Abogada. Estudió Derecho en la UB. Funcionaria de larga trayectoria en la Generalitat de Cataluña, siempre dedicada al mundo relacionado con el trabajo. Está en Comunes Federalistas y forma parte del Consejo Nacional de Cataluña en Común.


 

¿La última crisis económica, de carácter global, de qué modo impacta en Cataluña?

Sentí sus efectos en mi propia familia. Mi marido se quedó sin trabajo, en el año 2007, y se vio obligado a reciclarse laboralmente. Fue terrible. Empezaron los Expedientes de Regulación de Empleo, muchas personas que perdieron el trabajo optaron por hacerse autónomos, por obligación. Pasamos de 1.400 solicitudes en 2007 a 3.000 al año siguiente. En mi ámbito ocupacional tenemos más trabajo cuando a la gente le va mal. Entonces estuvimos desbordados. Y en la calle se produjo una ola de indignación, que se manifestó en el 15 M, el “no nos representan”, el cerco al Parlament…

Y las fuerzas políticas reaccionan según su conveniencia…

El PP, macho alfa de la política, se mantuvo rígido y Convergencia y Unió, que entonces gobernaba, trató de ponerse encima de la ola, para evitar ser salpicada por los casos de corrupción que entonces le afloraban y, en fin, para achacar los recortes a la falta de dinero, de competencias…, y buscar un culpable. El primer gran recortador, en las materias más sensibles, como Sanidad e y Educación, fue Artur Mas. Por añadidura, fue en la peor circunstancia para la gente, que no solo perdía su trabajo sino también prestaciones básicas. Fue este, en fin, el momento de la tormenta perfecta: protestas en la calle, recortes, corrupción…

¿En cualquier caso, más allá de los agravios, el fiasco del Estatuto, etc. la crisis y sus efectos colaterales contribuyeron a engordar el “Procés”?

Era evidente que las cosas estaban mal organizadas y que era necesario hacer una reforma del marco legal. Si no, nos plantearíamos el federalismo, como salida a la crisis territorial. Pero la sociedad ha evolucionado. En el año 78 estaba todo por hacer y ahora está por modelar y plantearse el futuro. Estamos en el entorno VUCA (acrónimo utilizado para describir la volatilidad, incertidumbre, complejidad y ambigüedad de condiciones y situaciones), en el que todo cambia y recambia. A lo mejor tenemos que reeplanearnos el que hacer y formular las partes programáticas de otro modo. Desde luego, lo que está claro es que mucha gente, atemorizada, se aferra a lo que puede, buscando seguridades, y tiende replegarse en lo conocido, en el pasado. Aquí, en Cataluña, el “Procés” instrumentalizó parte de esto, y en otros lugares también se produce un reflejo de vuelta a “mi propio espacio, mi propio mercado”. Por un lado, nos abrimos al mundo y por otro nos produce terror que nos muevan nuestro espacio próximo.

¿A nivel general, la última crisis económica sigue entonces afectándonos?

La crisis no se ha cerrado o, en todo caso, se ha hecho en falso. Ni siquiera nos hemos dotado de herramientas para analizarla. Y volvemos a lo mismo. Siguen sin tomarse medidas en serio para, por ejemplo, controlar los bancos. Hemos puesto algunos parches, pero no nos hemos sentado a valorar los sistemas, ni tampoco a discutir sobre que modelos queremos de Educación, Sanidad, Trabajo… El golpe de la crisis fue tan grave que hizo que nos estancáramos, sobre todo en la forma de percibir las cosas. Pensar que ahora estamos diciendo que un mileurista es un afortunado, cuando hace no mucho lo considerábamos un paria, ilustra todo esto. Estamos acostumbrados a la idea de progreso, a que todo, siempre, va a más: mi padre ganaba mil y yo miles. Y ahora mil es un lujo, y encima en condiciones de volatilidad.

Paralelamente, los marcos laborales se degradan drásticamente…

Si. El discurso dominante apuntala las carencias. Todo el mundo reclama pensiones, pero no estamos dispuestos a pagar por ellas. Queremos el Estado de bienestar, pero no queremos sacrificarnos por ello. Esto es consecuencia de una sensación de derrota: “Sé que no voy a trabajar 30 años, y lo que quiero es disfrutar ahora ¿Para qué voy a cotizar sino me van a dar pensión?” Nos estamos creyendo que no hay derechos. Venimos de una generación que consideraba que todo se podía obtener con colaboración. Con la crisis, nos hemos cargado algo de las instituciones, de las estructuras… Una parte substancial de la democracia, además de votar, que es lo más visible, es la fortaleza y la transparencia de las instituciones. Si la gente cree en sus instituciones y estas funcionan, no pueden estar a merced de los vaivenes. Más allá de los recortes, de la falta de recursos, el personal de los servicios públicos, comprometido, no abandonó con la crisis. Eso es un ejemplo.

El cualquier caso, nadie explica que es salario indirecto. Nadie cuenta a la gente que los servicios públicos se traducen en dinero contante y sonante…

Hay quienes se siguen quejando de que el sistema público es muy malo. “Con lo que he cotizado…, y mira”.  Claro que todo es mejorable, pero hay que contabilizar, por ejemplo, los gastos médicos, la cobertura, las operaciones, los medicamentos… Si todo esto fuera privado, sería impagable. No somos conscientes de lo que tenemos, no valoramos, ni exigimos que las cosas mejoren. Ese es el deber de los políticos, de la izquierda. Hacer que los servicios públicos funcionen cada vez mejor. Yo no puedo hablar de Marx, ni de Gramsci, tampoco he participado en grandes luchas obreras… Llevaba una vida normal, iba a las fiestas del PSUC, votaba… Mi vida iba mejorando. Soy la primera de mi familia que pudo ir a la Universidad. Y en 2008, me sentí culpable ¿Cómo podía haber dejado de participar? ¡Tanto quejarnos y no participamos! Si no participo, no me puedo quejar.

¿Aquel “España nos roba” que, asociado a la crisis, resultó disolvente, sigue vigente?

El “España nos roba” ha pasado a segundo plano, es pantalla pasada. Pareció crearse para justificar los recortes (“porque, como ‘España nos roba’, no tenemos dinero para pagar los servicios públicos…”), pero la cosa derivó rápidamente a lo sentimental, y ahora solo gira en torno al hígado y el corazón. Ya no se habla a la razón. Mientras, ¿Ha mejorado la economía de la gente? No. Seguimos con una pobreza alarmante.

¿La crisis no ha puesto también de manifiesto que la pretendida superioridad catalana respecto a España tiene más de mito que realidad?

La economía catalana no difiere de la española, ni de todo el sistema europeo. Esto se intuye, a pesar del supremacismo que sigue afectando a una parte de los catalanes. Si a ello se le añaden cosas, como la salida de 4.400 empresas de Cataluña a consecuencia del “Procés”, cuando se había estado vendiendo la idea de que todo el mundo se iba a pelear por venir aquí, es natural que se produzca una cura de humildad entre mucha gente. Desconozco los datos concretos de la economía, pero creo no solo que Cataluña no se diferencia significativamente de su entorno, sino que tiende a perder peso específico, como está ocurriendo en el ámbito de las prestaciones sociales. Oficialmente, el “procesismo” dice que aquí no ha pasado nada, pero que las dos bancas de Cataluña hayan trasladado su sede central fuera del territorio tiene que dar que pensar. Esa vinculación, hasta sentimental, que mucha gente de Cataluña tenía con su caja de ahorros, en buena medida se ha quebrado.

¿El carácter global de la última gran crisis económica, no cuestiona de algún modo los repliegues nacionalistas, incluidos el soberanismo?

Ya no podemos vivir en autarquías, y menos perteneciendo a la Unión Europea. Un espacio que, se diga lo que se diga, tiene bondades. Es evidente que resulta mejorable, que sería necesario reordenar políticas fiscales, laborales…, a escala europea, porque eso contribuiría a desarrollar modelos capaces de atenuar la precarización laboral, de evitar los dumpings entre países… Es importante superar el tú me quitas, yo te doy…, mediante la vía de compartir más las cosas. Y respecto a eso de la soberanía, aparte del coñac ¿Se puede serlo en algo? El problema, creo yo, radica también en que hoy en día nadie quiere pasar a la historia. Solo se quiere vivir el momento y esto es determinante a la hora de gobernar, de tomar decisiones políticas. Así lo entendió, creo yo, por ejemplo, Roosevelt cuando lanzó el new deal, que contribuyó decisivamente a la creación de una clase media, que no existía en los EE.UU. No fue una ocurrencia, n un movimiento táctico sino una estrategia, un plan de largo alcance, que puso de manifiesto que, desde la política, también se puede cambiar la economía.