

Eso es venderse, trasgredir los códigos éticos de todo el mundo, sobre todo el de la UNESCO.

¿En definitiva, todo esto no se asemeja bastante a un cáncer?

Extirpable ¿Quiénes son los cirujanos que pueden acabar con ese cáncer? Las asociaciones de la prensa y el colegio de periodistas. Porque, una vez que se ha reconocido que esos periodistas han trasgredido el código, a través de nuestros estatutos internos podemos sancionarlos. Lo vamos a hacer. Y estoy seguro de que mi libro va a contribuir a ello. Imagínate que un día El País dice, a tres columnas, Matías Prats ha sido expulsado de la Asociación de la Prensa de Madrid. Antena 3 tendría que echarlo. 

¿Esta violación de la ética periodística, que tantos efectos negativos puede tener en el conjunto de la sociedad, no es perseguida de oficio por la justicia ordinaria?

En la Constitución española solo hay una referencia al periodismo, que dice que tiene que ser respetado, debe ser verificable y que se tiene derecho al secreto profesional. Pero no reconoce la obligación de respetar el código ético de la UNESCO, que es el marco importante para nosotros. Si fuera así, sería ley y obligaría a los periodistas a no hacer publicidad. Matías Prats no puede ser condenado, porque tenemos una profesión que está auto-reglamentada.

¿Constituye esto una excepción española u ocurre algo parecido en nuestros entornos?

En Francia e Italia hay una defensa del periodismo mucho más importante que aquí. En Francia es periodista aquel que lo considere un comité formado por jueces y profesionales. Cuando esto ocurre, el Ministerio del Interior lo avala con un sello en su carné. No estoy a favor de reglamentarlo todo, pero hay que dotarse de normas acordes con las realidades y los problemas. En Estados Unidos, al margen de la pro-Trump cadena Fox, creo que el periodismo está fenomenal. Comparativamente con España a mucha distancia por delante. Los periodistas son unos tíos y unas tías que se van a cargar a Trump, como lo hicieron con Nixon. No mienten. Se levantan en una rueda de prensa y le cantan las cuarenta a Trump, y él los hace callar y los insulta. Aquí nadie interpela.

¿Cómo enjuiciar toda esta intermediación de gabinetes, relaciones públicas…, entre las empresas y los medios de comunicación?

Todo esto lo tenemos que torear. No lo vamos eliminar. El País tiene una sección de economía muy potente, en la que podrían trabajar una veintena de periodistas. Pero es que el BBVA tiene un departamento de comunicación con más de 100 personas y el Santander con 150 y Caixabank con 200. Cada día, estos bancos se dedican a inundar de papeles a los pobres 20 periodistas de El País

¿Qué efecto tiene la radioactividad del imperialismo informativo sobre los periodistas margarita del mundo?

Aquí hay que preguntarse sobre el impacto de la noticia ¿Es más importante tres muertos en Aranda de Duero o tres en París? Depende, si los de Aranda son, por ejemplo, consecuencia de un accidente y en París de un atentado. Estamos jugando no solo con el impacto sino con la fotografía que lo acompaña. En la Guerra del Golfo, para hacer frente a la hegemonía noticiosa de las agencias y los grandes medios, hubo gente que financió a periodistas para que les contaran que es lo que, de verdad, estaba ocurriendo. Lo llamaron War Block. El otro día, TV3 informaba del conflicto en Ecuador, en medio de una avenida, con micrófono…, en Buenos Aires. En cualquier caso, si es cierto de que se adolece de una gran dependencia informativa.

¿Podemos decir algo sobre la criminalidad en la noticia y su mercado?

Esto es el espectáculo morboso ¿Cómo calificamos a alguien que pone dinero para hacer un medio? Busca dinero o impactar en la agenda pública. Hay periódicos como, por ejemplo, La Razón, que pueden perder dinero ¿Por qué? Porque defienden unos determinados intereses, en este caso del editor.

¿Goza de buena salud la enseñanza del periodismo?

Si. La gente que nos llega es fenomenal. Yo he organizado una expedición con alumnos Israel y Palestina, y ha sido una experiencia estupenda. Esta gente es muy responsable y quizás no encontrarán trabajo como corresponsales, pero hay un amplio sector de la economía digital que está a nuestra disposición y hay que explotarla.

¿Se asemeja en este sentido Internet a la imprenta, que permitió desarrollar formad de comunicación hasta entonces inéditas?

Estamos en la misma fase de crecimiento y experimentación. Cuando se acaba la carrera no se puede pensar solo en ir a trabajar a El País, donde antes eran 600 y ahora la mitad, y les sobran. Hay que ir a los nuevos negocios de la comunicación digital. Existe un gran espacio de oportunidades para la información local, temática… Lo que pasa, por ejemplo, con la prensa de los barrios, pero es que no se profesionaliza. Si en ese ámbito entran licenciados, con una pequeña ayuda inicial, se produciría, sin duda, una mejora significativa. La radio también tiene un gran futuro en este terreno.

¿En torno a quien gravita la promoción de este nuevo paisaje comunicacional: administraciones, colegios, asociaciones profesionales…?

Tendríamos que hacer un gran pacto de Estado, con objetivos como prestigiar el diario en papel y abrir nuevos espacios a la información. El periódico tendría que ser de obligado lectura desde que los niños aprenden a leer. En Internet no leemos tan bien como en papel, porque lo hacemos más rápido. 

¿A qué se puede achacar las no tan fluidas relaciones entre los medios y los públicos?

A la desconfianza. No es algo fácil de superar. Y la gente tiene que acostumbrarse a seleccionar. No aceptarlo todo y demandar de cada uno lo que se quiera. La sindicación a determinados contenidos. Hay que enseñar a decidir. Tenemos en este momento tanta oferta de información y entretenimiento que tendrán que pasar quizá algunas generaciones para que realmente podamos manejarla. Internet apareció en España en el año 1993, y los cambios que ha habido desde entonces son espectaculares. 

¿Entonces, todos somos periodistas?

Aceptaría esto porque se ha roto el viejo mecanismo del emisor al receptor, que pagaba por ello. Ahora, todo está comunicado con todo.