Doctor en ciencias biológicas. Profesor universitario, investigador del CSIC, y consultor ambiental en diferentes países. Fue alcalde de Tiana, durante doce años. Autor de la novela. Los colores del último puerto, en la que narra una aventura vivida personalmente en una travesía marítima por el Atlántico.


El calentamiento de la atmósfera, los plásticos, la contaminación química por tierra, mar y aire, los desechos, la radiactividad… ¿Qué orden de prioridades se nos plantea a la hora de hacer frente al problema de la contaminación?

La principal urgencia es lo que se llama cambio climático, que algunos utilizan de manera muy engañosa. Es cierto que el consumo de combustibles fósiles nos ha llevado a una situación de calentamiento de la atmósfera, que indica que hay una relación causa-efecto. Inmensas cantidades de CO2 han estado depositadas en los yacimientos de carbón y petróleo, que hemos soltado, desde el invento del motor de combustión. Así, todo parece indicar que vamos hacia un cambio de clima, que no es la primera vez que se produce en la historia de 4.000 millones de años de la Tierra. Pero, en esta ocasión, las cosas están ocurriendo de manera mucho más rápida que, por ejemplo, las glaciaciones, en las que se tardaban miles de años en cambiar la temperatura, y que parece evidente que lo hemos provocado los humanos. 

¿Disponemos de medios suficientes y adecuados para evitar el cambio climático?

Sí, claro que los tenemos. Y de lo que se trata es de cortar la causa. Buscar un modelo energético que sea distinto al actual, basado en utilizar una fuente, el petróleo, que hasta ahora ha sido muy barata. El cambio climático no está solamente asociado a la modificación de los parámetros atmosféricos, sino a la contaminación que producen los vehículos. Todo el mundo sabía que produce centenares de miles de muertos (en España se habla de 20.000 y en China de 100.000) y nadie veía esto como una gran desgracia. En cambio, aparece un virus, reaccionamos, dejamos de movernos, baja la contaminación y con ello el número de fallecimientos derivados del aire contaminado que respiramos. Entonces, si sabemos cuál es el camino para evitar la contaminación ¿Cómo no hacemos algo serio, en vez de tonterías, como el día sin coches o zonas de baja emisión?

¿Cuál es la gran piedra en el zapato, que nos impide avanzar en esa dirección? ¿El lobby mundial del petróleo (con Trump, Putin, Arabia Saudí… a la cabeza)? ¿Las compañías energéticas, los fabricantes de coches…? 

Hasta ahora, los intereses petroleros han sido determinantes, pero cada vez lo son menos. Las nueve primeras empresas generadoras de electricidad eólica en España, son las eléctricas de siempre: Endesa, Fenosa, Iberdrola… Las mismas que han venido haciendo negocio hasta ahora con el carbón y el petróleo. Han descubierto que el negocio tradicional irá por otro lado y están cambiando el chip. Y cuando deje de ser negocio la venta de petróleo o de coches con motores que consumen combustibles derivados del petróleo, entonces utilizaremos otro tipo de energía. 

¿O sea, que el cambio está más a merced del mercado que de la voluntad de las personas?

Sí, claro. Cuando Edison inventó la electricidad, se alarmaron los capitalistas del gas, que veían amenazado su negocio tradicional, hasta que alguien propuso cambiar las inversiones a la nueva energía, y asunto resuelto. Esto es lo mismo. Las leyes de cambio climático prevén una sustitución total de los actuales vehículos de motor de gasolina o de gasoil por eléctricos. Esto hará que, de una vez por todas, se tenga que cambiar de modelo energético. 

Parece existir un cierto consenso universal sobre la necesidad de acelerar la toma de medidas contra el cambio climático ¿Serán estas más aparentes que reales?

Me temo que toda esta situación, que va a ser analizada desde el punto de vistas de qué frágiles somos, va a ser un maquillaje más. La propaganda de los coches en los años 60 giraba en torno a la potencia, el consumo… Las mismas marcas, en los 80 hablaban de coches verdes, respetuosos con el medio ambiente, reciclables… La cuestión es seducir. El mercado seduce aquellos elementos con que reacciona la sociedad en cada momento. Ahora, como saldremos tocados y miedosos, creo que vamos a meternos en una situación en la que se pondrán de moda cosas como la proximidad, el kilómetro cero, la reutilización… El mayor problema que le veo a esto es que si se inventan religiones que no se cumplen la gente se acaba cansando. Si se dice, por ejemplo, que en el año 2000 se acaba el mundo, hasta entonces me pueden creer, pero cuando vence el plazo si el mundo sigue, la cosa se ha acabado. El discurso catastrofista en relación con el cambio climático puede contribuir a la pérdida de credibilidad en él. 

¿En cualquier caso, parece que el coronavirus ha contribuido a poner a la defensiva a quienes niegan el cambio climático?

También por esto el coronavirus ha sido un gran experimento. El no dejar circular los coches por culpa del virus ha sido un experimento impensable de qué pasa cuando se tienen que quedar quietos. El camino está claro. Otra cosa es que tengamos la voluntad política o seamos capaces de asumir los costes económicos que conlleva recorrerlo. Pero no se me ocurre de nadie que sea capaz de parar la circulación durante setenta días para frenar la contaminación atmosférica. De todos modos, esto también puede servir para que muchos planes de ciudades, Estados… frente al cambio climático (que, si los lees te partes de risa) puedan ser mejorados. La pandemia nos ha hecho ver donde está lo importante. 

Y también pone claramente de manifiesto que los virus, como el cambio climático, no entienden de fronteras y están muy reñidos con los nacionalismos…

Todo el mundo se ha dado cuenta de que la pandemia, como su nombre indica, es un problema global y, en consecuencia, que las soluciones en un determinado lugar también dependen de las que se adopten en otro. Las fronteras son absurdas, desde muchos puntos de vista, pero para el clima en particular lo son doblemente. India, China y EE.UU. generan en torno al 60% de las emisiones de todo el Planeta. Cuando se celebran las grandes reuniones climáticas, estos países jamás se implican. Estamos hablando de un problema global en el que las tres cuartas partes de la causa no se implica en la solución. Es absurdo. Podemos estar, por ejemplo, haciendo sacrificios en Europa, con un coste económico muy importante, sin resultados globales significativos, porque los grandes contaminadores no colaboran.

¿Y qué decir de la responsabilidad de las grandes petroleras o industrias energéticas, respecto al cambio climático?

Si, unas pocas compañías son responsables del grueso de las emisiones. ¿Podemos imaginar un anuncio de Coca Cola diciendo que no se beba Coca Cola? Sin embargo, podemos ver publicidad de compañías eléctricas haciendo propaganda de ahorro de energía ¿Por qué? Pues porque han visto que la sociedad va por el ahorro energético y, como subiendo las tarifas van a tener más ingresos, aunque vendan menos kilovatios, pues se apuntan a lo del ahorro. 

¿Es la energía eólica la gran panacea del cambio climático?

Si alguna ventaja tiene las energías renovables es que son autónomas. Cada uno se puede poner su propia placa solar, o su propio aero-generador pero el modelo dominante sigue siendo el de grandes centros productores y grandes centros consumidores. Ni Madrid, ni Barcelona producen la energía que necesitan. Se han dedicado territorios a poner centrales nucleares, presas… y, ahora, pasa lo mismo con los aero-generadores. Teruel quiere ser convertido en un gran parque eólico y en la Terra Alta de Tarragona se está haciendo algo parecido. Es decir, se produce energía en puntos deprimidos del territorio para llevarla a los centros de consumo. Hacen ver que están contribuyendo al desarrollo de la España vaciada, que está tan de moda, dando cuatro duros a los propietarios de unos terrenos que no sirven para nada, y se están cargando los paisajes. Se da la paradoja, por ejemplo, que el municipio de Cataluña que más población ha perdido en los últimos veinte años es el que más aerogeneradores tiene instalados por kilómetro cuadrado.

Tu novela es consecuencia de haber vivido una situación extrema ¿Puede interpretarse en clave de pandemia?

Mi novela es una reflexión sobre la vida y la muerte. Cómo se reacciona cuando te dicen que te queda un año de vida. Seguro que más de uno hemos pensado, en estos setenta días de encierro, si lo habíamos hecho todo en la vida o si se puede vivir de otro modo, a partir de ahora.