Periodista. Ha publicado varios libros sobre comunicación y periodismo, y es articulista sobre medios en eldiario.es. Dirige la colección A fondo de la editorial Akal, y forma parte del consejo de redacción de la revista El jueves. Su último libro Paren las rotativas (Akal) acaba de llegar a las librerías


¿Qué es ahora el periodismo, desde la perspectiva del interés público?

Cuando, muchas veces, los periodistas o los medios dicen vamos a hablar de periodismo, se refieren a lo que pasa con sus empresas, si son o no rentables, publicidad, nuevas tecnologías… No es ese el debate sobre periodismo que a mí me interesa. Me preocupa de como informamos o no a los ciudadanos. Si, de verdad, estamos cumpliendo con la responsabilidad social que tenemos los profesionales. En realidad, a través de unas empresas que son las que nos contratan. No olvidemos que el margen de maniobra del periodismo es muy limitado. Se dice que el periodista es el medio. Sobre esto es de lo que hablo en el libro, al hilo de acontecimientos de actualidad: sobre el entramado informativo que vivimos y sufrimos.

¿La percepción que ahora tenemos del periodismo, más descarnada, no tiene que ver bastante con una realidad heredada, y no tan idílica como se pinta?

Creo que las fotos fijas de momentos y temáticas actuales pueden ser muy representativas de lo que está sucediendo. Cuando hablo de aquélla pareja que se dirigía a la ciudadanía pidiendo dinero para una operación, haciendo valer que su hija estaba muy enferma, lo hago desde la perspectiva de que no fue ella la que nos engañó, sino todos los periodistas, los programas, las tertulias, las televisiones, que la legitimaron ¿Fue ese un caso anecdótico? No. Es un ejemplo emblemático de que hasta qué punto los medios pueden avalar fraudes económicos, políticos, ideológicos, y todo tipo de sinvergonzonerías, amparándose en una legitimidad, cada vez menor, pero que sigue funcionando.

¿Qué decir, en este contexto, de la relación entre periodismo y dinero?

Muchísimo, porque el mercado lo condiciona todo. Tenemos que pensar que en una sociedad todo lo que se delega al mercado, a la empresa, deja de ser un derecho para convertirse en negocio, que puede ser legítimo, pero negocio. Si hablas del derecho a la educación y lo delegas en empresas privadas, ya no es un derecho, sino un legítimo negocio con la Educación. Por eso decimos que se ejerce un derecho a la educación si se hace en un sistema público. En la Sanidad pasa lo mismo, y en la información también. Si se habla de derecho a la información y a continuación se delega en unas televisiones, unos periódicos o unas radios privadas, desaparece el derecho. Porque en el mercado no se tienen derechos sino bienes y servicios que comprar. En consecuencia, lo que hay que reivindicar es un marco público que garantice medios públicos, la participación de la ciudadanía en la toma de decisiones, la pluralidad. Tenemos derechos en la medida en que hay un poder público que los ampare.

Hablar de banca pública se ha convertido en una anatema ¿Está empezando a ocurrir algo parecido con los medios de comunicación?

El problema con los medios públicos está en que, incluso en determinada ciudadanía de izquierdas, tienen mala imagen. En lugares donde la derecha ha destrozado sus medios públicos, se dice ¿Una televisión pública, para qué? Claro, si tenemos una televisión pública infame es porque tuvimos un gobierno infame. Si hay una Sanidad o una Educación infame es por lo mismo y no decimos que hay que privatizarlas. Es más fácil cambiar una mala dirección de una televisión pública que la de una privada, que no se puede cambiar hagas lo que hagas. La derecha no quiere tanto manipular los medios públicos, sino privatizarlos. Con ello tiene garantizada su complicidad para siempre. ¿Por qué el tsunami liberal en la América Latina de los 80 arrasó con las televisiones públicas?

¿El derecho a la información no está fuera de foco en la ciudadanía?

Yo hablo del derecho a la información y a estar informado. Nuestro artículo 20 de la Constitución habla del derecho a la información veraz. Es decir, que no se podría mentir o, dicho de otra manera, que habría que garantizar que se está informando de lo que pasa. Este derecho no se cumple. Aquí la mentira es impune. Y la izquierda suele decir que no se ha regulado la mentira en los medios. Un arquitecto puede hacer un puente mal y acaba en la cárcel. Un periodista dice que El Assad ha matado a 200 personas en Siria y luego resultan que habían sido los islamistas no pasa nada. Y si alguien dice que no se debería mentir se responde que eso es un ataque a la libertad de expresión. Y siguiendo con la izquierda, se argumenta que, si se comienza con la censura, ¿Dónde se para? La mentira y la verdad debería ser algo bastante fácil de delimitar. Todos los días, se hace en los juzgados. Decir, por ejemplo, que venga un Franco y que mate a todos los comunistas es legítimo. Es opinión. Lo que no se puede decir es que aquí estuvo Franco y no mató nadie, y no persiguió a nadie. Eso es mentira. Cuando la ultraderecha habla peyorativamente de las 13 rosas se le acusa de delito de odio. No. El odio no es el problema. El problema está cuando dices que las 13 rosas ponían bombas. Eso es el delito.

Estamos más familiarizados con un incidente en Wisconsin que con un problema en Aranda de Duero ¿Por qué?

Es más grave que todo eso. Porque no es que solo estemos familiarizados con lo que ellos consideran más importante, sino que, encima, se hace con los temas y los enfoques que consideran prioritarios. Cuando a Monedero le estaban machacando con el tema de Venezuela, le preguntó al periodista quien era el Presidente de Portugal. No lo sabía. Cuando ocurre algo en un país gobernado por alguien de derechas no se asocia a los gobernantes o al Presidente. Si en Venezuela hay un accidente de tráfico enseguida se dirá que ha ocurrido en una carretera de Maduro.

¿Y cuando los medios públicos actúan a favor de intereses parciales y no del interés general, como es el caso de Cataluña, que decir?

l Gobierno catalán está en una cruzada, y eso tiene su reflejo en que todo se desvía hacia las armas y la munición de la cruzada. Por eso, no se hace nada en el Parlamento, no se hace nada en el Gobierno y no se hace nada en los medios. Algunos piensan que la cruzada lo merece y no les importa que no se hable de Educación de Sanidad, de Vivienda…, que no se aprueben leyes. Y, por supuesto, que no se hable de nada que ocurre más allá del Ebro. 

¿Y qué decir del fenómeno de las redes y el nuevo paisaje social de la información?

Es verdad, que las redes han acabado con ese oligopolio de los grupos, que eran los únicos que podían decir que es o no noticia. Ahora, los ciudadanos también tienen un margen para difundir determinadas cosas, pero viendo lo que hemos hecho se puede concluir que el resultado ha sido más bien democratizar la desinformación que lo contrario. Ahora, todos podemos decir estupideces, tonterías y mentiras. Si antes nos comíamos los bulos de los periódicos o las teles, ahora todos, incluso los nuestros, nos dedicamos a difundirlos. Con este mecanismo de adhesión ideológica, cuando viene un bulo que encaje en las coordenadas mentales de cada uno no se pone en duda, incluida la izquierda. ¿Cómo voy a dudar de una información que dice que los EE.UU. han dejado machacada una zona de El Salvador? ¡Caña al mono! Es importante que el ciudadano concienciado, en un marco de valores, tenga muy claro que por encima de todo está la verdad. El día que se pierde la verdad, perdemos la dignidad y la legitimidad.

Pero la verdad está tan vapuleada, que hasta llega a percibirse según el cristal con que se mira…

Hasta la mentira se le llama post-verdad. Es alarmante la impunidad y la condescendía con que los poderes públicos aceptan la mentira. Un estudio dice que el 60% de las cosas que dice Trump son mentira, mientras Hillary Clinton solo mentía en un 20%. Pero, claro, si alguien se había dado cuenta que diciendo un 20% de mentiras no pasaba nada, pues voy a decir un 60%. Y así sucesivamente.

¿Consideras, en fin, que el bosque mediático es tan tupido que apenas nos permite distinguir los árboles de la verdad?

Hay un estudio que dice que en una sola edición del New York Times está toda la información que un individuo del siglo XIX tenía en toda su vida. Cosa que puede resultar un mecanismo de desentendimiento y desmovilización. Y también es cierto que enfrentarse a algo que no se controla, como los medios de comunicación, genera irritación. El poder mediático es en este momento el poder menos democrático, menos legítimo y con menos contrapoderes.