Médico de familia. Fue asesor en el Congreso de los Diputados. Forma parte del colectivo Silesia, espacio de reflexión, sobre todo en el ámbito sanitario, y es autor del libro ¿A quién vamos a dejar morir?, editado el octubre pasado por Capitán Swing. Ahora, junto a Pedro Gullón, ha publicado en la misma editorial, Epidemiocracia. Nadie está a salvo si no estamos todos a salvo.


¿Qué intenta explicarnos Epidemocracia?

Cuando, el 10 de marzo pasado, se empezó a ver que en España también entrábamos en el círculo de la epidemia, en la editorial Capitán Swing nos dijeron que habían pensado editar un libro, y nos propusieron escribirlo. Nos pusimos a trabajar de la manera como nosotros intentamos mirar las cosas, que es a partir de la de la salud pública, donde se entrecruzan muchos saberes: sociología, filosofía, economía y, obviamente, los de la sanidad y de la salud. Todo esto desde una perspectiva que intenta desmontar tópicos y mitos, como por ejemplo el que dice que las epidemias no entienden de clases sociales, pero sí de fronteras. No se trata, por lo tanto, de un libro de coyuntura, sino que mira a las epidemias del pasado, intenta aplicar los conocimientos previos sobre la situación actual y proyectarlos hacia el futuro. Porque, al fin y al cabo, siempre ha habido epidemias y siempre las habrá.

La pandemia "se ha convertido en una radiografía que revela las fracturas del frágil esqueleto en las sociedades que hemos construido", dice Antonio Guterres. ¿Esto pasa muy especialmente en la salud pública?

Tenemos que partir de la base de que un incremento muy brusco de la demanda de asistencia sanitaria, como el que se produjo en marzo y el abril, amenaza de colapsar los sistemas sanitarios. En algunos lugares más que otros, está claro. Esto, desde un punto de vista sistémico, hay que entenderlo cómo que los países no pueden tener sistemas sanitarios de pandemia en situaciones no pandémicas. Muy especialmente porque los sistemas públicos de salud están siempre sometidos a tensiones financieras, que hacen que tengan que ajustar sus presupuestos tanto como sea posible a las circunstancias del momento. Así, los gastos para hacer frente al imprevisto siempre estarán secundarizados. ¿Cuáles son los países que se ha visto que parecía que estaban más preparados para una situación como la actual? Pues los que han vivido recientemente situaciones similares a la de ahora, para los cuales la epidemia no era una cosa imprevista sino que se repetía. Es decir, los países del sudeste asiático que en el 2003-2004 pasaron por el SARS. Esto nos hace prever que, si dentro de unos años sufrimos otra pandemia, al menos dispondremos de experiencia para saber qué tenemos que hacer.

En cualquier caso, la covid-19 no pone de manifiesto que el sistema sanitario español, sometido a drásticos recortes y privatizaciones, ¿No se encuentra bastante alejado de la imagen glorificada que teníamos?

Decir que disponíamos del mejor sistema sanitario del mundo no deja de ser propaganda. Primero, porque comparar diferentes sistemas es una entelequia de dudoso rigor y, sobre todo, porque el sistema varía. No puede ser que tuviéramos el mejor sistema hace una década y que, rebajando un 20% sus presupuestos, lo continuáramos teniendo. Además, en muchos países y en concreto en España se ha construido un sistema sanitario con el que Bauman denomina una "retrotopia". Los años 80, se edificó un sistema sanitario dotado de una cierta universalidad, que se consideró perfecto y no se podía tocar. Cualquier intento de reformarlo chocaba con el mantra que teníamos la esperanza de vida más alta. Y esto es verdad, pero obvia que también vivimos muchos años enfermos… Resulta evidente que la pandemia evidencia un fallo importante del sistema y la necesidad de emprender grandes reformas. Pero desde hace décadas ya eran muchas las voces las que reclamaban estas reformas.

En vez de tratar de explicar el sentido y la correlación de las cuestiones relacionadas con el coronavirus, la opinión dominante las disocia y las mixtifica…

En el libro hablamos de una "crisis matrioixca". De como unas cuestiones llevan a otras, cosa que hace que la pandemia no desencadene sólo una crisis sanitaria o económica, sino que se provoque una crisis de civilización. Esto se pone claramente de manifiesto en situaciones como las de las residencias de gente mayor o con los temporeros del campo, los sin techo, la población latina y negra en los EE.UU., la de los emigrantes que viven en condiciones infrahumanas en Singapur, los trabajadores de la industria cárnica en Alemania… Se presentan estas cuestiones en términos sanitarios, y no es así. El aspecto sanitario es sólo relativo y consecuencia de una cosa mucho más gorda y preexistente. Está claro que, en un contexto de igualdad y no invasión de ecosistemas, estos problemas serían muy menores.

"La bolsa o la vida", se nos está repitiendo insistentemente, lo cual equivale a ponernos entre la espada y la pared… ¿En el fondo, se trata de ánimo de lucro?

Ahora, al considerarlos un problema de salud pública, parece que nos enteramos de que existen los temporeros, y que son explotados. No se decía que viven en condiciones infrahumanas y por qué, no se apelaba a la responsabilidad de los poderes públicos. Ahora, con un brote de coronavirus, parece que nos interesan muchísimo sus condiciones laborales. Las vacunas son otro ejemplo que pone de manifiesto como funciona el mercado global. Países que ponen grandes cantidades de dinero público para su desarrollo inicial, para la investigación básica, que después son complementados con fondo para la investigación aplicada. Pero es la industria farmacéutica la que trata de rentabilizar el proceso completo, beneficiándose además de un marco legislativo que es construido por los Estados para garantizar a la industria farmacéutica su tasa de beneficio. En realidad, se trata de un libre mercado dopado, que se encarga de que la privatización de los beneficios se mantenga constante. Si miramos otras epidemias, como la del sida, podemos ver que ha habido situaciones en las cuales se han intentado cambiar las relaciones de poder. En Brasil hace un tiempo se planteó un plan de tratamiento universal contra el sida, en el cual contempló un tratamiento universal, y sólo con la amenaza de fabricar genéricos consiguió que la industria farmacéutica rebajara un 90% los precios de los medicamentos. Sacralizamos, por ejemplo, la propiedad intelectual, sin entender que en muchos casos se reduce a relaciones de poder.

Puesta a desnudar, ¿La covid -19 parece que se ha aplicado particularmente con los Estados, perplejos, competitivos, limitados… y con las instituciones supranacionales, de las cuales, sobre todo, estamos carecidos?

Nos llenamos la boca diciendo que la covid ha puesto de manifiesto la interdependencia, pero cuando llegó, lo primero que hicieron los países fue ver quién era el que corría más. Alemania dijo que no exportaría material de protección, los Estados Unidos se fue a comprar en aeropuertos de Turquía, en efectivo, respiradores que iban para otros países y ahora acapara la producción de Remdesivir para los próximos meses; Sanofi dijo que si salía una vacuna el primer país al cual proveería sería los EE.UU.. Es decir, el negocio, el interés monopolístico…, han saltado por encima de cualquier mecanismo de gobernanza global. La única institución que tenemos en este terreno, la OMS, sólo tiene capacidad para hacer recomendaciones. Entre otras cosas, porque no dispone de presupuesto para hacer nada más, y su manera de funcionamiento está determinada por los intereses de los grandes países financiadores. Entre ellos, los EE.UU., que ahora se ha ido de la organización y su lugar ha sido ocupado por la fundación privada Bill y Melinda Gates. A la misma Unión Europea se le están viendo las costuras mucho más de lo que se podía prever. Además, la posición de Holanda respecto a los fondos europeos para la pandemia supone hacer saltar por los aires cualquier modelo de convivencia cooperativa.

¿En este "campe quién pueda", hay algún ejemplo de políticas que llaman especialmente la atención?

Los países que han intentado apartarse de la respuesta estandarizada que se estaba dando (medidas de confinamiento, parada de la actividad económica, etc.), al final han sufrido las consecuencias por partida doble. Se empezó, por ejemplo, alabando la "respuesta sueca", de la manera como conseguirían mantener intacta la economía, o una inmunidad de rebaño, etc. Al final, actualmente tiene una de las tasas de infección más altas de los países de su entorno y con una economía que se está frenando, porque si el resto de los actores económicos paran su actividad, ellos se han visto obligados a hacer lo mismo, porque su economía es interdependiente.

¿La covid-19 es el azote de los nacionalistas, o todo el contrario?

Situaciones como esta pueden propiciar unos ciertos brotes nacionalistas, pero sólo de manera puntual, y de manera superficial, ventajista. El coronavirus apela a la autonomía relacional. Somos autónomos e interdependientes. Y la autonomía no puede ser interpretada como la capacidad de cada cual de hacer lo que le dé la gana.