Periodista. Ha sido actor y ejercido trabajos musicales. Fue fundador de “El 9 Nou”, dirigió “El Triangle”, y formó parte del grupo de teatro Els Joglars. Ha escrito “Joc d’oficis” (Cossetània Edicions), donde están sus raíces y también “el mundo rural, al que todos vamos a volver”.


¿Hombre de muchos oficios, pobre seguro?

Si. Absolutamente. Y lo diría también desde el punto de vista del periodista, que es un ser que toca muchas teclas y no sabe nada de nada. Y éste es quizá el primer ejercicio de humildad que deberíamos de hacer como integrantes de esta profesión ¿Por qué “Joc d’oficis”? Porque jugar es algo propio de la infancia, que hemos olvidado. En ello está la esencia de lo que es la vida humana como trashumancia. Cuando convertimos el juego en trabajo, la pifiamos. Pienso que el hombre del campo de hace 200 o 300 años no separaba mucho el trabajo de la diversión. Cuando llegó la revolución industrial y con. ella la separación del trabajo y el ocio, empezaron a estropearse las cosas.

¿Entre los oficios de los que hablas, cual se lleva la palma en esto de la idea de la inocencia primigenia, de la vida como juego?

Esto se explica bastante bien en el oficio de actor. En francés se refieren a él con la palabra jouer y en inglés to play. El actor juega. Por eso, yo escogí está idea del juego, refiriéndome a los oficios. Me recuerdo de muy pequeño haciendo de comparsa en unas representaciones de la Pasión de Cristo, de Manlleu. Muy pronto, empecé a escribir como corresponsal local en los diarios de Barcelona, fundamos periódicos locales y comarcales, y tuve ocasión de entrar en la más emblemática compañía del momento, que era Els Joglars, dirigida por Albert Boadella. Fui actor y creo que el teatro es el primer oficio de la vida. Titulo uno de mis capítulos “Nens dramatics”, porque creo que el niño es el prototipo de actor más convincente y creíble que existe. Un niño rompe un plato y su madre le dice: “¿Quién ha roto el plato?” El niño replica: “¡Yo no he sido!” La convicción con que dice eso nadie podrá alcanzarla, ni el mejor de los actores. Cuando esa inocencia se pierde, se desnaturaliza el oficio. Abrir los ojos sin prejuicios, algo que también habría que hacer en el periodismo.

¿Es pues, la sencillez, entendida como la naturaleza y la vida, lo que nos salva a los humanos?

Algo de eso es lo que nos enternece, ligado a la pureza, cosa que en manos de la religión resulta abominable. El hecho de crecer y quizá también el no digerir bien lo que entendemos como cultura nos hace perder el sentido de la vida. Es muy difícil mantener la inocencia con el paso de los años, pero hay que esforzarse en ello. Y que conste que inocencia no es sinónimo de ingenuidad, aunque si puede serlo de vulnerabilidad en un mundo cruel. Tampoco la cultura es sinónimo de conocimiento profundo de las cosas. Una persona del campo que desde fuera puede ser visto como ignorante puede, en cambio, resultar profundamente sabia.

¿Y la música?

Se puede llegar a escribir y hacerlo muy bien, pero para ello no es necesario ni haber leído mucho, ni hecho cursos de redacción… Sin embargo, para ejercer de intérprete musical se necesita un mínimo de conocimientos. Aunque también es verdad que ha diferentes tipos de músicos. Por ejemplo, el instintivo, que toca por intuición, y el músico clásico, que ha pasado sus cursos de conservatorio. Si a un músico de rock le pones una partitura delante se para, si está tocando. Y, al revés, si al músico clásico le quitas la partitura deja de tocar. Son dos caminos que conducen a lo mismo. Los dos son músicos Yo estudié piano, composición… Y no me gusta escribir sobre música. La música es un campo de expresión que permite disfrutar al que toca y al que escucha. Es uno de los pocos lenguajes realmente interiores. Si es que existe el alma, sería una expresión de ella. Y, sobre todo, la música es el único idioma que pasa fronteras sin pedir permiso, sin pasaporte…, que une a la gente.

Dice Sandor Márai, que los músicos comparten entre sí algún código propio de comunicación, vedado a los que no lo son…

Algo de esto hay. Mi primer profesor era ciego, con lo cual yo comprendí enseguida que este era un arte en el cual se entraba a partir de otros sentidos, porque la vista puede ser un enemigo de la música. Esto confirma que se trata de algo interior, muy de sentimientos. Y esto se comparte entre los músicos. Cuando se está tocando, como lo hacen los músicos de jazz cuando improvisan, basta un gesto de complicidad para entenderse.

¿Y las raíces del territorio?

Soy de Manlleu, un pueblo industrial de la Plana de Vich. Muy distinto de la ciudad episcopal, de abogados, tenderos…, de la ciudad de Vich. Manlleu era textil, obrera, con un club de fútbol que llegó a tercera división… MI padre ejercía un oficio ligado al mundo rural. No era estrictamente payés, evolucionó hacia la compra-venta de animales, aperos…Un mundo que explicado ahora puede parecer una fantasía. En la calle éramos unos cuantos chavales que jugábamos a la pelota, porque por allí solo pasaba el autocar que venía de la estación de tren y, cuando llegaba, nos apartábamos. De ese lugar procedía Santiago Rusiñol, un hombre también de oficios (pintor, escritor, dramaturgo y hasta empresario), que me apasionó. Estos referentes eran, claro, muy distintos a los que allí, en Vich, se podían tener respecto a Torras y Bages, o a los padres del catalanismo tradicional. A finales del XIX, en Manlleu se trabajaba siete días a la semana, con jornadas de 12 horas, incluidas mujeres y niños. Hubo huelgas, quemaron las casas de los ricos, se organizaban comidas colectivas en la plaza… El término “esquirol” procede de Manlleu, porque para romper una huelga la patronal fue a recular gente de Esquirol, un pueblo cercano.

¿El periodismo, otro oficio para jugar?

Llegué a Barcelona, tras el paso por “Els Joglars”, que estaba en Vich. Antes hicimos el “9 Nou”, que acaba de cumplir su 40 aniversario, y ahora es un pequeño grupo, que tiene su canal de televisión y su emisora de radio, en el que trabajan un centenar de profesionales. En Barcelona, en los 80, poco antes de las Olimpiadas, empecé a trabajar en el “Diario de Barcelona”, que había estado años sin salir y se relanzó en catalán. Allí coincidimos Jaume Reixach, Siscu Baiges… Había sido corresponsal local, cuando todavía se editaba en castellano. Era de izquierdas, y todo el apoyo a la prensa en catalán se iba al Avui. Estuve allí cuatro años, durante los cuales tuve la ocasión de observar el mundo de la política más de cerca, en la época de las mayorías absolutas del pujolismo, haciendo crónica política desde el Parlamento de Cataluña. Ejercí como director de El Triangle, que ahí sigue, durante unos meses. Después, de modo bastante inconsciente, me inventé un espacio periodístico, con el nombre de “El burladero” (de connotaciones taurinas y satíricas) y durante diez años estuve haciendo aquélla sección en que llegó a tener hasta tres páginas semanales, en “La Vanguardia”.

“Joc d’oficis” también habla de una aspiración intuida o deseada de la vuelta a la tierra ¿Nostalgia o alternativa?

A lo mejor hay artistas (un termino con el cual me siento identificado en cierto modo) que aborrecen la naturaleza. A Woody Allen no le saques de Manhattan. Pero también hay otros que lo que han hecho es aislarse para crear. Creo que ni una cosa ni la otra. El hecho de regresar a la naturaleza, que puede estar en una azotea con cuatro macetas, tiene esa parte de lo que había sido la vida hippie de los años 60-70 (que también se hizo vieja), de dejarse el pelo largo, las flores…, y otra que, utilizando una palabra de moda, es “tendencia” y resulta bastante incontestable, que es la ecología. Porque a estas alturas no hay que ser un lince para saber que si no tenemos un poco de control de eso que se llama el equilibrio ecológico de las especies nos vamos al carajo. Y esto para todos, desde el campo y desde la ciudad.

¿Por dónde pasa la cura de humildad?

No somos dioses. La naturaleza corrige las cosas. Es como una voz de la conciencia, que quizá tenemos olvidada. Hay que pensar en aquello tan bíblico de “polvo fuiste y en polvo te convertirás”. Al final, todos acabamos así, incluso Woody Allen. Es bastante obvio, aunque, claro, el montaje que hemos construido es de tal magnitud y tiene tanta inercia que parece imparable. Y aunque parezca mentira, lo más sencillo, lo elemental, primigenio, que es pasar el tiempo bien, disfrutar de lo que nos han dejado y de lo que podemos dejar, parece lo más difícil. Esto, los oficios, el juego, no sirven para ser unos grandes prestidigitadores, ni ricos… Es un elemento de distracción.