Es doctor en Medicina por la Universitat de Barcelona y máster en Salud Pública por la Universidad de Yale (Estados Unidos). Es miembro de la junta directiva de la Sociedad Española de Salud Pública y Administración Sanitaria, de la cual ha sido presidente.


¿Esta pandemia cogió las administraciones por sorpresa?

Varios informes científicos advertían que se podría producir un día u otro desde hace años. Sabemos que los virus mutan. Últimamente habíamos tenido alertas que no tuvieron un fuerte impacto en nuestra salud (gripe aviar el 2004, gripe porquina el 2009, MERS el 2015...), o lo habían tenido sólo en países lejanos (SARS el 2003, ebola el 2014...). En alguno de estos episodios se criticó mucho el Gobierno español por haber comprado vacunas y medicamentos que después no fueron necesarios. Se hicieron cosas, pero, que han perdurado y ahora han mostrado su utilidad: un plan de pandemia, unidades de aislamiento de alto nivel en los hospitales de referencia, el Centro de Alertas y Emergencias Sanitarias en el Ministerio... Los servicios de salud pública en general salieron fregados de los recortes, y han hecho milagros para responder a la situación. En cuanto a los gobiernos, en Europa en general han activado la respuesta cuando el peligro de no hacerlo era evidente. En los primeros países de la UE a recibir el golpe (Italia y España) esto ha comportado que lo hicieran cuando ya estaban con una transmisión importante.... Algunos que lo vieron pudieron actuar antes de estar tan afectados. Es el caso de Portugal. Otros fueron pasivos y ahora están pagando un precio muy elevado, como el Reino Unido, que está viviendo estos días la peor epidemia en Europa, con el impacto más brutal. Finalmente, la salud pública está poco presente en la estructura de la Unión Europea. El Centro de Control de Enfermedades Europeo es una organización pequeña, con funciones limitadas. Se ha hecho visible que nos iría bien tener uno de más potente y con más capacidades.

Los gestores políticos dicen que actúan en función de los consejos de los expertos. ¿Hay unanimidad entre ellos?

Hay mucha incertidumbre y, a pesar de esto, los epidemiólogos opinamos cosas similares. Ahora, hay algún experto, que no es muy bien un epidemiólogo y que ha salido mucho en algunos medios, a menudo discrepando de todos y proponiendo otras cosas, algunas de poco viables.

¿Cómo analiza la actitud de los partidos políticos en España? El Gobierno no ha contado con el apoyo total que ha asumido la oposición en otros países, como Portugal.

Es bien verdad. Es inevitable que haya discrepancias en situaciones de incertidumbre. Ahora, quizás se podrían expresar de forma menos áspera y, al menos, manteniendo las formas. Personalmente, pienso que necesitamos crear estructuras más federales para un tema como la sanidad, donde las comunidades autónomas tienen el grueso de la responsabilidad de gestión, pero hay aspectos donde el papel del Gobierno central es relevante. Evidentemente, en una situación como esta esto se ha puesto mucho manifiesto. Me hace mucha envidia el mosaico federal de Alemania, con pequeñas diferencias pero un camino muy compartido y acordado. Quizás nos iría bien ir en esta dirección, buscar estructuras de colaboración y cooperación entre comunidades y Gobierno central, orientadas a objetivos comunes.

El Gobierno catalán ha adoptado una línea de enfrentamiento constante con el español. ¿Confía que esta actitud pueda cambiar en un futuro próximo?

No soy futurólogo, no puedo decirlo. Lo que veo cada día es que, en cuanto a la política, Cataluña es un país bastante complicado.

¿El estado de alarma y el confinamiento eran imprescindibles? ¿Si no se hubieran puesto en marcha, las cifras serían todavía más escalofriantes?

Una vez pasamos a tener transmisión comunitaria, era muy complicado parar los contagios sin una restricción extrema de la movilidad y de los contactos entre todos nosotros. Inicialmente, no sabíamos que personas sin síntomas podían contagiar el virus, y ahora sabemos el papel importante que han tenido. La opción que se hizo fue efectiva, y todavía más en aquellas zonas donde no habían llegado a tener tanta transmisión, como las islas Baleares y Canarias, Andalucía o Murcia. Para el futuro podemos ir profundizando en el desconfinamiento una vez controlamos la transmisión y tengamos la capacidad de identificar muy precozmente los nuevos casos, averiguar con rapidez cuáles han sido sus contactos más cercanos, y descartar que estén infectados con análisis o aislarlos para evitar la transmisión. Si no podemos hacerlo, tendremos una nueva oleada epidémica. A pesar de todo lo que hemos pasado, todo apunta que la mayoría de la población no se ha infectado y todavía no tiene inmunidad. De hecho ya tenemos ejemplos de nuevos rebrotes. En Irán van por la tercera oleada epidémica. En Corea, donde parecía que habían controlado la infección, han tenido un rebrote el mayo a partir de una única persona que salió de marcha y en una sola noche pasó por cinco locales: ha generado un brote que hasta ahora ha infectado 130 personas.

¿Hay algún modelo internacional fiable? ¿Algún país nos tiene que servir de referencia en este combate?

Algunos países del Extremo Oriente que sufrieron mucho el SARS en 2003 y sus vecinos hicieron cosas que ahora les han ido muy bien. Algunos han tomado decisiones que comportan una restricción tan grande de los derechos y de las libertades personales que nosotros no aceptaríamos. Italia, España, Francia, Bélgica... tenemos situaciones muy similares. En nuestro entorno, Portugal lo ha llevado muy bien. Recibió más tarde el embate, y habiendo visto lo que nos pasaba actuó pronto. Alemania también lo ha llevado bien, pero es una sociedad muy diferente. No podemos comparar cosas que no son comparables.

¿Cómo valora la reacción de la ciudadanía?

Me parece extraordinaria, excelente. Propia de una sociedad madura y responsable. El confinamiento es más difícil de llevar para las familias vulnerables, que viven en viviendas pequeñas y en barrios humildes. En Barcelona, esto también se ha constatado en la afectación más grande de algunos barrios. Las desigualdades sociales a menudo se manifiestan en desigualdades en salud. Ahora, el colectivo más afectado ha sido el de los profesionales sanitarios, especialmente de la enfermería y la medicina.

¿Cómo se tiene que equilibrar la salud de los ciudadanos y el funcionamiento de la economía?

Es una cosa difícil, y más con tanta incertidumbre. Queremos frenar la infección, pero no podemos vivir encerrados en casa para siempre jamás. La parada de la economía comporta pobreza extrema de los más vulnerables, y más que nadie de las personas que trabajan en la economía informal, como por ejemplo muchos inmigrantes. La pobreza también se traduce en pérdida de salud a largo plazo, así que hay que ser conscientes que las decisiones tienen que tener en cuenta la realidad en su complejidad. Los gobernantes tienen que tomar decisiones que tienen efectos secundarios, buenos y malos, y además con mucha incertidumbre.

¿La tragedia de las residencias era inevitable?

Ha pasado lo mismo en muchos países: en Italia, en Francia, aquí.... Son espacios que no son sanitarios, donde más bien se busca poner los residentes en grupo a convivir e interactuar... Se podía haber hecho mejor. En algunas se ha hecho muy bien y no han vivido el desastre de otros. Tenemos residencias que no han tenido afectados. Tenemos que aprender, y espero que cuando esto pase seamos capaces de acordar regulaciones y requisitos que extiendan las buenas prácticas y hagan que las tragedias sean más improbables.

¿Podemos confiar que algún medicamento o vacuna nos devuelva a la situación donde estábamos antes de la pandemia?

Tardaremos a tener herramientas eficaces. En el mejor de los casos (porque nada garantiza que se encuentre una vacuna eficaz) tardaremos un año y medio o dos a tener una vacuna disponible que haya demostrado su seguridad y utilidad, aprobada por los reguladores y con una producción suficiente para las necesidades mundiales. En cuanto a tratamientos, se están probando antivirales, pero algunos no han demostrado el resultado esperado y tienen efectos secundarios negativos. Otros han dado resultados discordantes en varios estudios. Hay muchas moléculas que se están probando. Ojalá se identifique un tratamiento efectivo: cambiaría mucho las cosas. De momento, nuestra herramienta es la de la higiene más clásica.

¿Nos tendremos que acostumbrar a vivir en un mundo de mascarillas, distancias físicas, sin abrazos ni espectáculos masivos?

Viviremos unos meses procurando preservar la distancia física, con herramientas de barrera (mascarillas, etc.) cuando hayamos de estar más cerca, viviendo con menos proximidad, sin muchos besos y abrazos con los no convivientes, y yendo sólo a espectáculos sin hacinamientos. Hay sociedades donde algunos de estos aspectos ya eran normativos hace tiempos. Para nosotros, que quizás somos más gregarios y menos distantes, será un pequeño cambio.