Periodista y escritora. Afiliada al PSC, colabora en Cortum, y con Coachability  Foundation, ONG que promueve la innovación y la creatividad para el desarrollo económico, social y cultural de las mujeres emprendedoras.


La comunicación social, ya de por sí saturada, ha adquirido con la Covid-19 una magnitud colosal. Montañas de información variopinta inundan los medios de comunicación, las redes…, hasta hacerla materialmente inasimilable…

Ha llegado la pandemia en un momento en que la figura de los medios de comunicación está muy desdibujada. No hay confianza, como pudo haberla antes, en los medios. Cuando se lee un diario o se escucha un informativo, ya empiezas a pensar si lo que se está diciendo se hace con intereses de uno u otro partido, una u otra empresa.  Tenemos tal saturación que una misma noticia nos llega desde perspectivas totalmente distintas: Internet, grupos de wasap… La misma noticia tiene un titular en ABC y otro en Público… Al final, queda una sensación de desconfianza.

¿Aunque no se percibiera quizás como ahora, no ha existido desde siempre un sesgo en los medios, en razón de sus propios intereses?

Siempre ha existido un sesgo. Somos sujetos y por tanto subjetivos. Al final, los y las periodistas acabamos haciendo nuestra interpretación de los hechos y poniendo nuestro titular. Pero se ha perdido la vergüenza que da el oficio, la tendencia a la búsqueda de la verdad. Importa menos alinearse con determinados presupuestos. Ahora prima ser el primero en decir algo. Un tuit mete prisa y dificulta la elaboración de lo que estás diciendo. Con ello se pierde calidad y se contribuye, claro, a que la capacidad de atención de los lectores y lectoras sea ínfima. Los mensajes reducidos a una frase son más publicidad que periodismo.

¿La especulación, tan presente en muchas esferas de nuestra vida, no es parte substancial de la comunicación?

Estamos tendiendo a un amarillismo brutal en la forma en que tratamos la comunicación. La información debería ser escueta, veraz, pero eso no vende. La noticia es puntual. Luego, en torno a ella, se genera un mundo de información añadida, con poco significado; ruido, que se diría en teoría e la comunicación. Con ello, solo se pretende llamar la atención, ir más allá, a costa de lo que sea. Seguimos la estela de la gente que utiliza las redes para saciar su ansia de conspiración, el “nos están engañando”, y les damos carnaza. Ampliamos cosas sencillas, dándoles un trasfondo que no existe. Al final, lo que generamos es confusión y alarma, justo lo que no debería hacer el periodismo. Además, de modo efímero, porque al cabo de un tiempo nadie se acuerda de la conspiración infinita pasada. 

¿La irrupción de las redes en la comunicación social no está arrastrando a los medios de comunicación a unas prácticas impropias de su función?

Se ha difuminado los canales. En la comunicación social, había un emisor y unos receptores (lectores, oyentes, televidentes…), cuyo ejercicio era intentar entender la información que le estaba llegando y poner un punto de criterio. Ahora, el receptor puede ser también un emisor; también puede emitir mensajes. Así, el bucle se hace infinito. Se desdibujan los papeles. Es como una bola de nieve de mensajes, que no se puede parar. El poder llevar a la gente con 40 caracteres del móvil es algo peligroso. No estamos preparados para manejar esto, como no lo estábamos para leer las imágenes de la tele. Un mensaje, por el solo hecho de serlo, tiende a ser creído. Nos falta criterio, educación, para separar lo que es verdad de la mentira. Las fuentes ya no existen, y eso es muy peligroso. 

¿Cómo se ataja todo esto, con filtros, censura, educación…?

Es complicado y la tendencia no es alentadora. Los análisis demuestran que se retuitea con quien cada uno se siente cómodo o se identifica. Así, se refuerzan los vínculos de quien habla, piensa o se comporta como tú. Con ello el sesgo entre las personas es cada vez mayor. Es imposible ser objetivo, porque la opinión de quienes no piensan como tú no está llegando. Al final, la educación es el principio y el final de todo. Por ejemplo, esa maravillosa asignatura de Ciudadanía. Si no estamos educados y entrenados en el respeto, valores, criterios…, en buscar la opinión del otro, difícilmente se van a superar la tendencia de seguir hasta el infinito a quienes solo tienen tu punto de vista. 

En cualquier caso, amparándose en la libertad de expresión, las mentiras campan a sus anchas… ¿No habrá llegado el momento de atajarlas, con una legislación ad hoc?

No estamos educados en una visión crítica de las redes y los medios de comunicación. Las mentiras, los bulos, los insultos a las personas o a las instituciones, etc., no son ni delitos, porque no hay nada legislado sobre ellos. Se queda, como máximo, en alguna interpelación parlamentaria, que acaba en nada. En consecuencia, poco se puede hacer ante un fenómeno que goza de impunidad y solo reporte beneficio a los intereses de los presuntos delincuentes. Necesitamos mecanismos de control, y también un desarrollo de le legislación para hacer frente a este problema. Porque, al final, en este terreno, tenemos a un montón de gente desubicada, con un imaginario absolutamente alterado, respecto a la realidad. Y esto no puede ser.