Profesor de instituto jubilado. Ha trabajado sobre derechos humanos, violencia política, nacionalismo, memoria y sufrimiento social; este aspecto vinculado con las lógicas desigualitarias neoliberales. Entre sus escritos: Universales del odio, Una historia cultural de la crisis o El catalanismo, del éxito al éxtasis.


¿Qué se puede decir de la identidad, en un mundo connotado precisamente por la fusión identitaria, o como queramos llamarlo? 

La identidad tiene un núcleo semántico aceptable, el psicológico, y muchas extrapolaciones sospechosas. Hay quien postula hasta una izquierda identitaria… Pero la identidad rompe con la filosofía política, que establece que las dimensiones fundamentales remiten al registro social (eje vertical). En cambio, el marco identitario se articula en torno a la oposición “nosotros y ellos” (eje horizontal). Unos ejemplos: en 1989, Milosevic aprovecha un centenario para lanzar el programa de la Gran Serbia; en 1995 se produce Srebrenica. Menos crudo: el referéndum del Brexit ha partido el Reino Unido en dos, y no por el eje ideológico. En Israel, heredero de la mayor catástrofe identitaria, la política está definida por el marco etno-nacionalista de los colonos, los señores de la tierra. Son lógicas identitarias que fracturan y polarizan.  La identidad, habría que acompañarla de una advertencia, “perjudica seriamente la salud cívica”. Y la otra: el miedo insidioso a no ser “bastante de los nuestros”. 

¿Quemados otros cartuchos, la identidad acaba siendo la última munición a la que recurren los nacionalismos?

En política, la identidad complica mucho las cosas. Brubaker sostiene que la búsqueda de una solución global ‘arquitectónica’ de los conflictos nacionales es insensata; es una ilusión, como ya mostró el invento wilsoniano de la autodeterminación. Cuando los problemas sociales se vuelven identitarios, apostilla Sami Nair, no hay solución ¿Qué pasa si Cataluña se hace independiente? ¿No invocarían la misma lógica aquellos espacios no congruentes? ¿Dónde detener la recursividad? El nacionalismo, la expresión política de la identidad, en última instancia se reduce a una tautología (“Nosotros somos nosotros”). No existe una cartografía definida del ‘nosotros’. Mañana cualquiera puede ser españolista o ‘botifler’. Como Albert Boadella o Albert Soler. O el Consejero de Interior, que tuvo que salir del mitin de Perpiñán cuando Ponsatí jaleó a los héroes de Urquinaona. Lo terrible de esto es que somos todos vulnerables. Frege, fundador de la lógica matemática, se tragó las patrañas nazis. El poder de destrucción de las lógicas identitarias es imponente; un veneno, como lo llamó Zweig. No hay espacios inmunes; recordemos, con Zweig, la historia del siglo XX. 

¿Hacer frente al identitarismo, como ocurre con el racismo, el machismo, y otros atavismos, no nos obliga a permanecer en constante alerta preventiva?

El concepto “identidad” lo acuña E. Erikson en los 60 desde el psicoanálisis para referirse a la crisis de la adolescencia. De ahí se traslada al plano social. Su seducción deriva de que el  identitarismo, como el populismo, ofrece una recompensa psicológica. Te dice que perteneces a la categoría elegida. Muriel Casals dirigiéndose a los candidatos municipales en mayo de 2015: “Seréis los primeros elegidos para formar un nuevo Estado independiente”. El nacionalismo vasco instituyó el privilegio como atributo identitario. El “octavo candelero”, era para Pemán España, la nación elegida por Dios. La prevención es de rigor. Todos los nacionalismos se consideran superiores, explotan el narcisismo de las pequeñas diferencias. Por ahí van las expectoraciones soberanistas de Urkullu y Torra, tras las medidas contra el Covid-19.

¿Juega un especial papel en la producción de identidad, una maquinaria ideológica adscrita al academicismo?

Hobsbawm habló de la invención de la tradición. Cuando Francia dejó de ser un santuario para ETA, se convirtió, según Tasio Erkizia, “en un enemigo secular de Euskal-Herria”. El conflicto vasco puede remitir a la Guerra Civil, las guerras carlistas, la conquista de Navarra o más allá. Ibarretxe ocupa la cátedra lehendakari Aguirre en la Universidad del País Vasco. Desde allí difunde la visión abertzale en un ejemplo de para-diplomacia que conoce bien Cataluña. Le debemos la tesis de que los pueblos con identidad hacen las cosas mejor. El ámbito académico es polivalente: puede criticar las imposturas o crearlas y favorecerlas. El 40% de los oficiales de las SS habían cursado estudios universitarios (la media alemana era de un 2%). Dejando de lado las contribuciones del Institut Nova Història, el elenco del Simposio “España contra Cataluña”, rebosaba credenciales académicas; lo mismo que Clara Ponsatí, Paralelamente, para la sociología de los incentivos, el “Procés” es un suculento yacimiento tanto de empleo como de estatus (identidad de prestigio). Es la infraestructura material de la mística identitaria. 

¿Los neo-nacionalismos populistas de todo el mundo conforman una especie de internacional identitaria?

Hay formulaciones diversas. Por ejemplo, el partido de Marine Le Pen defiende un Estado del bienestar solo para los franceses; en Italia, Salvini (ex-comunista que blasonaba con camiseta del ‘Che’ e ikurriña en su juventud) se apunta al nosotros primero; en Hungría y Polonia, un nacionalismo con catolicismo o  neo-liberalismo desbocados. Algo que también suena en España con Vox. Y en Cataluña, con la inspiración montserratina y la música victimista del genocidio compuesta por J. Benet. Lo que tienen en común es la lógica bipolar identitaria, por eso Puigdemont comparte gramática con los nacionalistas flamencos. 

Y la izquierda comprensible suministrando combustible ideológico, legitimando…

Hay elementos del colonialismo que hay que condenar, pero una parte de los estudios sobre post-colonialismo y multiculturalidad han fragmentado las luchas emancipadoras y desorientado a la izquierda. La última versión del excepcionalismo nacionalista catalán, es el homo-nacionalismo, frente al nacionalismo español, que es “heterosexual y patriarcal” y, claro, reaccionario. Buena parte de la izquierda ha asumido la gramática de los nacionalismos ricos, incluso en la alergia a usar el nombre de España. Los nacionalismos periféricos serían de izquierdas y progresistas. Resultaría entonces que los andaluces, los gallegos y los centrifugados de la España vaciada, en parte por la política económica del franquismo, serían los explotadores de catalanes y vascos. Curiosa forma de colonialismo. 

¿Qué decir del repliegue que propone Fusaro, al que no le hacen ascos sectores del ecologismo y la izquierda?

No conozco bastante la argumentación de Fusaro para pronunciarme sobre el asunto.  Donde merece la pena recuperar a Marx es en su empeño de luchar por unas condiciones para  la igualdad dentro de un marco político común y fiador de los derechos sociales.  Tras la crisis de 2008 se ha recuperado la riqueza, pero a la vez se ha incrementado la desigualdad. El contrato de trabajo de las plataformas es algo que se acerca mucho al esclavismo. Hasta en Davos se ha hablado de domesticar al capitalismo. Pero ¿Cómo lo vamos a hacer si mantenemos la ortodoxia neoliberal?  Es sintomático que la revolución neoliberal nace de la mano de la Comisión Trilateral en los mismos años que el concepto de identidad. 

¿Pensamos como en el XIX, en pleno siglo XXI?

Por primera vez en la historia, llevan sin guerra tres generaciones de europeos, en gran parte debido a la reducción de las desigualdades, con el programa social diseñado tras la hecatombe. Pero tenemos que afinar los instrumentos con que hemos venido analizando los acontecimientos recientes. Sólo hace veinte años el paradigma dominante de la politología era la “transitología”: una nueva teleología histórica divulgada por Fukuyama. Lo nuevo es la eco-nocracia, que ha socavado el papel del Estado como garante de la igualdad.  Hayek es uno de las figuras más perniciosas, volviendo a la responsabilidad de los académicos: aplaudió a Pinochet e inspiró las políticas thatcherianas que afirmaban que la sociedad no existe y el TINA. Fundó la Mont Pèlerin Society, que ha servido de columna vertebral para el apostolado neoliberal. (Aznar es uno de sus miembros de relumbrón). Lo cuenta en “How economics corrupted us” Jonathan Aldred. Herder (profeta de la diferencia: exclusión horizontal) y Hayek (profeta de la desigualdad: exclusión vertical), los jinetes coaligados -de nuevo Ponsatí- del Apocalipsis.