Licenciado en derecho y diplomado en función general de las Administraciones Públicas. Profesor asociado en la Universitat Autònoma de Barcelona. Ha trabajado en varios ayuntamientos, con el Síndic Greugesde  de Cataluña y ahora en el Ayuntamiento de Barcelona.

Mucha gente continúa preguntándose cuál es el origen del conflicto que tenemos en Cataluña.

Hace treinta años estábamos en un mundo gobernado por Convergència y por el pujolismo. Entonces yo ya discrepaba y era muy crítico con la manera de ver Cataluña y los catalanes por parte del pujolismo. Había un patrón que se tenía que cumplir: ser del Barça, ir a Montserrat, hablar catalán y llevar barretina. Lo digo como caricatura, porque si no, no es un patrón. Una de las cosas que más agradezco de mis formadores es el espíritu crítico que me transmitieron, cosa que no siempre está bien vista. En catalán, a alguien así acostumbran a calificarlo de tiquismiquis. Hace unos diez o quince años formaba parte de una coral y un día, en el bar donde cantábamos, encontré unos folletos firmados por una organización que se denominaba Vía Fora (un grito de alarma medieval catalán), en que entre otras cosas se decía que no se podía ser catalán y español a la vez. No había pasado nada, pero aquello me preocupó.

¿Cómo podríamos denominar aquel estado de cosas: nacionalismo de baja intensidad, neonacionalismo...?

El catalanismo lo hemos defendido desde la izquierda, con la idea de una Cataluña de todos, integrada. Cosa que no era así con el pujolismo, aunque lo hiciera ver. La segregación formaba parte de su discurso en la medida que había unos patrones de identificación que si no los cumplías, no te admitían en el club. Y así lo vivía yo. Pero hay que tener en cuenta que Pujol era muy habilidoso y un gran comunicador. Era un personaje que atraía. Pero detrás de todo esto, creo que tenía claro cuales eran sus objetivos. No sé si se puede decir adoctrinamiento, pero en cualquier caso ha habido indiferencia en Cataluña respecto a España, e incluso en el mundo. No se ha explicado a la gente que formábamos parte de una misma familia y que el pueblo, la nacionalidad, Cataluña, es trascendida por otras realidades, otros proyectos y otra gente con la cual convivimos.

Y, de alguna manera, ¿la izquierda fue dejándose traer por aquel discurso pujolista?

Históricamente, la izquierda arrastra una mala conciencia respecto al tema nacional. Y cuando se plantean estas cuestiones relacionadas con la identidad, la izquierda calla. Como que Franco hizo el que hizo, ahora que estamos en proceso de recuperación de la identidad, sobre todo el tema de la lengua, no pondremos bastones a las ruedas, decía la izquierda. Por lo tanto, nos mantuvimos en un segundo plano y acabamos cediendo la iniciativa al pujolismo. Cuando empieza el proceso en 2012, con la manifestación del Once de Septiembre (por poner una fecha), todavía había gente como yo que pensaba ir por cuestiones sociales como los recortes. Carme Forcadell se encargó de dejar bien claro que en aquel acto se iba a pedir la independencia de Cataluña. Me quedé en casa. En el ámbito de mis amigos y contertulianos, estuve callado más de tres años cuando se tocaban estos temas. Para no crear conflictos, avivar tensiones. Hasta que un día decidí salir del armario y decir que yo no tenía claro lo que se estaba planteando. Allí empezó un proceso de aislamiento y autocensura.

Y, de manera generalizada, se empieza a tomar conciencia, no exenta en muchos casos de perplejidad, de hasta donde se ha llegado...

Hay varias capas en todo esto. El pujolismo, que va construyendo un nacionalismo de baja intensidad pero con los objetivos claros. Y también cosas como la iniciativa de Pasqual Maragall de reforma del Estatuto de autonomia. Un melón que se abrió sin que hiciera falta. Quizás de buena fe, él intentó no reformar la Constitución, sino el Estatuto, para obtener más autogobierno, y así empezó una carrera de competencia para ver quién la tenía más larga.

La cosa no se limita a la política, sino que impacta de pleno en el conjunto social. Se abre una grieta en Cataluña...

No estoy tanto contra la independencia, que es una opción que considero legítima, a pesar de que no la comparto (porque echo de menos una discusión rigurosa sobre los pros y los contras de tal opción), como contra el proceso. Cosa que se deriva de mi condición de ciudadano y también de mi trabajo profesional como jurista. Todo lo que me enseñaron en la facultad –que yo incorporo a mi cultura– de seguridades jurídicas se va a hacer puñetas con el proceso. La fractura no se expresa en la calle, sino en las convivencias sociales, en los entornos familiares, de amistad, de trabajo... Porque las circunstancias obligan a decantarse de manera dicotómica, sí o no. No hay matices. Los grises desaparecen. Y esto crea tensiones. Cómo con Franco, ha habido gente de mi entorno que me ha dicho: "No te signifiques, no te metas en política porque sufrirás". Hemos vuelto al pensamiento único, a aquello de estás conmigo o no, la patria, la nación... Conceptos que volvemos a reproducir de una manera pretesament progre y moderna.

¿Qué papel juega en todo esto el desconocimiento, la incultura, la desestructuración de las evidencias, los principios, el conocimiento?

Además del deterioro del entorno social, que produce autocensura, silencios, fobias... es, sin duda, la falta de formación. Cosa que me preocupa especialmente, quizás por mi condición de docente. No sólo se desconoce y se tergiversa el pasado, sino que se ignora el funcionamiento social. Conceptos tan básicos cómo qué es el ayuntamiento, la comunidad autónoma o el Estado, no se sabe como funcionan o para que sirven. Esto trae a situaciones como el clima de anarquización que se vive en Cataluña, en el cual está permitido saltarse la ley, o pasar de saber como funcionan las cosas. Y lo más grave quizás está por venir, porque los fundamentos de la cultura democrática están desapareciendo. Cuando el presidente de la Generalitat dice que la democracia está por encima de las leyes, está yendose en esta dirección. La ley es producto de la democracia, es pacto, convivencia...

Hay tendencia a culpar del proceso el nacionalismo catalán y el PP, nacionalismo español, y reducir el resto casi a la condición de espectadores. En realidad, ¿no es el nacionalismo, y sólo él quien decide tirar por su cuenta?

Las causas no suelen ser únicas. El nacionalismo es responsable, evidentemente, de lo que estamos viviendo. Digamos que estaba latente. Haciendo valer su victimismo entendido como justificación de sus actos. Y a la izquierda, y de esto no se habla mucho, ha existido la responsabilidad de no hacer, porque veníamos del franquismo y creíamos justificadas reivindicaciones como la de la lengua. Y también porque nunca creímos que fuera posible romper lo que se había pactado, los principios democráticos, exhibiendo una mayoría que no existe y pervirtiendo el lenguaje. ¿Qué quiere decir democracia? ¿Autodeterminación? ¿Libertad? ¿Convivencia?... Por eso tenemos que hacer un gran trabajo de recuperación, de revalorització del lenguaje.

Más allá, pues, de las necesarias soluciones políticas, ¿no es precisamente esta batalla ideológica, cultural, que ya se está entablando, lo que se tiene que producir en Cataluña?

Esto pasa por incorporar a la actuación política un valor tan trascendental como la empatía, saber escuchar. Porque si la política es la gestión de las cosas para procurar el bien común, en Cataluña estamos peor que nunca. Tenemos el deber de intentar construir bienestar para todo el mundo. Decir que los catalanes estamos oprimitis o que en Cataluña no hay libertades no se puede entender.

¿Considera que ha habido y todavía hay muchos pelos en la lengua en la política catalana?

Nos encontramos en un momento que la proyección social de la imagen es muy importante. Falta gente que reconozca los errores, y la hipocresía también deriva del error de aparecer ante la opinión pública como un traidor. Recordamos Carles Puigdemont, en octubre del 2017, cuando por unos tuits se hace atrás en su decisión de convocar elecciones.

En este contexto, ¿tiene alguna a cosa a decir el federalismo, no sólo para España y Europa, sino también para Cataluña?

El federalismo tiene muchas cosas a decir, porque está basado en conceptos como la solidaridad, la lealtad, la equidad, el respecto a las minorías... Un catedrático de derecho administrativo, amigo, se burló de mí cuando le dije que era federalista, cosa que me produjo perplejidad e inquietud.