Licenciado en Historia Contemporánea, profesor en la Universidad de Vic, y ensayista. Acaba de publicar en el “Viejo Topo”, Populismo y relato independentista en Cataluña ¿Un peronismo de clases medias? También es autor de La economía del absurdo, que obtuvo el premio Joan Fuster, de ensayo.


¿Dónde está el vínculo entre nacionalismo catalán contemporáneo y el peronismo argentino de viejo o nuevo cuño?

Hay similitudes en cosas como los liderazgos, y un cierto caudillismo, que viene de la época de Pujol. De hecho, éste siempre fue un admirador del peronismo, y Marta Ferrusola intento ser un poco Evita Perón, aunque no lo consiguió. Peronismo en el sentido de este planteamiento populista identitario, de construcción de un enemigo, con una gran capacidad de generar propaganda hacia grupos sociales, para articularlos, crear organizaciones en la sociedad civil para homogeneizarla… Hablo de un peronismo de clases medias, diferenciado del descamisado de Perón. El movimiento independentista en Cataluña es de clases medias y acomodadas, empoderadas por el independentismo para intentar ocupar de manera absoluta el poder que, hasta entonces, compartían con élites españolas.

¿Conecta este populismo con los de Boris Johnson, Salvini…?

La expresión en Cataluña del populismo identitario europeo, más bien de derechas, es el independentismo. Con todos los matices, la estrategia es la misma: aprovechar un contexto histórico, donde hay malestar político, económico, expectativas de futuro más que dudosas…, para instalar en las clases medias un discurso aglutinador, que en este caso reivindica la patria, las emociones como elemento cohesionador, la melancolía de un pasado ideal, la construcción de un enemigo muy poderoso, el nosotros frente a ellos, planear una redención a través de la tribu… Hay un paralelismo muy grande entre los populismos europeos de derechas y el independentismo catalán.

¿Qué decir del matrimonio de interés entre las diversas familias que se reclaman independentistas?

Esquerra Republicana forma parte de lo mismo. De hecho, lleva tiempo tratando de ocupar el espacio político de Convergencia, con algunos matices de izquierda, que aquella había perdido hacía tiempo. Quizás su base social es sobre todo de clases medias bajas, más populares…, de esa Cataluña mesocrática. En tal sentido, quizá aporta más transversalidad. También representa el independentismo histórico. En un momento, Artur Mas se sube al carro, y con su derivada, Puigdemont, acaban liderando el movimiento. Esquerra se ve superada en los últimos años por un independentismo que hace un uso funcional de la cuestión, y le desborda, en radicalidad. Esquerra también conlleva elementos de improvisación, poca estabilidad… Es un partido muy singular.

¿Algo que, quizás, se remonta a sus orígenes?

Esquerra se crea en 1931, para unas elecciones, aunando planteamientos políticos muy diversos. Lo que representaba Companys, con sus ideas, digamos, laboralistas, no tenía nada que ver con un independentista tan extraño como Francesc Maciá, que no dejaba de ser un militar español. Sus opciones políticas en los hechos del 34 constituyen más bien un golpe de Estado contra sí mismo. Lo que ocurre es que la Historia ha enaltecido a líderes de Esquerra que fueron presidentes de la Generalitat durante la Guerra Civil, porque vivieron momentos trágicos: Maciá murió muy temprano, y Companys fue fusilado por el franquismo. En la transición, reaparece Esquerra con un personaje, Heribert Barrera, xenófobo, de derechas…, que dio la mayoría a Pujol. Luego, Hortalá, que ni es de izquierdas, ni republicano, ni independentista, y Ángel Colom, que es una versión más bien independentista, friki, muy extraña.

¿El movimiento independentista catalán tiende a converger en un solo partido o, por el contrario, está cada vez más amenazado de ruptura?

Aunque el movimiento pareció ser durante unos años bastante unitario, en realidad tiene estrategias bastante dispersas. Una cosa es el mundo de la CUP, otra Esquerra (donde hay gente que tiene cargos y otra más básica y radical) y luego el ámbito Convergente, de Artur Mas (lo que llamábamos “la Convergencia de los negocios”) y el desaforado, loco, que representa Carlos Puigdemont, que más bien se asemeja a un líder carlista del siglo XXI. O sea que en el independentismo hay intereses diferentes, contrapuestos, enfrentados… Y lo que resulta evidente, más en los últimos tiempos, es que están a matar entre ellos. Al estar tres grandes grupos en competencia, al final desemboca en una subasta para ver quién es más radical. Esto llevó a la declaración de independencia de ocho segundos, al 1 de octubre… Esquerra no ha sabido decir basta a la locura de la estrategia que significan Puigdemont y Waterloo.

¿Qué papel juega en todo esto el identitarismo? ¿Acaba siendo uno de los últimos refugios de todos los nacionalismos?

Hay un problema fundamental (en el que la izquierda nos hemos sido del todo claros) que es que el nacionalismo es una perversión. Algunas veces hemos jugado a “nosotros también lo somos, pero menos”. El nacionalismo es un problema, entre otras cosas porque ha perseguido una identidad, que siempre es ficticia y detrás de la cual siempre hay intereses sociales, económicos y políticos. Dicho de otro modo, se empieza por los intereses, después se inventa una identidad y acaba en traslación política en forma de partidos nacionalistas. El nacionalismo es un refugio que lleva al etnocentrismo, al supremacismo. Genera una dinámica dentro-fuera, con lo cual se acaba inventado una identidad, que los ciudadanos convertidos en patriotas tienen que asimilar e incorporar. Detrás del nacionalismo hay una pulsión poco democrática, que puede llegar a ser anti-democrática. Hannah Arendt escribió muchas páginas, explicando estos peligros. Me gusta citar a Thomas Mann cuando, en los 50, dijo el fascismo volverá y lo hará en nombre de la libertad.

¿La querencia por los referéndums forma parte de esta visión reduccionista de la democracia por parte de los nacionalismos?

En Europa, estos movimientos neo-totalitarios, y también el independentismo, incorporan mucho esta idea de reducir la democracia a plebiscitos. La democracia, evidentemente, implica elecciones, pero es mucho más. Es una cultura compartida, una actitud, respeto a las minorías, diálogo… Esta actitud de referéndum o referéndum, que vivimos aquí, no es democrática.

¿En cualquier caso, esta versión neo-identitaria del independentismo, vía Torra, no tiene algo de decadente?

El nacionalismo tiende a radicalizarse porque, como apela a las emociones, a pulsiones básicas, se trata de ser más papista que el Papa. En Cataluña, han estado en una huida hacia adelante continua. Y siguen en ello. No había República, ni nada. Solo es un relato, ficción. Y así se planteaba inicialmente, como un juego. Alguien hacia una Constitución en un fin de semana, en la cocina de su casa… Un juego patrocinado por gente que dice sentirse oprimida, reprimida, sujetos a un Estado franquista. Gente que se va a las manifestaciones con un 4X4 muy caro, como cuenta Albert Solé. La gente que tiene dificultades económicas está por otros temas. Pero las clases medias, que ven que sus hijos no tendrán las condiciones de vida que han tenido se lanzan a hacer la “revolución”; esperpéntica, digamos. Que también es insolidaria: vamos a quitarnos de encima a los más pobres, que son los territorios españoles con niveles de renta más bajos. 

Acompañado todo ello de abundante propaganda…

Al final, el Procés es una gran campaña de propaganda, donde todo lo digital ha sido fundamental y les ha funcionado. Hay que reconocer que esta gente ha tenido gran capacidad de construcción de relato. Mientras ellos lanzaban mensajes en Internet, etc. el Estado respondía de manera analógica. Contestaba con ruedas de prensa a la propaganda en las redes, en la que se ha invertido mucho dinero público. Aquí se ha construido un grupo de interés muy potente, que ha conseguido que un planteamiento no ha sido ni es mayoritario pudiera parecerlo. Hasta el punto de que la mayoría que no comulgaba con el Procés haya llegado a sentirse minoría. El Procés ha creado también muchos beneficiarios. Hay gente que vive, bastante bien, de todo esto. De ahí, la dificultad añadida a la hora de desmontar el tinglado. Porque cuando a las personas les has vendido determinadas cosas resulta difícil rebobinar. Reconocer que se han equivocado. Muchos de estos movilizados, aprendices de brujo, estaban relativamente despolitizados. El Procés los empodera, les da unos objetivos, una utopía disponible y les pone a trabajar en ello.