El periodista Gabriel Jaraba afirma, en un artículo que ha publicado este miércoles 14 de agosto el digital Paios, que Carlos Pérez de Rozas, el fotoperiodista que murió el pasado sábado, "protagonizó un hecho histórico del que nunca ha querido hacer ostentación: fue la primera víctima de la represión ideológica que Jordi Pujol ejerció en la prensa catalana cuando empezó a hacer de empresario, a pesar de que siempre por persona interpuesta".

En el artículo, titulado "La dignidad de Carlos Pérez de Rozas, el primer represaliat por Jordi Pujol", Jaraba explica que "a mediados de los 70, Banca Catalana adquirió la revista Destino para convertirla en un vehículo de difusión de la idea pujoliana. Mantuvo en la dirección nominal al músico Xavier Montsalvatge pero con el histórico director Néstor Luján al frente de la dirección ejecutiva. Luján hacía funcionar la revista gracias a que el secretario de redacción era Carlos Pérez de Rozas, conocido por su laboriosidad, meticulosidad e independencia. Carlos, debido a su profundo conocimiento de la profesión en Barcelona y buen trato con todo el mundo, hizo posible que Destino consiguiera un número muy interesante y diverso de colaboradores de gran calidad. A la vez, el abogado Salvador Casanovas, el hombre que hacía de cara lo que Pujol le encargaba de espaldas para no tener que hacerlo él, empezó a meter mano entre los colaboradores, rechazando propuestas y creando malestar alrededor de la revista. Cuando alguien iba a quejarse a Pujol él contestaba lo de siempre –"yo no he sido, señorita"- y cargaba la culpa a Casanovas, que para eso le pagaba. La cosa estalló por el lado más débil: Carlos Pérez de Rozas recibió una carta de despido donde se le acusaba de falta de puntualidad y de pulcritud, a la vez que por bajo mano se hacía còrrer la bola de que el periodista era un comunista militante del PSUC y que favorecía los puntos de vista comunistas en Destino . Todo el mundo sabía que Carlos Pérez de Rozas era un demócrata liberal con conciencia social pero de ningún modo un comunista ni tampoco un socialista. Le desagradaba verse encasillado políticamente pero no rechazaba el compromiso: era miembro del Grupo Democrático de Periodistas (GDP), un colectivo de profesionales contrarios al franquismo que reivindicaba la necesidad de las libertades democráticas para poder ejercer el periodismo".

Y continúa: "Con el caso de Pérez de Rozas y Destino, el GDP acabó de entender que los limitadores de la libertad no se encontraban sólo entre los agentes de la dictadura y que las empresas podían actuar también de forma no democrática a partir de sus intereses. El colaborador más destacado de Destino, Manuel Jiménez de Parga, abogado odiado por Fraga Iribarne y asesor jurídico de la empresa, invirtió su papel y se ofreció para defender a Carlos en la Magistratura de Trabajo (cosa nada difícil teniendo en cuenta que los motivos aducidos para el despido eran tan ridículamente torpes como toda la trayectoria de Pujol en el campo de la comunicación y la cultura). Poco a poco se creó un malestar entre políticos, periodistas y sociedad que llegó a un punto que el representante de la empresa ofreció a Carlos la readmisión incondicional, ante testigos y en la sede de la Asociación de la Prensa. Pérez de Rozas, que se había quedado sin trabajo y no tenía otro, respondió lacónicamente: "Me lo pensaré". Se lo pensó y no la aceptó".

Tal y cómo recuerda Gabriel Jaraba, "en ningún momento Pérez de Rozas quiso erigirse como bandera de nada, ni siquiera de la corriente de antipatía hacia Pujol que empezaba a extenderse en los ambientes periodísticos e intelectuales. No buscó la sombra de ningún partido ni personalidad política, no aprovechó el episodio para hacer carrera. Él era, simplemente, la víctima del cinismo, la torpeza y la mala voluntad de un grupo econòmico-político que se quería imponer de todas todas y que no osaba ir de cara, y que en un momento de tensión hizo aquello tan catalán de "la culpa, pel manxaire", el joven que hacía funcionar una revista porque allá no pencaba nadie más y él solito hacía de coordinador, redactor, maquetador y lo que hiciera falta. Sólo Néstor Luján, su amigo, dimitió ante la flagrante injusticia. Carlos continuó trabajando en todas partes, con éxito, y nunca escribió ni publicó una sola línea criticando a Pujol y sus secuaces. Pero a partir de su caso la gente de la profesión empezó a ver como las gastaba aquel nuevo grupo de empresarios de prensa".

El artículo acaba recordando que el periodista que nos ha dejado se caracterizaba por la fidelidad al periodismo y a la verdad, la dignidad de la profesión, la dignidad personal, el compromiso con la libertad y los más débiles, la claridad y la transparencia de los comportamientos, el respeto y la excelencia profesional. "Este era Carlos Pérez de Rozas. Elegante, digno e independiente hasta la muerte", acaba diciendo Jaraba.