Catedrático de Estadística de la UB. El procés lo ha movido a participar en trabajos para objetivar la realidad catalana. Es coautor, junto con Albert Satorra (UPF) y Adolf Tobeña (UAB), del informe Pathways and legacies of the secessionist push in Catalonia.


Su trabajo analiza la inclinación al independentismo y factores como el consumo de los medios de la CCMA, la lengua materna, las raíces y la posición económica.

Lo que hemos estudiado más es la evolución del sentimiento de identificación nacional de 2006 a 2019 y la relación que ha tenido con otras variables, principalmente lengua y consumo de medios regionales públicos. Ha habido un aumento global del porcentaje de gente que se sentía sólo catalana. Ha bajado el grupo de sentimiento dual [catalán y español], especialmente hacia el año 2015. Después se ha recuperado un poco, pero no tanto en el grupo básicamente de lengua materna catalana. Es el grupo que está más distorsionado respecto a la etapa anterior, especialmente los que manifiestan seguir los medios públicos autonómicos. No quiero decir que sea una cosa causal –es multicausal–, pero sí que han jugado un papel importante, seguramente, para ayudar a atrapar a la gente en una cierta burbuja informativa sesgada.

Concluyen provisionalmente que el procés tiene bases abrumadoramente étnicas y que es un proyecto top down, lo que contradice el relato procesista.

Es la conclusión de Miley sobre el nacionalismo catalán en 2007. Hay dos grupos humanos determinados por la lengua materna que opinan muy diferente sobre el tema, y tienen una percepción de sentimientos e identificación nacional, en general, sobre el secesionismo, muy diferentes. Segmentos poblacionales de carácter estructural, étnicos en sentido cultural. Ambos son constitutivos de Cataluña, aunque casi todo el poder autonómico radica en uno de ellos. Eso viene de bastante antiguo. El proceso quizás empieza en 2011 o 2012, pero desde el punto de vista del nacionalismo catalán se trabaja muy pronto en la dirección de la construcción nacional, como se ve en el Programa 2000 de Convergència. Ya en 1981, vale la pena leer la carta de Tarradellas en La Vanguardia porque, en algunos aspectos, sus sospechas cuadran con lo que ha pasado.

Top down [de arriba a abajo] es que está todo ligado porque los medios influyen. El mismo año de la sentencia del Constitucional [sobre el Estatuto], aunque hubo la manifestación de protesta con Montilla el 9 de julio, aquel 11 de septiembre no hubo una respuesta apreciable. Se crea la necesidad después. Después se ha creado también el agravio: si estás diciendo continuamente que aquello es la fuente de esto, mucha gente lo acaba justificando o racionalizando así, pero es una construcción en la que en gran parte les han ayudado los medios.

En Twitter publicó un gráfico del estudio que muestra el incremento independentista de 2012. ¿Cómo lo interpreta?

El punto mágico es cuando Mas se convierte explícitamente en secesionista. La demoscopia por sí sola no puede aclarar los motivos de fondo, pero hay un antes y un después de aquellas elecciones autonómicas. Sí que se ve que los sentimientos de pertenencia cambian mucho. Todo va relacionado, porque es un feedback positivo con los medios. Las noticias se convierten en motores del secesionismo. Creas una hoja de ruta y continuamente estás hablando de la hoja de ruta, con el agravante, en el caso de algunos medios, de que el tema sale de forma indirecta en programas que no tienen nada que ver con programas de información política, sino de ocio: las indirectas, las referencias, todo el mundo sabe que el presentador es partidario de no sé qué... Es una reacción en cadena. Ya lo han cebado y entonces ya se automantiene, y además tienes un clima propicio. Lo que no es verosímil es que fueran de farol. En cualquier caso, fue, y es, una lucha del poder por más poder, con los medios que se llevan hoy en día: instrumentalizando a los ciudadanos.

¿Qué otras conclusiones aportan sus análisis sobre Cataluña y el procés?

Económicamente, se muestran ciertas diferencias. El nacionalismo catalán más vivo quizás es el más acomodado, mientras que en la parte de habla castellana pasa al revés: quizás el nacionalismo español está más vivo en los que tienen menos recursos.

Su trabajo con Tobeña y Satorra es anterior a la sentencia del Supremo, y acaban de salir datos del CEO que muestran un debilitamiento del apoyo a la independencia, también anteriores. ¿Qué lectura hace?

No es sorprendente porque en términos de sentimientos de pertenencia la situación es menos extrema que últimamente. No es extraña una bajada, a pesar de que hechos puntuales, como la sentencia, convenientemente instrumentalizados, pueden reavivar el fenómeno. Quizás habrá una reavivación, pero también hay desgaste, porque todo tiene un límite. Ahora, no quiere decir que, a la vez, no haya grupos muy radicalizados que compliquen el orden público.

Expresan preocupación por el legado del procés y hablan de un "conflicto civil inducido" que deja una comunidad dividida.

Efectivamente, no ha sido nada positivo para la convivencia. Ni siquiera nos ponemos de acuerdo sobre si estamos divididos o no. Los secesionistas tienden a minimizarlo. Son los que se sienten más libres de expresar su opinión. Pero hay otro grupo que calla. De entrada, es consciente de que es considerado casi un cero a la izquierda por la Generalitat, y a veces se siente abandonado incluso por el gobierno español. Por lo tanto, aquí tenemos un problema importante que se resolvería en falso si no hay cambios en el sentido de empoderamiento de este grupo. Todo puede acabar con una especia de pacto entre élites Madrid-Barcelona, pero este grupo continuará siendo consciente de que está marginado desde un punto de vista político. Puede ser que se desmovilice; sería una lástima porque una de las pocas cosas positivas que puede tener el procés es, precisamente, despertar el querer implicarse en la política local en mucha gente que quizás se ha despreocupado. Se tendría que tratar de hacer, como dice el refrán, de la necesidad, virtud, y lograr este empoderamiento, cosa que chocará con el establishment político actual catalán.

Sobre la expresión "fractura social", ustedes hablan de "fractura afectiva" y de divisiones etnoculturales no suturadas. ¿Qué aproximación es más precisa?

No es una simple división sobre temas irrelevantes, es sobre segmentos estructurales de la población determinados por la lengua materna. Esta percepción de que se ha tratado diferente a estos dos grupos y que unos han tenido peso y otros no, yo creo que está más viva que nunca, y que tardará su tiempo en normalizarse. Aunque ahora se llegue a un tipo de acuerdo, la memoria quedará viva durante un tiempo. Triste y desgraciadamente, hay políticos que han trabajado para llegar aquí.

Torra recibió un manifiesto de los claustros universitarios contrarios a la sentencia del 1-O y jóvenes independentistas bloquearon algunos centros. ¿Cómo lo vivió?

Lamentando la evolución de los acontecimientos, especialmente la actitud de algunos estudiantes impidiendo el acceso a otros, y la actitud de algunos decanatos suspendiendo clases. Aquello no era una huelga. Una huelga normal tiene su sentido y yo comprendo y respeto a los trabajadores que quieren mejorar sus condiciones laborales. Ese es un derecho reconocido. Las huelgas de país son más parecidas a un cierre patronal que a una huelga. Ni la del 3 de octubre de hace dos años ni la de ahora. En la Universidad no tendría que haber pasado lo que pasó. Entendería que hubieran promovido mesas redondas con invitados que defendieran pros y contras de la sentencia, una ocasión importante para ayudar a formar el pensamiento crítico, en lugar de sumarse acríticamente a la opinión del poder autonómico.

Usted es uno de los profesores firmantes de la carta abierta a los rectores de las universidades públicas catalanas crítica con la posición que estos han adoptado a favor de los que consideran "presos políticos" y contra lo que denuncian como "violencia policial".

El rectorado ha sido sometido a muchas presiones, pero tendría que haberlas resistido. A título individual, los claustrales pueden hacer las manifestaciones que quieran, pero el claustro no puede hablar en nombre de todos los profesores de un tema político. Da una falsa sensación de unanimidad que va contra el derecho a la libertad ideológica protegido constitucionalmente. Se ha perdido una oportunidad de mostrar a la práctica qué significa el respeto a la pluralidad. La universidad catalana ha perdido la ocasión de ayudar a poner cordura, y no alinearse con el poder local, que es muy grande. Si no se muestra el desacuerdo, da la sensación de que todo el mundo piensa igual, y eso no puede ser. Porque este es uno de los problemas que tenemos: la dificultad de hablar con libertad. Tenemos que poder hablar con libertad porque es uno de los puntos básicos de una sociedad sana.