Catedrático de Historia. Trabaja, en particular, sobre los mundos coloniales en los siglos XVIII y XIX y sobre las metrópolis que tuvieron imperios y colonias. También se dedicó a la historia catalana del XIX. Su última obra, La nación imperial (Edhasa).


¿Por qué historiador?

Porque los que empezamos muy jóvenes la actividad política, en una ciudad de la periferia industrial de Barcelona y nos relacionamos enseguida con CC.OO., fuimos viendo que los estudiantes estaban en grupos izquierdistas y los trabajadores en el partido comunista y en Comisiones. Así, entré en el PSUC y enseguida tuvo consecuencias: sufrí un breve encarcelamiento en uno de los Estados de Excepción de Carrero y me expulsaron del instituto. A partir de ahí fue adquiriendo conciencia de la dificultad de la política y también de aunar principios generales con la práctica habitual del antifranquismo, que incluía una gran implicación en la mejora de las condiciones de la clase obrera, que no esperó para hacer trabajo sindical y consiguió victorias importantes. Al mismo tiempo, había un gran interés por las cuestiones de carácter cultural e ideológico, que exigía tener, digamos, una visión del mundo.

¿O sea, que se encuentra ahí con lo que se podía entender como una especie de primacía de la voluntad o la pasión sobre la razón?

Soy un pesimista debido a mi inteligencia, pero un optimista debido a mi voluntad, dijo Gramsci. Y ese era el fondo del problema para los que queríamos militar y, al mismo tiempo, saber, tener capacidad para analizar las situaciones, los contextos, que no eran estrictamente españoles y que, evidentemente, significaban la tradición histórica de los movimientos emancipadores, con sus éxitos y sus fracasos. Militando, accedí a la Universidad y fui cooptado para el comité universitario del PSUC, que era una organización importante. Desde el primer día, me encontré con una vorágine de actividades, que no daban respiro. Con Antoni Domenech, un compañero de filosofía, nos sentimos muy angustiados, porque lo que nos gustaba era estudiar. Desde el principio, tuve a Josep Fontana de profesor. Así las cosas, fuimos a ver a Manuel Sacristán, que para nosotros tenía una gran autoridad como intelectual del PSUC expulsado de la Universidad. Hablábamos con él de política, pero sobre todo de cuestiones intelectuales. Le dijimos que teníamos, sobre todo, ganas de estudiar. Y nos contestó que sí, que eso era lo que teníamos que hacer.

¿La historia, apasionante, hasta muy literaria tal como ahora se narra, para qué? ¿Del pasado no hay que hacer añicos?

Diría que ningún marxista se había pensado eso, porque uno no puede hacer añicos de lo que es. Y todos nosotros somos el producto de muchísimas herencias que hemos recibido, incluidas las que supuestamente son ajenas a nuestra propia identidad. Por ejemplo, el catolicismo de nuestros padres. Yo recibí una fuerte formación católica, pero mis padres tenían un gran sentido social y eso les condujo desde unos valores muy conservadores a una gran simpatía por los movimientos obreros, la inmigración que llegó a Cataluña por aquéllos años. Ellos se sintieron muy interpelados por la miseria de tanta gente. Mi padre era un pequeño comerciante, que tuvo contratado a un solo trabajador. Una persona de Almería, que llegó a Mataró andando, porque no pudo pagarse ni el billete de “El Sevillano”, aquel tren de emigrantes, que parecía de transporte de ganado.

¿Por qué las lecturas se volvieron populares en el movimiento comunista?

Nunca los comunistas de verdad pensaron que se podía improvisar. Una de esas lecturas que nos resultaba tremendamente difícil era El Capital, de Marx. Conseguimos llegar al final del primer volumen y eso era un libro de historia de la Economía, de la transformación social en Inglaterra… Luego aprendimos a objetar muchas cosas de ese análisis, pero no se puede dejar de reconocer que es un libro de historia extraordinario. Después, en el mundo del comunismo, marcado por los sectores estalinistas, las lecturas fueron reducidas, seleccionadas y dirigidas. Pero nuestra experiencia en el PSUC fue de una gran libertad intelectual.

¿Dada su instrumentalización, no reclama la historia una pedagogía semejante lo que se aconseja para separar la verdad de la mentira, en la comunicación de masas?

La diferencia es muy clara, una cosa es la ciencia y otra la ideología. La ideología puede ser manipulada a placer y eso lo han hecho todos, no solo nacionalistas. El nacionalismo, por definición, es la construcción de una idea de comunidad que no ha existido jamás en la historia. No hay ninguna sociedad humana que no sea el resultado de inmensas contradicciones, de aportes de otras culturas, de cruces de poblaciones que se han movido de un lado para otro. Existe una idea de nación que refleja un momento histórico, que no prejuzga ningún resultado político. En el momento de los imperios coloniales, el derecho a la autodeterminación es legítimo. Lo reivindicábamos en el franquismo. Pero para los nacionalistas esto es invariable. España siempre seguirá igual y Cataluña también. Nosotros tratamos de entender las sociedades en un cambio muy fluido. Y ahora todo está cambiando por completo a nuestro alrededor y no sabemos muy bien cómo va a ser el mundo dentro de 50 años.

¿Constituye el romanticismo la gran fuente tóxica de la historia europea más reciente?

El romanticismo es una fuerza espiritual cuando las religiones decaen. Nadie puede pensar que Shelley. Byron o Lamartine no tuviesen ideales. No hay persona que no busque un sentido de la trascendencia, de su propia vida… Estoy leyendo una biografía de Keynes, liberal prototípico, que cuenta como un día se encontró con Beatrice Webb, fabiana muy radical, que le dijo “mi sentido de servicio a la sociedad es la única vía razonable de superación de la religión que hemos heredado de nuestros padres”. Esto exige un enorme esfuerzo intelectual para entender el cambio y a la vez ver lo que cada uno puede hacer. Difícilmente la disciplina de los partidos encaja en eso, porque tienen la tendencia a corromper las aspiraciones plurales de sus miembros, en lugar de promoverlas. Y este es uno de los grandes dilemas que tenemos en este momento. Ningún partido político a nuestra disposición permite una extensión plural de sus miembros. Sirvieron en un momento de afirmación de las sociedades liberales, que los socialdemócratas copiaron como pudieron y que los comunistas convirtieron en un engendro del diablo. Pero están obsoletos.

¿Cómo los partidos, también las naciones están obsoletas?

Las naciones están completamente en crisis, como vemos en estos momentos en todas partes. Como uno leyó a Marx de joven se da cuenta de que las estructuras del capitalismo se han convertido en transnacionales de un modo brutal, y a veces de manera paradójica. Uno de capitalismos más boyantes y rápidos, el chino, con un partido comunista que lo gobierna, es una de ellas. O la transformación de la Unión Soviética en una dictadura. Las naciones difícilmente sobrevivirán a eso, lo cual no quiere decir que sobrevivan las lenguas y las culturas. Pero ahora, quien gobierna el mundo son los imperios.

¿En este contexto, siguen necesitando las multinacionales el apoyo de las cañoneras para expandirse por el planeta?

En este momento, se aplica una fórmula que ya descubrieron los americanos con el imperio británico durante la I Guerra Mundial, que consiste en comprar la deuda de los países pequeños. Ya no se necesitan tanto las cañoneras para ayudar a las multinacionales, pero los Estados siguen siendo absolutamente necesarios para la administración de las cosas, sobre todo a escala interna. La Unión Europea es un imperio casi desarmado, con poca capacidad de beligerancia, pero que sigue necesitando los marcos estatales para organizar las necesidades y el control sobre la gente. Una de las cuestiones fundamentales para nosotros es estar en Europa, porque ahí se juega el futuro de nuestros nietos.

¿No seguimos, en realidad, instalados en andamiajes de percepción muy superados por la realidad de las cosas?

Acabas de hacer una perfecta definición del porqué de los historiadores. Tenemos la necesidad de estudiar todo eso, el pasado, para saber que nos queda en este momento y para entender las mentes de las personas. Para esto, son imprescindibles la libertad intelectual, y una sociedad civil que pueda actuar, vigilando las actividades del Estado y las grandes cuestiones globales, como el cambio climático, las relaciones entre hombres y mujeres, el trabajo…